En la localidad argentina de Jesús María se celebra anualmente el Festival Nacional de Doma y Folklore, que este año llegó a su edición 49 con jineteada, comidas típicas y un abanico muy amplio de artistas. La celebración no ha estado exenta de cuestionamientos sobre el posible maltrato a los caballos.

Por Daniel Rojas Delgado

Le quitan la venda de los ojos, se para en dos patas, el locutor se pone eufórico, el animal levanta una gran polvareda y a los pocos segundos, cuando suena la campana, otros dos hombres montados a caballo bajan del suyo a Mauro, un joven oriundo de la provincia de Santiago del Estero. Como tantos jinetes, llegó a la localidad cordobesa de Jesús María para mostrar su destreza y ver recompensado su valor en la tabla de posiciones. Luego aparece radiante la luna llena, bordeando el escenario, como si quisiera salir en todas las fotos de la séptima noche del festival.

Desde temprano la gente no ha parado de llegar ni de consumir comestibles, bebidas y cualquier cosa que esté a la venta. Abundan las vestimentas típicas del campo: boinas, botas de cuero, camisa y facón —un cuchillo con detalles de orfebre, que remata el modelo, hacia la espalda—; también otros sombreros, como los del cantante Abel Pintos —el plato artístico fuerte de la noche—, y el infaltable termo con el mate amargo. Cerca de las 19 se encuentra colmada poco más de la cuarta parte del anfiteatro Martín Fierro. El termómetro rozaba horas atrás los 40 grados, aunque luego comenzó a descender. Claro que las gradas de hormigón del circo no se olvidan tan rápido de la calor —como dicen los cordobeses— que había hecho recientemente.

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Consumos que alegran el corazón

“El que bebe no conduce. El que conduce no bebe”, anuncia un letrero gigante en letra imprenta mayúscula firmado por el gobierno provincial cordobés. Junto a ese, uno de Quilmes, la cerveza más popular de la Argentina. La versatilidad de los vendedores que circulan entre la gente que se amontona en las gradas —además de las decenas de parrillas y casas de expendios de bebidas y ramos generales que hay alrededor, ya sea en el predio, afuera o en medio de ambas— incluye desde cigarrillos y tortillas hasta cerveza semihelada y fernet, pasando por la sangría, el choripán y juguetes luminosos. Los vendedores están identificados con un carné de habilitación que llevan sobre un chaleco, en su mayoría de color rojo, con el logo de la mother patria de las gaseosas estampado en él: la Coca Cola.

En medio de este mix de olores, y antes de que anochezca, una mujer con un vaquero ajustado, de gorra y remera blanca, comienza a repartir bolsas inflables auspiciadas por los panes marca Veneziana. Pronto las tribunas se adornan con esos palotes llenos de aire.

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Talones de aquiles

El Festival de Doma y Folklore de Jesús María es un evento que lleva 49 temporadas en marcha, donde también se llevan a cabo alternadamente el Campeonato Nacional de la Jineteada y shows musicales en esos 10 días. Realizado por primera vez en enero de 1966 para recaudar fondos para escuelas rurales de la zona —logró una asistencia de 45.000 espectadores—, actualmente es uno de las mayores festivales de este tipo en el país. La edición que acaba de terminar, al menos oficialmente, contó con más de 140.000 personas. Oficialmente porque algunos pobladores dudan de esa cifra. ¿La causa? Se refirieron a motivos impositivos, principalmente, aunque también a diferentes intereses.

Otro de los puntos discutibles trata sobre el maltrato que deben padecer los caballos, según afirman las asociaciones protectoras de animales. Encima, el día de la inauguración del festival, mientras era montada por el jinete de turno, la yegua “La Polca” se enredó una pata con las riendas y luego, cuando se dio un golpe a sí misma, el espectáculo terminó en tragedia debido a un paro cardiorrespiratorio del animal.

Foto tomada del sitio web seamosmasanimales.com

INFOnews, un periódico digital de Buenos Aires, habló con miembros de la organización Especismo Cero, que aseguraron que “las domas y jineteadas son una práctica de sometimiento donde se castiga física y psicológicamente a un animal hasta lograr que obedezca” y que “el Festival de Jesús María puede desarrollarse perfectamente sin las jineteadas”. También lo hizo con el Pampa Cruz, uno de los animadores de jineteadas con más trayectoria en el ambiente, quien dijo que “los caballos de las jineteadas gozan de un cuidado especial, están bien alimentados, vacunados, desparasitados y entrenados para los nueve segundos que dura una jineteada, porque son nueve segundos que el animal está montado y después lleva una buena vida con dueños que invierten mucho dinero para tenerlos en esas condiciones”. Además, agregó, que “si esos caballos no estuvieran en las jineteadas irían a parar directo a un frigorífico porque no sirven para ser montados por nadie, ni para tirar un carro. Seguramente las asociaciones protectoras de animales no saben que un frigorífico de la provincia de Buenos Aires mata unos 3700 caballos por mes”.

Por su parte, La Voz del Interior, el principal diario de Córdoba, publicó el jueves 16 de enero un editorial titulado “La jineteada, debate necesario”, en el que afirma:

“En primer lugar, el argumento que sostiene a la jineteada como tradición debe ser revisado. La tradición es una construcción que cada época hace sobre un pasado en el que se refiere. Esa construcción es un acto cultural y cambiante, en función del saber que cada época acumula y de las verdades consagradas que va cuestionando”.

Más adelante asegura que los organizadores del festival han ido tomando “algunas medidas para intentar disminuir el sufrimiento de los animales”. Menciona que existen versiones “acerca de un mercado de apuestas ilegales como trasfondo a la jineteada en otras plazas distintas a Jesús María” y que los poderes legislativo y judicial “no pueden ser ajenos a todo esto”.

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Arriba y abajo

Por la tarde, antes de dar rienda suelta al espectáculo, el presentador invoca la protección de la Virgen María de Luján, patrona de la Argentina, y también la de San Miguel Arcángel. En los momentos en que algún jinete cae de un caballo embravecido y tarda en levantarse, con riesgo de sufrir alguna fractura, desde el micrófono no tardan en renovar su súplica a la Madre de los cristianos, para pedir que no sea nada grave.

A Sergio, de San Luis, se le viene encima el caballo y medio anfiteatro se pone de pie para ver mejor. Ahogan un grito. Pero apenas se levanta recibe una dosis de aplausos, los más intensos en lo que va de la noche.

—Ahí se levanta —anuncia el locutor cuando se despejan los peores pronósticos—. Porque conoció desde chico lo que es la patria, el valor, lo que significa esta fiesta…

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La gran estrella

A la una y media en punto habilitan la entrada al campo y jóvenes y adultos corren hasta lo más cerca del escenario que les dejan pasar los de seguridad. Abel Pintos canta y sonríe —y a ratos se emociona— durante una hora y media. Su repertorio se compone por los temas folklóricos de sus inicios y por otros más románticos, de los que toca en sus últimos discos: “Ya estuve aquí”, “Tu voz”, “Aquí te espero”, “Sueño dorado”, “Aventura”, “No me olvides”, y más también.

De pronto aparece un hombre cuarentón al lado del cantante y le entrega una prenda antes de que los custodios lo retiren; el show continúa sin interrupciones. Las tribunas siguen repletas, entusiastas, y el campo por poco se llena; se respira mucha alegría, sin disturbios ni gente que quiera retirarse aún.

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—Helados de Abel Pintos —bromeaba un vendedor, en la parte más baja de las gradas, unas horas antes.

A su lado, otro le seguía el juego:

—Hamburguesas afrodisíacas.

Ni él se lo cree, y se ríe.

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Rumbo al aniversario

La patria grande se gestó  a caballo, o algo así decían los asistentes. No tengo la certeza si haya sido así pero seguro que tuvo muchísimo que ver. El todo es más que la suma de las partes… Habría que ver de qué todo se habla, y de qué partes. Porque la Argentina es extensa, diversa, muy compleja. Una guitarra, un caballo o un choripán no significan lo mismo para todos los argentinos. Al cronista Martín Caparrós, por ejemplo, le llevó más de 800 páginas escribir sobre la argentinidad, en El Interior, y quien lo haya leído podrá decir si siente que lo logró.

Pero volviendo al anfiteatro, las gradas se llenan y vacían constantemente de familias enteras, amigos, parejas jóvenes; gente venida de cerca y también de lejos que mantienen vivo este festival. Más que de tradiciones que resisten, seguramente son costumbres y estilos de vida que se transmiten, resignificados que se actualizan a cada momento.

El año que viene, el festival cumplirá sus primeros 50 años. ¿Qué sorpresas traerá la edición de aniversario? Pocos lo saben. Mientras tanto, como una posible invitación para volver en el verano de 2015, resuenan los versos de una canción que Abel Pintos canta esta noche:

Nada está perdido para el amor,

Podemos tratarnos bien

En el alma y en la piel.

Siempre te voy a esperar,

Siempre aquí te espero.