Tres luchadores mexicanos que dicen ser originarios de Cali, Bogotá, San Andrés o Barranquilla; que gustan de la cumbia y la salsa y que al subir al ring gritan: “¡Que viva Colombia, mugrosos!”.

Por Gustavo Adolfo Vargas 

Amarillo

La arena y los rudos

Aumentaba el grito de guerra entre la multitud cuando Miserable me entregó la bandera. “Me la cuida, paisano”, dijo confiriéndole a las palabras un tono secreto entre la embestida sonora de los aficionados. Miraba por el rabillo del ojo a las personas más cercanas que aplaudiendo y alzando sus brazos trazaban la mentada de madre más imponente que he escuchado sobre Colombia cuando no hay un presidente, un policía o la selección de fútbol de por medio. Era la Arena Azteca Budokan, el 7 de abril de 2013 en la ciudad de Nezahualcóyotl, Estado de México. Era un domingo completo de luchas como suelen ser los domingos en México y eran más de 40 guerreros desatando llaves y vuelos. Cayendo la tarde, Los Colombianos subieron al Ring. “Putos a Colombia”.

Para llegar a la Azteca Budokan hay que tomar la línea A del Sistema de Transporte Colectivo, Metro, en la estación Pantitlán. Con alrededor de 93 mil pasajeros por día es uno de los puntos de llegada y salida de cuatro líneas que cruzan Ciudad de México. Quienes viajan de esta manera saben que es la zona donde la capital del país empieza a perderse en Nezahualcóyotl al recorrer la avenida Ignacio Zaragoza, una amplia vía dividida por las líneas de riel del metro y donde es regular el tráfico de vehículos que llegan y salen de esa gran urbe mexicana en la cual se siente el devenir de las más de 20 millones de personas que habitan el Área Metropolitana del Valle de México.

Al observar por las ventanas del tren, el cual se desplaza lento y con un sonido desajustado, cargando el silencio y cansancio de los viajeros que solo esperan llegar a su destino, aparece un paisaje horizontal hecho de concreto, de casas bajas y antenas parabólicas. Son las colonias, los barrios bravos de Nezauhalcóyotl, o “Neza”, como le dice los oriundos del Distrito Federal, los chilangos, y mexiquenses a esta ciudad golpeada por la violencia a causa de los cárteles de la droga y las bandas delictivas.

Me bajo en una de las diez estaciones de la Línea A: Santa Marta. No hay paredes que la cubran por completo, así que el sonido de lo urbano llega sin cortes. Allí tomo el primer microbús o combi que se mete por una calle angosta para adentrarse al centro de “Neza”. 

Cinco minutos después, sobre la Avenida Chimalhuacán, en una estación de gasolina donde un grupo de mariachis espera algún llamado de trabajo, tomo el segundo microbús. Luego de diez minutos de recorrido un letrero tipo farmacia de barrio que veo ilustrando en una especie de garaje me indica que he llegado.

“Esta arena tiene 53 años y aquí han venido los mejores luchadores como El Santo o Blue Demon”, relata El Oriental, luchador, administrador, promotor y propietario de la Azteca Budokan. Es bajo, de piel canela, brazos fuertes y cuerpo corpulento; lleva más de 22 años con su máscara sobre el ring. No da su otro nombre, el que aparece en su identificación oficial; no deja que le tomen fotografías y guarda su identidad igual a un superhéroe. 

Asegura que como luchador ha viajado por lo menos cuarenta veces a Japón, país donde la lucha libre mexicana es admirada. Su padre, El Acorazado Moreno, fundó la arena y la bautizó en honor a la cultura mesoamericana que habitaba el Valle de México y por los tiempos de preparación  en los años sesenta como árbitro internacional de zumo en Tokio.


La Azteca Budokan recuerda a aquellos coliseos en deterioro. Es una especie de anfiteatro con camerino, palcos y venta de cerveza pensado en un local amplio que podría utilizarse para el estacionamiento de autos. Sus columnas sostienen las gradas a las cuales se sube por escaleras improvisadas en las esquinas y en donde se puede ver el espectáculo como si se estuviera en una gallera. La decoración retoma los carteles publicitarios de peleas anteriores: caligrafía sólida, colores llamativos, fotografías de rostros y cuerpos de luchadores en poses agresivas. Máscara del Año 2000, Flor Metálica, Estrella de Fuego, Súper Insecto o el Hijo de Cien Caras, son nombres de los repertorios anunciados.

Y en el centro, el ring, cubierto por una lona de Cerveza Corona y rodeado de sillas plásticas para los invitados especiales, familiares y algún luchador que decida castigar a su oponente con una de ellas al lanzársela sin remordimiento.

Ese 7 de Abril por lo menos 40 gladiadores se reunieron para recordar al Dinámico, uno de los suyos que hace tres años murió al terminar un encuentro en otra arena de Neza, la San Juan, al sufrir un paro cardiaco. El evento es gratuito al ser un homenaje a un luchador con más de 27 años de experiencia que supo hacer respetar las “arenas chicas” cuando las estrellas de las “arenas grandes” llegaban a retarlos.

Ahí está la diferencia, los dos estatus. Luchadores como El Santo, Blue Demon, Mil Máscaras o Rayo de Jalisco pertenecieron a grandes grupos que promocionan la Lucha Libre en espacios renombrados; la Arena México es la principal, donde hay buena remuneración económica, patrocinios de empresas nacionales, cobertura de medios masivos y contratos de publicidad, es la lucha libre por contrato y a la cual muchos iniciados quieren entrar. La otra, la que se realiza en las calles, en las arenas cerca a las colonias es la independiente: menos ingresos, sin asesor de imagen exclusivo, alianzas con promotores de lucha del sector y dinero del bolsillo para solventar viajes. La ventaja es la independencia: poder escoger las funciones, pero en cualquiera de las dos o se es rudo o se es técnico.

“El rudo es el que hace las cosas ilegales, que hace trampa o tira más golpes. El técnico tiene mejor condición mental y física. Tiene mayor conocimiento en la lucha, tiene clase”. El Oriental señala el ring cuando dos niños suben con dificultad. Suelta un regaño nervioso y sigue la cátedra: “El rudo es culero, mal hablado. Hay gente que en el trabajo, en su vida normal, no puede decirle al patrón: sabes qué, tu vas y chingas a tu madre, entonces vienen a ver la lucha y le dicen al rudo: tu chingas a tu madre. Esos son los aplausos del rudo”.

Y Los Colombianos… son rudos.

Esos parceritos bien cabrones

Los Colombianos son tres, dicen ser originarios de Cali, de Bogotá, o quizá tienen raíces sanandresanas o barranquilleras. Su música es la cumbia y la salsa. Saben quién es Alberto Barros y conocen sus éxitos en México con discos tributo a la música colombiana pero les es difícil reconocer a José Barros a pesar de corear ‘La piragua’.

Dicen “parce”, “chimbita” “vaina” o “bacano”, aunque no recuerden la primera estrofa del Himno Nacional. Sienten el ritmo cuando escuchan al Grupo Niche o la Orquesta Guayacán y al subir al ring dejan un “Que viva Colombia, mugrosos”, que ocasiona rechiflas e insultos entre los espectadores mexicanos, que son todos.

Me cité con Edgar Raúl Mercado en la Azteca Budokan luego de escribirle en el blog y el Facebook del grupo Los Colombianos Rudísimos. Es el más joven y el administrador de las redes sociales: carga fotografías, actualiza fechas de los espectáculos, hace convocatorias y lanza mensajes provocadores. Está contento con el aumento de seguidores de origen colombiano en los sitios web. En marzo pasado su equipo apareció en televisión nacional al ser entrevistado por la periodista Andrea Santa para un reportaje del programa Séptimo Día. Se notaba satisfecho por “el mayor logro en su carrera luchística”.

Al entrar a la arena, una señora de edad, tipo vigilante, me detiene con preguntas secas.

- ¿A qué vienes? 

– Busco a El Colombiano. 

– ¿Y quién lo necesita? 

– Un periodista 

La mujer me mira como agente de aduanas de aeropuerto ante un sospechoso y me hace esperar.

– El Colombiano está allá –me dice y señala a un hombre joven de por lo menos un metro noventa centímetros de altura, algo pesado, con corte de cabello militar  y ojos redondos que disminuyen el aspecto ofensivo de su figura.

Edgar se levanta de una de las sillas que rodean el ring. Saluda con un apretón de manos ligero y me hace esperar mientras llama a sus compañeros. Nos habíamos citado una hora antes de las luchas y el resto del grupo estaba por fuera de la arena comiendo en un puesto de ‘antojitos mexicanos’. Edgar es ropa deportiva, 31 años, taxista, El Colombiano.

“Cumplí 14 años en la Lucha Libre. Como luchador tengo apenas seis, es el tiempo que llevo en el grupo y me ha gustado, siempre he puesto el concepto muy alto, lo voy a representar bien. Colombia va a ser nuestra segunda casa.”

Edgar parece leer un guión que lo emociona. Su nombre de lucha lo ganó al ser llamado por el jefe del trío, Miserable, para reemplazar a Infinito quien dejó el traje por atender la vida familiar. El más antiguo de Los Colombianos lo adoptó y le dio su nacionalidad, aunque primero entró como Rencor Boricua, El Rayo de la Muerte Junior y El Hijo del Miserable tras renunciar al arbitraje en la Arena San Juan y llegar a Promociones Contreras, empresa promotora de lucha libre independiente  donde la idea de Los Colombianos se originó.

“Es ahí donde le doy vida a mi personaje y es donde me brindan la oportunidad.  Ya Colombia para todos lados es y la gente pregunta ¿eres de allá? sí, de Cali. Ya se te queda la idea de que lo somos. Ves mi teléfono y suena con un tema colombiano. Esa tierra es de nosotros. Mucha gente dice que no somos, pero nosotros les hacemos creer que sí”.

En su otro tiempo, cuando cuelga el traje de El Colombiano y vuelve a las calles de “Neza”, la contratación más reciente de esta “tercia ruda” trabaja como taxista en el Estado de México. Edgar asegura que su taxi es un tributo a su otra tierra y que por ello los pasajeros no lo ven como mexicano. 

Los Colombianos no utilizan máscara, no le dan importancia a esconder sus identidades y por eso dan sus nombres. Ningún chico malo se esconde.

Un sábado de julio, al dirigirnos a una doble presentación, pasando de la Colonia Vicente Villada de Neza a la San Pedro de la Delegación Iztapalapa, en Ciudad de México, el taxi de Edgar fue el camerino y medio de transporte del grupo. ‘Colombiano’, como está estampado en letra cursiva en el parabrisas, es el nombre de este automóvil que los transporta a los eventos de lucha libre. En la parte trasera hay un sticker de aquella planta “100% colombiana” y adentro las estampas del Divino Niño decoran la puerta del piloto, mientras una bandera del país es izada en el retrovisor. Solo se escucha salsa y cumbia.

Ese día las dos batallas se perdieron. En Vicente Villada lucharon en un ring improvisado en una calle contra Yuriko y Diva Salvaje, de los llamados “luchadores exóticos” y quienes ataviados con trajes de encaje color rosa, decorados con pintalabios y rubor, domaron a Los Colombianos repartiendo piropos, besos y nalgadas. En San Pedro se encontraron con El Esquimal, un hombre que parecía sufrir de gigantismo y que no les proporcionó precisamente caricias. Lo común en los dos combates fueron las rechiflas al trío.

“Pinches Putos”, grita El Colombiano cuando es agarrado de “los huevos” por Yuriko en la lucha. En el taxi, mientras maneja, sudando y escuchando el Tributo a la Salsa Colombiana de Alfredo Barros, solo se soba y advierte que sí fue real el apretón.

Los Colombianos no utilizan máscara, no le dan importancia a esconder sus identidades y por eso dan sus nombres. Ningún chico malo se esconde. Al lado de Edgar, sentados en las gradas, mientras se organiza el ring y van llegando hombres de físico atlético voluminoso, cargando maletas de viaje donde guardan sus prendas de luchador, están Carlos Barrera e Ismael González, los dos ya cruzando los 50 años. Son Miserable y Ricky Ricón.

“Tengo más de 30 años luchando. Estamos en contra del país de México y defendemos a Colombia. Y la misma gente se mete en el juego, ¡vaya! nos empieza  a agredir y nos dice: “Marihuanos colombianos, esto y lo otro porque somos rufianes, somos malos. Cuando es trabajo la gente nos odia, pero nosotros queremos a Colombia porque es nuestro símbolo”.

Miserable es el jefe del grupo. Repite con orgullo su estatus de jefe y cómo lo hace valer. Sabe que es un rudo en la batalla y así es reconocido. En entrevistas con medios independientes dedicados a la lucha libre, como el blog “Estrellas del Ring”, recalca que a Los Colombianos les gusta trabajar sin tener un contrato con empresas grandes, mantienen en las arenas chicas donde pueden tener libertad y mayores derechos sobre su “chamba”.

Cuando no es Miserable, cuando es Carlos Barrera, trabaja en un control de peseros, como le dicen  a los viejos autobuses  mexicanos, donde se encarga de registrar la salida y entrada del transporte público en diferentes paradas de Neza. Es el más versado en música colombiana. Puede reconocer vallenatos como si se hablara de rancheras y siente a la cumbia como algo suyo, género musical de exportación para Latinoamérica que en México ha llegado a ser parte de la cultura urbana y fiestera, principalmente de los chilangos.

También es quien carga la bandera. Se le ve lucir un poncho blanco con un sombrero vueltiao dibujado, líneas finas en amarillo, azul y rojo y un “Colombia” grabado con fuerza. “Es callado al estar junto a sus colegas de lucha a quienes mira como psicólogo en una sesión grupal. Tiene el rostro marcado por algunas líneas que ayudan en su aspecto agresivo. Su físico es de un padre de familia gustoso de algunas “chelas” y su voz pausada al recordar llega como bolero mexicano.

“Mis hijos dicen que soy de Colombia. Nacieron con esa idea y los motivé. Cali me gusta por el Grupo Niche. Somos muy adictos porque somos colombianos. Tenemos mucho tiempo con estos personajes y como dinastía crecemos”.

En 2009 Los Colombianos recibieron reconocimientos como ‘Mejor tercia ruda’’ y ‘Mejor luchador del año’ para Ricky Ricón en unos premios del circuito independiente organizados por ‘Súper Luchas’; celebración hecha entre las mismas empresas promotoras y medios de comunicación alternativos fundados por fanáticos o exluchadores. Es un estímulo a esos independientes que no cuentan con un “varo” fijo por la “putiza en el ring”. Carlos argumenta que los reconocimientos se ganan en el tiempo y con trabajo, pues el sello de Los Colombianos ha estado vigente por más de 18 años. El trío tuvo su génesis cerca a los Narco Satánicos, donde “el Jefe” aplicaba sus primeras embestidas. Eran rudos y su traje tenía los colores amarillo y azul. Desde ese llamado cromático fue que se empezó a dar forma al “concepto cafetero”, como a Carlos le gusta repetir. “Yo ya estaba adentro, desde antes de que se formara el grupo, yo ya estaba ahí. Ya después le pusieron nada más el nombre”.

Pero este cincuentón que aún doblega a sus oponentes como en sus inicios, sufrió algunas transformaciones antes de nacer caleño. Además de pasar por los Narco Satánicos, en sus 30 años de carrera fue Demon Red e integró un equipo que pareciera ser apadrinado por un lector del romanticismo: Los Miserables, donde fue bautizado con su nombre de guerra actual. Luego, en el tiempo de los Narco Satánicos, José Contreras, el empresario que dirige Promociones Contreras, ideó varios grupos: Los Panameños, Los Guatemaltecos, Los Puerto Riqueños, Los Millonarios y Los Colombianos, reclutando a Carlos para reorganizar y crear nuevos conceptos de estilo rudo. Era trabajo y el inicio de estas tercias solo radicaba en mayor diversidad en la escena independiente.

Varios luchadores fueron su pareja. Por los tres colores pasaron Cobra de Fuego, Águila Sagrada e Infinito. Luego de cinco años de sangre y golpes, el grupo no estaba resistiendo la falta de interés de los aficionados. Carlos aguantó el bajón de la popularidad y para mejorar buscó a un parce con “buen varo”, a uno de Los Millonarios, al hombre sentado a su derecha en las gradas ese domingo en el Azteca Budokan, el tipo de cabello plateado, ropa a lo playboy de los años setenta y quien más fotografías presume en Facebook con intentos de estar a la moda. El conocedor en estilo y aplicación de los “Parce” “Chimbitas” “Panitas” o “Pirobos”. Tal vez sin tener la intención directa, Ismael González Escudero representa en rigor el nombre de su otro yo de altas alcurnias, Ricky Ricón; pero cuando llega este niño magnate, cuando hay un ring y está esperando al oponente, la elegancia es añicos y el rudo cobra fuerza sin reparar en golpes y “tranzas”, sus trampas para ganar.

 “Estuve en la calle, yo existía en las drogas y Miserable fue el que me ayudó. Mi nueva vida la retomé en las luchas y me quise hacer patriota de Colombia. Soy un mexicano muy colombiano, y si pudiera visitar esa tierra podría morir feliz como luchador”.

Siendo Ismael es un conductor integrado a un Ministerio Público de la Colonia Doctores en Ciudad de México, una especie de centro de investigación policial. Sabe que la lucha libre no sostiene a la familia y que sobre el ring, por cada presentación, un luchador independiente gana, si la suerte sonríe, entre 2 0 3 mil pesos mexicanos, casi 300.000 mil pesos colombianos para alguien con trayectoria. Aunque no siempre hay pago y son los nuevos los que más sufren ante una taquilla mala o las trampas del promotor en turno.

En una de las tantas presentaciones callejeras, en otro municipio del Estado de México marcado por la violencia, Chalco, a dos horas de la Ciudad de México, Ismael me muestra las leyendas que ha creado junto a Carlos con el fin de darle mayor fuerza al grupo:

“Podrán imitarnos, tal vez igualarnos, pero la grandeza nunca la tendrán: Los Colombianos”.

Y tal vez, recuperando su origen celestial, advierten: “Los ángeles en el Cielo adoran al dios divino, y aquí en la tierra adoran a Los Colombianos”.

Pero al mostrar los dientes rabean: “No chingues a Los Colombianos porque son como tu madre, pero si chingas a Los Colombianos chingas a tu madre”.

“Tratamos de hacer cositas que ayuden”, dice Ismael mientras intenta cubrir los ojos del sol directo que cae en la Colonia Marco Antonio Sosa, fundada por personas acentuadas en un terreno árido con calles y casas a medio construir y que fueron apoyados por el Movimiento Antorchista, grupo campesino ligado a uno de los tres partidos políticos más importantes de México, el del actual presidente Enrique Peña Nieto y que antes del 2000 estuvo en el poder por setenta años, el Partido Revolucionario Institucional, PRI.

Ismael tiene una voz nerviosa que corta las palabras y se enfatiza cuando habla de sus días en la calle, cuando dormía en estaciones de autobuses y tenía zapatos de estilos diferentes en cada pie; andaba sin dinero, sin un futuro seguro. Pero a pesar de que lo repite no entra en detalles, solo asegura, como en una especie de introducción a su historia en las luchas, que aquellos tiempos difíciles forjaron el rostro y la mirada más agresiva del equipo.

Al iniciar en las arenas, hay fotos de Ismael en Facebook con una cabellera que recuerda a Jean Claude Van Dame en Time Cop, o al mismo René Higuita en los mejores años de la Selección Colombia; su nombre fue Street, siendo técnico a principio de los noventa. Su especialidad era finalizar el combate con una plancha hacia afuera desde la tercera cuerda.  Ya no puede hacer tales vuelos, eso se ve cuando entra al ring, pero al igual que Miserable sus castigos devastan el ánimo hasta de los luchadores más atléticos.

Después llegó el rudo en Los Rayos de la Muerte. Vestidos de color negro, la afición también empezó a decirles las Sombras Negras de Puerto Rico. El paso por el grupo lo llevó a encontrar a Carlos en Los Miserables, pero dice que no se sintió a gusto y retornó a su origen, a Street.

Hay batallas sangrientas en contra de Carlos, según habla el orgullo de Ismael igual al de un boxeador jubilado rememorando su paso por Las vegas. Recuerda el lleno completo, entre 3500 y 4000 personas en la Arena San Juan a mitad de los noventa, un acontecimiento renombrado en la escena de “Neza”. Es el tiempo de su paso por Los Millonarios y su destino Ricky Ricón. Se vuelve rudo en rigor y abandona la máscara. Pero junto a sus compañeros, la sangre azul en la Lucha Independiente: Niño de Oro, Elegante Blanco, Máscara Divina y Rey del Espacio, no duró el trabajo y entraron en banca rota. Vino entonces el llamado del jefe e Ismael pasó a Los Colombianos sin pensarlo dos veces.

Sus presentaciones son agresivas. No hace diferencia si la pelea es con un hombre, mujer o exótico. Humillar al contrincante, lo deja en la lona con golpes de su cinturón marcados en el pecho, el castigo por meterse con “Los únicos y originales”. Pelea con la afición, “a Chingar a su madre” les dice, los incita a no lo quererlo, a desaprobarlo. 

“A mí no me gusta que me quieran, a mí me gusta ser rudo. Yo trabajé como técnico y me gusta más el otro lado, soy el más rudo de los tres. Y a lo mejor es bonito tener el cariño de la gente; a lo mejor el de tu familia, de las personas cercanas, pero me gusta más que me digan “pirobo” a que me digan “hola, cómo estás”.

El llamado para los luchadores es urgente. La lucha en el Azteca Budokan, cuando Miserable me entrega la bandera colombiana y no se hacen esperar las rechiflas, es de “México contra Colombia”, como se titula en el cartel de presentación. Rayo Tapatío III, Piel Roja y Aparecido Negro son los contrincantes. Vendrán otros eventos y oponentes y con ellos la misma sensación de dualidad que emerge al leer de nuevo “México contra Colombia”, ya sea enfrentándose en honor al Divino Niño o retando a su más grande rival, el Súper Tarín. Pero eso será después. Ahora, en la arena, la gente empieza a llegar, busca lugar en las gradas. Pocos saben quiénes son Los Colombianos, esos tres hombres que cruzan una cortina rosa con blanco y entran en los camerinos y que saldrán vistiendo el amarillo, azul y rojo en un gesto provocativo para los aficionados que les gritan “culeros” cuando los ven llegar al ring y lanzan su grito de guerra: “Viva Colombia, mugrosos”.

Azul

“Yo reinaré”    

El Divino Niño se le apareció a El Colombiano en una función en Nezahualcóyotl. Era la estampa clásica de ese infante regordete con los brazos extendidos al cielo que Isidro Gorostieta, un fanático de las luchas, le regaló hace más de un año al conocerlo. La imagen de la fe católica en el barrio 20 de julio de Bogotá se convirtió en un pilar de la gracia divina en Los Colombianos junto a la Virgen de Guadalupe.

El 20 de julio, cuando las asociaciones de colombianos en México se organizan para celebrar los 203 años de independencia del país al son pachanguero de La Sonora Dinamita y Diomedes Díaz, un sábado desmedido en calor, me encuentro con Isidro y Blanca Estela Gorostieta en la parroquia San Francisco de Asís de la Colonia Vicente Villada, en “Neza”, donde un ring improvisado en un espacio trasero de la iglesia en forma de cono invertido era rodeado por niños que, aburridos de la misa del momento, salen de los recintos ceremoniales e intentan pisar la lona queriendo retar a sus compañeros.

“Este es el cuarto año que festejamos al Divino Niño y es la primera vez que lo hacemos con una función de lucha”, dice Isidro cruzando los brazos y sosteniendo un ceño fruncido. Poco a poco las personas empiezan a acercarse al escenario y con ellas los vendedores de frituras y helados. Dentro de la parroquia se escucha la voz del sacerdote. Afuera un hombre vende máscaras de luchadores “a 50 0 70 varos carnalito”.

A finales de abril Edgar se contactó con Isidro por medio del Facebook y empezó a organizar el evento. Buscó colegas que los acompañaran y algunos fondos con empresas promotoras como la Caravana Súper Tarín. Publicó pancartas publicitarias con la imagen del Divino Niño. Junto a Carlos e Ismael mandó a hacer placas de reconocimiento e hizo una convocatoria previa por Facebook para tener buena asistencia. El día de la lucha era el más preocupado por la cantidad de gente que llegaba. Salía del camerino con el traje medio puesto y miraba hacia la entrada de la parroquia, anhelando una multitud cerca del ring.

Pero es Blanca Estela quien coordina los grupos de oraciones sobre el Divino Niño en Vicente Villada, es ella la encargada de celebrarlo en la colonia y de aceptar la participación de Los Colombianos.

“Nosotras realmente a las luchas no somos muy aficionadas, pero mi tío Isidro sí; él nos comentaba que conoció a unos luchadores que eran colombianos y después platicando nos dijeron que donaban una función de lucha libre. Lo vimos como una forma de convocar más gente y que los peques conocieran más al Divino Niño”.

“Eso de que no nos lastimamos es un embuste. Aquí sufrimos caídas, lesiones, zafadas de hombro. Yo tengo un golpe en la mano y traigo mal las rodillas, por eso tenemos esta devoción”.

Desde hace siete años esta imagen católica se venera en la casa de Estela. El Niño Redentor del Mundo era el nombre aceptado según deducciones de las personas que lo habían regalado en un cumpleaños familiar. Después, Estela y sus hermanas, dedican tiempo a la iglesia y conocen la historia, investigan su origen, al padre Juan del Rizzo y la iglesia en Bogotá. Recolectan información sobre sus rituales y lo elevan como su patrón en el sector nueve de la colonia. Los días 20 de cada mes se reúnen  más de 200 personas alrededor del “Niño de Colombia” en la casa de los Gorostieta.

“Sabemos que en Colombia en un tiempo de mucha crisis llegó el Divino Niño a salvarlos. Entonces acá damos a conocer a los colombianos más por el lado de que Dios llegó a ayudarlos y el niño está con ellos y no los va a soltar”.

Ismael interrumpe para saludar a Estela, se acerca e intento adivinar su mirada escondida tras los lentes de sol Ray Ban. Lleva una camisa morada, pantalón y zapatillas blancas; es un Juan Pachanga invocado por Rubén Blades. A lo lejos, cerca a una camioneta de la cual bajan los equipos de sonido para la función, están Carlos y Edgar.

“Ya estamos festejando el Día de la independencia allá”, me dice. Se ve contento, recibe a los luchadores colegas que llegan. Les da la mano, les agradece el apoyo y los invita a pasar al camerino. Asegura que el pequeño de bata rosa los ha protegido cuando suben al ring.

“Eso de que no nos lastimamos es un embuste. Aquí sufrimos caídas, lesiones, zafadas de hombro. Yo tengo un golpe en la mano y traigo mal las rodillas, por eso tenemos esta devoción”.

En junio fue Miserable quien llevó con la carga. En una lucha tuvo una mala caída y se lastimó un riñón. Fue hospitalizado de urgencia y duró en cama una semana. Pedía revancha con quien se le atravesara a causa del golpe que lo dejó “defectuoso”. Para ese día de honra vestía una camiseta tipo esqueleto y el nuevo pantalón de Los Colombianos, de color amarillo con llamas rojas bordeadas por azul.

La mayoría de los luchadores convocados al festejo son parte de la Caravana Súper Tarín, una especie de circuito nómada de lucha libre con más de siete años que llega cargado de sonido y más de 40 guerreros dispuestos a batallar en una calle, una arena o un reclusorio.

Su líder y promotor es Rafael Rojas Tarín, Súper Tarín, ídolo de los reclusorios, como lo llaman al vestir sus trajes tipo overol: el de color negro con una leyenda en el pecho “Perros del mal” o el amarillo, azul y rojo, no en honor a Colombia, sino a su "amado equipo de fútbol, ganador de la Liga Mexicana en el 2013, el Club América. 

“Estos eventos se obsequian en colonias, reclusorios, y aquí nos invitaron para festejar al niño de Colombia, es la primera vez que se hace este evento. Tiene que salir de lo mejor”.

Rafael tiene el acento de los barrios chilangos. Es un hombre delgado, moreno, una especie de rock star de la lucha libre independiente. Los fanáticos buscan su autógrafo, los niños y mujeres sus palabras, se pasea entre seguidores que lo aplauden a los lugares que llega. A su disposición hay un fotógrafo personal que corre entre lucha y lucha y busca capturar sus movimientos. Y le gusta: cuando hay una función se le ve recostado contra una pared y desde lejos pareciera vigilar el evento. Tiene, además, un corrido norteño en su honor.

Cuando no está frente a la caravana es uno de los principales líderes del comercio ambulante en el eje central Lázaro Cárdenas de la Ciudad de México, una importante avenida que cruza el renombrado centro histórico, donde se pueden encontrar vendedores postrados en las aceras ofreciendo software de toda clase, música y libros piratas. Él mismo acepta sus 30 años en la venta ambulante en esta zona donde las barridas policiacas y la confiscación por venta de tecnología ilegal es continua. Allí hay centros comerciales tipo San Andresito; son las plazas de la tecnología, y Rafael, o El Tarín, como se le conoce en el lugar, ha sido detenido en varias ocasiones al enfrentar a la fuerza pública. 

El Tarín evade el tema, no lo discute. Se centra en la lucha libre y busca desmeritar a sus acérrimos oponentes, Los Colombianos. En un duelo Súper Tarín sostiene que le ganó la cabellera a El Colombiano “pele pelona”, dice carcajeado. En su página de Facebook hay fotografías donde sostiene la cabeza calva de su rival cafetero mientras le pasa una máquina de afeitar y el cabello cae en la lona.

-  ¿A los colombianos se les quiere? Lo que pasa es que Los Colombianos en cualquier colonia o reclusorio que llegamos no somos muy queridos, por la rudeza y por el país; cuando aquí nosotros somos mexicanos y mandamos los mexicanos.

Aunque en esta función El Tarín se equivoca, y no tanto porque Los Colombianos hayan ganado, sino por la empatía y el apoyo que muchos de los aficionados que llegaron y fueron convocados demostraron ante la imagen del Divino Niño: la gente los anima, un niño se cubre de la lluvia que cae con un saco que dice “Colombiano”, una mujer de risa contagiosa sostiene el poncho y la bandera de Miserable y entonces el trío pasa de rudo a técnico al ganarse los aplausos y las porras. Pero eso se debe a que Súper Tarín no luchó, pues de hacerlo, asegura, la victoria sería suya.

Una adopción jarocha          

-¿Ricky te dijo que a mí me gustaba él como luchaba? 

- Sí, por rudo. 

–Te dijo la verdad. Tío Ricky es de mis favoritos, es muy bueno luchando, su estilo, sus movimientos. Todo lo que hace arriba del ring me gusta mucho.  

Conocí a Diosa Colombiana un mediodía de inicios de agosto en la Plaza San Juan, un parque arbolado en medio de Ciudad de México que hace de jardín de la Iglesia Nuestra Señora de Guadalupe. Se está entonces en el corazón del centro, a pocas cuadras del Palacio de Bellas Artes y del Eje Central Lázaro Cárdenas, y en una explanada donde los transeúntes y vendedores ambulantes se acercan a un ring improvisado de la Caravana Tarín. La iglesia otorga un fondo de muralla sólida extendida a lo largo del parque; y desde una de las esquinas emerge un edificio de Telmex como si fuera una torre vigía del Imperio de los Sith en Star Wars. 

Diosa Colombiana divaga un poco entre sus colegas chilangos. Los Colombianos la presentaron oficialmente como parte de la dinastía en Fortín de las Flores, municipio cafetero del Estado de Veracruz a cinco horas en automóvil desde Ciudad de México. Tenía puesto un traje negro tipo Flash Dance con llamas rojas y amarillas a los costados y el poncho colombiano de Miserable. Se veía tímida, ansiosa, sin saber cómo actuar mientras esperaba su debut en la capital de la lucha libre mexicana después de seis años de batallas en  tierras jarochas, mote cariñoso para quienes nacen o viven en Veracruz.

Tiene 25 años, es psicóloga cuando su nombre es María Esther Zaragoza Cocom y vive en Orizaba, una bella ciudad que recuerda las callejuelas de Manizales. Ahora es parte de la Caravana Súper Tarín gracias al apoyo de Los Colombianos. En su primera lucha, en la Plaza San Juan, buscaba ganarse la aceptación de los aficionados más críticos del país.

Al iniciar era parte del Olimpo, Diosa Hera. En Orizaba tuvo su primera presentación. Era estudiante universitaria y conformaba un pequeño grupo de mujeres luchadoras que poco a poco despareció, quedando solo ella. Dice que en otros municipios cercanos como Fortín y Córdoba tampoco hay colegas femeninas y por ello los promotores regionales las buscan en el Puerto de Veracruz y Tierra Blanca, pueblos donde abunda la caña y el sudor no parece cesar ante la embestida del sol.

A su padre le gustaba que disfrutara de la Lucha Libre, pero no estuvo de acuerdo cuando se enteró de que además de verla la practicaba. Como mujer no ha tenido problemas al entrar en batalla contra un hombre; sabe que los golpes son parejos, sin discriminación. Una pregunta sobre géneros, el no tener participación por su condición femenina le es ilógica.

Cuando conoció a Los Colombianos hace más de un año, dejó el Mediterráneo y buscó el Caribe. Les pidió permiso para integrarse al concepto y utilizar su nombre. Con ese acento costeñito que arrastra la ese como jota, Diosa recuerda haber reafirmado el amor por Cartagena, su “tierra tropical”, al luchar por primera vez junto a la tercia ruda cinco meses atrás en Fortín. “Deja tu lo guapa… soy colombiana”, se lee en su Facebook.

“La primera palabra que aprendí fue chimbita. Fíjate, fui conociendo a Colombia por el internet y leí que su café es de los mejores del mundo. Yo he probado el de México; el más rico es el de Xalapa, en Veracruz, pero como buena cafetera espero probarlo algún día”.

La vida veracruzana en la costa también comparte algo de su arrebato y ritmo con el Caribe colombiano. Escuchar a Agustín Lara con su nostálgico ‘Veracruz’ nos lleva a tararear la íntima ‘Noches de Cartagena’ de Jaime R, Echavarría. El son Jarocho, sus coplas y alegría narra historias y guiña el ojo como los vallenatos de los juglares. El lenguaje no perdona una broma o grosería cada cinco palabras y la comida se hace del mar. Veracruz puede ser una embajada de Colombia en México, y Diosa lo presiente entre sus palabras.

Y allí, en Ciudad de México, en la Plaza San Juan, cuando las luchas han comenzado y niños, mujeres, vendedores, gringos en vacaciones, ejecutivos en tiempo de almuerzo y buscadores de trabajo se acercan y comparten gritos, palmadas, rechiflas, y desmadre, se escucha el llamado y la nueva de la Caravana, Diosa Colombiana sube junto a Big Mama, Paquita, Ludika, Bombón Asesino y Estrella de Fuego.

Es una batalla violenta. Diosa se ve tímida ante sus colegas mujeres y exóticos. Hay cachetadas, puños, revolcadas por el suelo. Es castigada por Estrella de fuego, pero luego se impone con patadas en el abdomen de su contrincante. Ahora se observa con mayor seguridad. Aplica llaves y da golpes en el pecho. “Oootra”, se atreve a decir alzando un brazo en victoria. La afición la sigue, se ríe un poco. “Ya se me está parando”, alardea un espectador. Vienen acrobacias desde una esquina, vuelos, saltos y a la final Big Mama, una muñeca de juguete que le hace honores al “Big” cae sobre los oponentes como aplanadora. Su grupo de combate ha ganado, está sorprendida por el ímpetu de la lucha en la capital del  país. Se ve cansada cuando baja del ring y reparte autógrafos. Ahora se prepara para la contienda final, la de los suyos, Los Colombianos contra su feroz enemigo, Súper Tarín.

Rojo

Los Perros del mal 

Se escucha la banda sonora en toda la Plaza San Juan. Es salsa, cumbia, una voz misteriosa:

“Padre ritmo, que estás en la salsa, santificado sea tu nombre. Vénganos tu sabor. Hágase tu música aquí en Colombia como en el  mundo. La salsa nuestra de cada día, dánosla hoy. Perdónanos nuestros bailes, así como perdonamos la salsa. No nos dejes caer en otros ritmos. Líbranos de nostalgia y tristeza. Amén”.

Abriéndose paso por entre los aficionados llegan Los Colombianos junto a Diosa y León Dorado. Son los rudos, tienen derecho a su altanería y suben al ring con los brazos al aire, intimidando, señalando a quienes están cerca. Y la voz vuelve a resonar, emerge desde los amplificadores del sistema de sonido, continúa sobre uno tambores de costa caribeña:

“Los ángeles en el cielo adoran a un dios divino, pero en la tierra la gente adora a la juventud, la sabiduría, la inteligencia, la experiencia de los únicos y originales Co-co-cooooolombianos”.

Pero esa entrada para marcar territorio se ve opacada por los ánimos de la gente al ver a Súper Tarín alzado en hombros. Le hacen fila, le abren espacio, alcanza el ring. Saluda, agradece la presencia de la “banda”, increpa a Los Colombianos y les vaticina un final doloroso. Su grupo, para domar a Cancerbero: Skyde, Jhonny Villalobos y Loco Max.

La pelea es pareja, agresiva. El Colombiano y Loco Max inician el duelo. Hay cachetadas y golpes en el pecho. El Colombiano busca hacer una llave; toma a su contrincante por la cintura, lo obliga a tenderse en la lona. Loco se suelta y le aplica un castigo similar; lo hace gemir y lo obliga a salir del ring. Luego aprovecha y se mete con Diosa Colombiana quien sólo observa a sus maestros desde afuera.  “Quieres pelear con un hombre, cabrón”, increpa Miserable defendiéndola.

Del otro lado Ricky es atacado por Jhonny Villalobos, el cual termina sufriendo un contragolpe del millonario: lo avienta hacia las sillas de plástico dejándolo humillado. Ve que Loco Max lo busca y le suelta en la cabeza una canasta de mercado o guacal, a lo mexicano. Ya van dos tirados en el suelo.   

Skyde también sufre la furia cafetera. El Colombiano lo toma de la cabeza e intenta quitarle su máscara de vaca. Lo agarra por los cuernos, lo lanza contra un poste, lo baja del ring. Entre las cuatro cuerdas León Dorado incita a Súper Tarín. Hay sangre: el Tarín pareciera morder a León en la frente y un chorro rojo brota, cae sobre sus ojos. El fotógrafo de la Caravana no pierde instante, un temerario en zona de guerra.

“Policía no mame”, suelta la denuncia un espectador. “Cállese”, le grita Miserable y se queda mirándolo con odio de telenovela o empleado despedido mientras que en el ring los turnos cambian y es ahora El Tarín quien recibe los golpes de León Dorado. Ya el ídolo de los reclusorios sangra en su frente. “Ponme al Tarín de lomo”, ordena Ricky a León para aventarle un guacal que se rompe al hacer contacto. “Pendejos, culeros”, suelta la furia una mujer ante la “tranza” de los rudos. Tarín cae al suelo, se arrodilla como un Cristo redentor y vienen fotografías de recuerdo tomadas por los fanáticos. “Hay hijo de tu pinche madre”.

 “Culeeeeeros, culeeeeeeeros”, es la consigna para Los Colombianos que suben a Tarín al ring y mientras El Colombiano lo sujeta con fuerza de los brazos el resto del equipo hace fila, quieren terminar la lucha. Aunque los roles cambian y en un lance del León Dorado Tarín logra escaparse de sus verdugos y quien recibe el golpe es El Colombiano. Entran Skyde, Loco Max y Jhonny Villalobos, detienen la arremetida. Ricky y Miserable reciben la peor parte. Esca