Un cirujano que ha regresado a Siria para operar en uno de los pocos hospitales que quedan en pie, un desertor del ejército que distribuye alimentos junto a otros voluntarios, una profesora que ha vuelto a dar clase tras ser perseguida por el régimen y un hombre que arriesga su vida bajo los francotiradores solo para recoger las basuras de la ciudad, tratan de fijar los cimientos de lo que será la nueva Siria. 

Por Ivan M. García. Fotografías: Pablo Tosco

Una decena de hombres vocifera en lo alto de un montículo de escombros en el barrio de Ard Al-Hamra  de Alepo. Cubiertos de cal y arena tratan de levantar uno de los tabiques del edificio que antes se erigía en ese lugar. Se doblan sobre sí y empujan hacia arriba con fuerza. Resoplan, se azuzan con nuevos gritos y desisten por enésima vez. Es inútil, el muro no se mueve. Están exhaustos. 

Uno de ellos se aleja y regresa al momento con un pico, caminando entre hierros retorcidos y oxidados, jirones de ropa, cortinas desgarradas y enseres de plástico. Se turnan la herramienta y golpean con rabia a la voz de Allahu Akbar. La pared se desmorona lentamente descubriendo el cuerpo pálido y apenas sin ropa de una pequeña de no más de cinco años.

Un familiar envuelve el cadáver en una manta y se lo lleva consigo mientras los hombres de la pila de escombros prosiguen sus ruegos a Alá. Ellos mismos encontrarán minutos después y bajo parte del mismo muro un segundo cuerpo, el de la hermana mayor, de unos siete años. Ambas dormían la noche anterior cuando un misil Scud procedente de las posiciones militares del régimen de Bashar Al-Assad caía en el vecindario dejando decenas de muertos, todos ellos civiles, y engrosando la cifra de más de 125.000 víctimas que se han cobrado casi tres años de conflicto. 

La guerra en Siria ha cobrado la vida de más de 125 mil personas en los últimos tres años.

Los civiles parecen haberse convertido en las últimas semanas en objetivo explícito de las tropas gubernamentales sirias. Varios misiles tierra-tierra han impactado en barrios en los que prácticamente la presencia del Ejército Libre Sirio (ELS) era nula. Abu Mahmod no da crédito. Es un hombre que pasa la cincuentena, viste una camisola verde oliva y va tocado por una kufiya roja y blanca. "Fue terrible. No teníamos cómo sacar a los muertos ni a los heridos", masculla entre dientes visiblemente alterado. "No entiendo nada. Podemos aguantar los disparos de los soldados, incluso los tanques, pero esto es imposible".

Civiles y médicos en el punto de mira

Imposible también parece el hecho que sostiene la ONG International Rescue Committee en su informe Siria: una crisis regional en el que se habla de la existencia de una "campaña sistemática" basada en "bombardeos estratégicos" sobre hospitales, así como de "intimidación, tortura y asesinatos” de doctores como represalias por atender heridos. No solo milicianos sino también civiles en contra del régimen. "De los 5.000 médicos que había en Alepo antes del conflicto, hoy quedan sólo alrededor de 35", reza el estudio. 

De los 5.000 médicos que había en Alepo antes del conflicto, hoy quedan sólo alrededor de 35, sostiene la ONG International Rescue Committee.

"Los médicos sirios nos hemos convertido en objetivo para el régimen. Doctores, enfermeras y todo el personal sanitario que trabajamos en el Alepo controlado por los rebeldes estamos en el punto de mira de Bashar Al-Assad", dice Monhannad Abdulqader, cirujano de 36 años, desde su sobrio despacho -apenas un escritorio, dos sofás y un desvencijado mueble con un televisor encendido pero sin volumen-  del hospital Al Dakkak, en el barrio de Al Sha'ar. 

"La explicación es simple: Al-Assad quiere muerta a toda la gente que está en su contra. Así que también a todos aquellos que atendemos a esa gente", argumenta mientras deja a un lado media rebanada de pan árabe con la que hasta hace un momento daba buena cuenta de varias presas de pollo asado servidas en un recipiente de papel metálico. 

El pelo castaño claro, los ojos azules y unos pómulos pronunciados y levemente sonrojados le confieren un aire de chico de buena familia. Educado y algo desabrido en el trato. Viste un mono de quirófano -pantalón y blusa livianos- celeste, del mismo tono que sus zuecos de goma. El izquierdo, con un par de manchas de yodo en la puntera. En las muñecas luce sendas pulseras cuyo idéntico trenzado conforma la bandera de la “nueva Siria libre”. Extiende su mano izquierda y alcanza un paquete de Gauloises Blondes, cajetilla roja. Enciende un cigarro y expulsa una bocanada rápida. "Hasta hace dos meses trabajaba en Arabia Saudí. Un buen puesto, una vida tranquila. Pero decidí regresar a Alepo. Son jornadas larguísimas y no se cobra nada. Aunque eso no importa, pues no hay cirujanos en Alepo. De hecho, tampoco quedan ya doctores", apunta sin drama, del mismo modo que si estuviera cansado de repetirlo o de pensar en ello una y otra vez.

Sin fármacos ni instrumentos

Las siete plantas del hospital Al Dakkak disponen de un brillante suelo de mármol que contrasta con la pintura beige, plástica y barata de las paredes. Las habitaciones son austeras y limpias, sin muebles más que unas camas plegables de metal sobre las que descansan mantas de lana de burdo urdimbre. El quirófano es desolador: el piso mojado, una bombona oxidada y enorme de oxígeno y una endeble camilla que descansa bajo una vieja lámpara de focos como si se tratase de un paciente escuálido a la espera de la operación. También hay ceniceros manchados de ceniza. Nada extraño en un país en el que el 57% de los hospitales públicos han sido dañados por la artillería y los bombardeos y el 36% ha dejado de funcionar.   

En el penúltimo piso permanecen olvidados, inservibles y cubiertos de polvo varios monitores de ordenador, un camastro, reguladores de oxígeno, pequeños tubos de muestras y un desfibrilador. Una nevera doméstica contiene unas pocas cajas de materiales esterilizados, gasas y vendas, y un par de frascos de medicamentos. "No tenemos fármacos suficientes", asegura el doctor Abdulqader. "Recibimos medicinas que envían ONG internacionales, pero claro, el suministro depende de la situación en la frontera, si hay enfrentamientos o no cerca de la ruta de transporte…" 

"Debemos adaptarnos a lo que tenemos. Si nos falta un antibiótico determinado para una operación, optamos por otro que se le asemeje, aunque no resulte tan eficaz. O, por ejemplo, para realizar una traqueostomía requerimos de una cánula especial para la garganta que ahora no tenemos. Así que empleamos el tubo para suministrar el suero", explica. 

Operar bajo el fuego

El médico se toma unos minutos más y alarga su hora del almuerzo. Enciende su segundo pitillo de la mañana; pero esta vez en la entrada del hospital, donde se encuentra el consultorio de urgencias. Allí los pacientes esperan en fila india a ser atendidos. El día está nublado y empiezan a caer gotas de lluvia. Abdulqader mira al cielo y asiente satisfecho. Las tropas del régimen sólo bombardean cuando está despejado. Las nubes y la lluvia dificultan las maniobras de los cazas. "Es cuando peor lo pasamos, en los bombardeos. 

Solo hay electricidad unas horas al día, así que mantenemos la energía con los generadores. Nuestro mayor temor es que dejen de funcionar o se nos acabe la gasolina", cuenta. "En esos momentos sientes miedo, te frustras, te cabreas… pero hay que seguir trabajando también bajo las bombas".

Un vehículo todo terreno se detiene frente al hospital. Se apean varios integrantes de una katiba (batallón del ELS). Un hombre de mediana edad, de oscura, larga y poblada barba, vestido de uniforme militar y con un fusil AK-47 colgado entra en el consultorio. Le siguen dos jóvenes. Uno de ellos, de idéntica barba, porta colgadas granadas de fabricación rusa en su chaleco de guerra. El otro, más joven y barbilampiño, sostiene un explosivo casero en las manos. Ambos visten ropas de camuflaje con mucho verde y mucho marrón para una ciudad gris y polvorienta. 

El cirujano continúa. Habla de hombres que han perdido media cabeza, de otros que perdieron el torso. Y de aquel que llegó a su consulta con una herida tal que "era posible mirar a través de su brazo". Éste, como muchos otros, fue derivado a Turquía. Un trayecto de algo más de una hora en coche desde Alepo. "Quizá allí pudo salvar su brazo", presume. "Cuando vi esa herida no supe que hacer. Llegas aquí y te crees que eres fuerte. Te dices: 'soy médico, debo aguantar'; pero hay días en los que sólo tienes ganas de llorar".

El doctor debe volver a sus pacientes y la pregunta que se ha resistido durante toda la mañana finalmente asoma a la conversación. "¿Qué opinión tengo de que Bashar Al-Assad sea también médico?". Endurece el rostro, esboza luego una sonrisa resignada y asiente con hastío. "Es una ironía. Él es oftalmólogo. Es una gran especialidad en medicina. La verdad, no sé qué decirle. He llegado a pensar que es imposible que ese hombre sea médico…" Se detiene a pensar y mira sin mirar al fondo de la calle. "Es duro decir esto, pero es que ni si quiera debe ser humano. Cualquier otra persona en su posición al ver lo que está sucediendo en Siria se desmoronaría". 

Cristales rotos y francotiradores

Salaheddine es un mar de cristales rotos. Un laberinto de edificios bombardeados cuyos tabiques se desprenden y caen a los lados en devastados escorzos. Hay bocacalles con grandes telares de un lado a otro para tapar la visión de los francotiradores apostados en el lado del régimen. Una de esas telas cuelga sobre un viejo y tiroteado autobús urbano atravesado en la calzada, como si del escenario de un macabro teatro se tratase. 

Salvo los milicianos, ya no queda nadie en las viviendas cercanas a la línea del frente. La mayoría ha huido. Muchos forman parte de los más de 2.411.000 refugiados que malviven ahora en campos de acogida en Turquía, Líbano y Jordania, o en el norte de África. 

Muebles astillados, sillones polvorientos y ropas abandonadas conviven con casquillos de bala, pedruscos y polvo en el interior de los edificios. Una extraña composición fotográfica iluminada por los haces de luz que se cuelan a través de los boquetes abiertos para disparar a los soldados de Al-Assad. Más allá de estos edificios: el otro Alepo, con sus edificios altos y sin bombardear y una enorme bandera Siria impasible que ondea en un robusto mástil. 

Yahia Had Kassem conoce bien las dos partes. Es un joven delgado y de piel pálida. Con su fino bigotillo a ras del labio superior y su cabello revuelto en pequeños rizos y con raya de medio lado ofrece, a pesar de sus 22 años, un aspecto de galán de cine en blanco y negro. Es uno de los voluntarios del centro de distribución de alimentos del barrio de Fardous y observando sus finas manos trajinar con los paquetes nadie diría que ocho meses atrás desertaba, en plena noche y con un fusil al hombro, del ejército para unirse a los rebeldes. "En realidad, estuve solo dos meses con el ELS. No es lo mío. Ni siquiera fui al frente. Y nunca disparé ni un tiro", explica atropelladamente, sonriendo en cada pausa. Locuaz y amable.

"¿Por qué escapé? Porque estaba cansado de ver como lanzaban morteros sobre civiles. Y de como sin motivo los detienen, los golpean y los encarcelan desnudos", confiesa. Tuerce el gesto y niega con la cabeza. "Había una superior muy cruel: Malek El Ali. Un tipo muy fuerte. Solía ir a los mercados y al primero que pasase lo llevaba a empujones hasta el medio de la calle, lo acusaba a gritos de estar a favor de los rebeldes y le daba una paliza. Luego proseguía su camino mientras el otro se quedaba allí arrastrándose. Solo para intimidar, para que a nadie se le ocurriera mostrar su oposición al régimen".

Familias hambrientas

Hoy es día de entrega de alimentos en el centro. Los 12 voluntarios a cargo de esta iniciativa van de un lado para otro del almacén, una antigua carpintería propiedad de uno de ellos donde aún puede verse restos de serrín y tablones apilados en un rincón. El Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas y el Comité Internacional del a Cruz Roja (CICR), proveen los víveres. "Las cajas contienen lo necesario para una prole durante un mes. Aunque nosotros repartimos en bolsas para alcanzar tres", explica el Kassem.

De los más de 2,5 millones de personas que pasan hambre en Siria, según datos del CICR, 26.000 familias, con una media de cinco miembros, se encuentran en el barrio de Fardos. "Al repartir el contenido de las cajas en tres partes, cada familia sólo tiene suficiente para una semana", reconoce mientras anuda una de las bolsas. En ella hay pequeños sacos llenos de lentejas, arroz, garbanzos, sorgo, harina, pasta, habas y azúcar, y un frasco con algo de aceite. “No es suficiente”, asume.

Fuera del edificio una cola de mujeres vestidas de riguroso negro espera a que empiece el reparto. Ha llovido y las faldas de sus largos vestidos se han manchado de barro. Algunas han acudido con sus hijos, otras cargan bolsas de verduras y las hay que tan sólo llevan el boleto para conseguir la comida.

La mayoría cubre su rostro por un niqab. Una de ellas se acerca gesticulando. "Necesitamos de todo", dice en precario inglés, apenas inteligible debido a que su boca queda tapada por el velo. La mujer se percata y lo retira. Debe tener unos treinta años, aunque aparenta una decena más a causa de los surcos en los ojos y sus dientes manchados.

"No hay pan, no hay agua, no hay electricidad. Tenemos que encender las lámparas con queroseno y eso es peligrosos para nuestro hijos". El enfado es notorio. "Tenemos frío", añade con ímpetu. Echa un vistazo a su derecha y ve a su pequeño alejarse, lo toma del brazo con fuerza y continúa. "Mi marido no trabaja desde hace meses, no hay dinero para carne y en el mercado ya no nos fían la verdura".

Parece inquieta, pues no deja de mirar a uno y otro lado de la calle. La mano de una de las mujeres que la rodea le toca el hombro, ésta le susurra algo en árabe y la joven se cubre de nuevo con el velo al tiempo que le da la espalda a un miliciano que se acerca sigiloso a curiosear. La mujer permanece ahora callada, pero con disimulo le quita la libreta de las manos a este reportero y al cabo se la devuelve con unas líneas en árabe: "Estábamos mejor antes de la guerra. Ahora tenemos hambre. Queremos a Bashar porque él es bueno".

Salvar la educación y recuperar a los menores

Los murales que pintan los niños de la escuela Ahmad Takee Aldeen de Alepo no se asemejan a ningún otro. En ellos aparecen generadores de energía y bidones de gasolina para solventar los cortes de electricidad, aviones y bombas. Tampoco todos los afiches que cuelgan de las paredes son parecidos a los acostumbrados. Entre las imágenes de plantas, animales y órganos del cuerpo humano se mezclan dibujos de pequeños en silla de ruedas o con miembros amputados que conviven normalmente con otros críos mientras juegan en un parque o leen en una biblioteca. 

Y es que la escuela de Ahmad Takee Aldeen no parece una escuela porque sencillamente no lo es. Es en realidad un edificio de viviendas a medio construir. Abandonado por los obreros cuando la guerra alcanzó la ciudad, acoge ahora a un centenar de alumnos de entre cinco y 12 años que reciben sus lecciones en las diferentes estancias de las viviendas que se proyectaron en el inmueble.   

"Hace algo más de un mes que empezamos las clases en este edificio", explica Nor Alhak, profesora del centro. "Muchas familias están regresando a Alepo y la mayoría de escuelas están dañadas o bombardeadas". La cifra asciende a más de 2.000 si se tienen en cuenta las estadísticas que maneja Save the children. "Las obras aquí nunca se acabaron", prosigue. "Así que somos nosotros quienes estamos instalando el agua y la luz, y fijando puertas y ventanas", se excusa con apuro al señalar un par de cables, rojo y azul, que salen enroscados de un hueco en la pared. 

"Recibimos fondos de donantes particulares, organizaciones sociales y del ELS. También echamos mano de muebles y libros que se han salvado de las escuelas que han sido destrozadas. Aunque siempre faltan materiales", dice la mujer mientras abre la puerta de una de las aulas. Una veintena de niños escuchan con atención a la maestra enfundados en sus abrigos y bufandas. El viento sopla esta mañana y ha despegado el plástico que cubre el hueco de una de las ventanas de la clase. 

Nor Alhak tiene treinta años, es delgada y solventa su frágil apariencia con la mirada intensa de unos ojos grandes y marrones. Su rostro está enmarcado en un prolijo velo negro. Oscuro también es su bolso de piel y su abrigo de lana, largo hasta los tobillos, del que asoman dos zapatillas juveniles de tela y suela gruesa de plástico. "Cuando se iniciaron los enfrentamientos el régimen cerró la escuela donde yo trabajaba y me uní a las protestas", explica tímida. "Las cosas se complicaron y al final terminé con la policía tras de mí. Estuve un tiempo cambiando de casa cada pocos días para que no me arrestaran. Así, hasta que el ELS tomó esta parte de la ciudad". 

Secuelas psicológicas

El zumbido de dos aviones militares interrumpe las clases. Aunque nadie acierta a verlos en el cielo, el ruido parece hacerse más sordo e intenso. Varios niños se meten bajo un pupitre de madera y hierro y se quedan allí muy quietos hasta que el silbido desaparece poco a poco. "Bombardean a menudo y ellos se asustan mucho. Tratamos de entretenerlos, de que piensen en otra cosa. Ponemos canciones, cantamos; pero cuesta tranquilizarlos", reconoce la profesora antes de sobresaltarse por un segundo tras el ruido de un disparo de mortero realizado desde una posición rebelde cercana.

La agencia de Naciones Unidas para la infancia, Unicef, afirma que el 56% de los menores no acude a la escuela en Siria.

Tras estos episodios es frecuente que acudan algunos padres a recoger a sus hijos. Lo peor es que la mayoría ya no los traen de vuelta. El miedo y la inseguridad lastran la normalidad hasta tal punto que la agencia de Naciones Unidas para la infancia, Unicef, afirma que el 56% de los menores no acude a la escuela en Siria. "Los que continúan muestran déficit de atención y pérdida de memoria. Así que a las cuatro horas y media que tienen al día, muchos añaden un par para las lecciones de refuerzo", explica la docente. A diferencia de las otras dos escuelas, en esta los alumnos están mezclados, niñas y niños, en las clases. "Pues claro, ¿de qué otro modo iba a ser?", espeta Alhak. "Aunque por otro lado, le aseguro son más niñas las que acuden a clase que los niños", concluye. 

Uno de los profesores, un chico joven y vestido con esmero a pesar de la ropa raída, descuelga un mural de la pared y lo muestra con media sonrisa, algo desconcertado. En la esquina inferior izquierda un alumno ha dibujado el torso de un hombre alto y flaco, con el pelo corto al estilo militar y bigote. Su rostro está cruzado por una gran equis roja y junto a su nombre, Bashar Al-Assad, aparece la palabra "asesino". "Es complicado", señala Alhak resignada. "No es fácil manejar todo esto. Aunque, ¿qué se puede hacer? Mi país no es un hotel que abandonar en los malos tiempos."

Las consecuencias menos visibles del conflicto

Abdullah Hassan se descalza lentamente, retira parte del calcetín y señala la cicatriz de su talón. "Una bala", apunta serio. "Me dispararon los soldados mientras limpiábamos las calles de Ard Al-Hamra. Una zona en disputa", agrega mientras se calza de nuevo. 

Hassan, de 40 años, es el responsable de la recogida de basuras en una decena de distritos de Alepo. En algunos de ellos se ubican barrios atravesados por la línea del frente. "Como este en el que estamos, Salaheddine ", indica mirando hacia el exterior de su pequeña oficina. "Hace tiempo, en esta misma calle, un francotirador nos disparó a un compañero y a mí. Logramos escapar; aunque aquí también tengo otra cicatriz", y señala la parte interior de su bíceps izquierdo. 

Es un hombre alto, robusto y de maneras suaves. Habla saboreando las palabras tanto o más que los cigarrillos Alhamraa -producción nacional y más largos de lo usual- que desgrana uno tras otro de su paquete. "Es un trabajo peligroso; pero yo soy de un pueblo muy pequeño ¿sabe? y tal vez por eso, muy cabezota. Así que aquí continúo, haciendo lo que debo". Es un hombre tranquilo.

Su testarudez lo llevó a los calabozos del ELS. Cuando éste tomó parte de Alepo y los funcionarios del régimen huyeron, él permaneció y se apropió de los camiones, la excavadora y el resto de máquinas para continuar trabajando. "Por eso a algunos mandos del ELS les pareció que yo seguía en contacto con el gobierno y me encarcelaron", explica tras tomar un sorbo de café turco que acaban de traer en diminutos vasos de cristal sobre una bandeja de plástico. "Al final, todo se aclaró, me liberaron y, tras solicitarlo al ELS, pude recuperar los camiones y poner en marcha la recogida de basuras otra vez", añade.

Hassan conserva la paga mensual de funcionario. Con lo cual, una vez al mes cruza la línea del frente, exponiéndose a los controles militares y a los francotiradores, para recibir su salario en las instancias gubernamentales. "Es un riesgo, si se enteraran de que la recogida se hace ahora bajo supervisión del ELS, ya no regresaría jamás del otro lado. Pero es que es el único dinero que tengo para vivir". 

Las calles de Alepo están infectadas por cúmulos de basura que llevan ahí demasiado tiempo. "Por eso es tan necesaria nuestra labor", dice Hassan. Su equipo está formado por 20 trabajadores. "No somos demasiados, por eso vamos barrio a barrio, día a día. Sería imposible hacerlo de otro modo", sonríe mientras acaricia su barba minuciosamente recortada en la que a la altura de la perilla asoman ya algunas canas. "La clave está en que los vecinos dejen las basuras en la vía principal cada 15 días y no en calles estrechas por las que no pueden circular los camiones", indica.

Leishmaniasis, virus e infecciones 

La cuchara de la excavadora recoge los deshechos del vecindario y los deja caer en el remolque de un viejo camión Mercedes. Sin la mugre que cubre parte de su chasis cromado, el vehículo sería una hermosa antigualla más propia del garaje de un coleccionista que de las calles de una ciudad en guerra. Detrás un séquito de hombres barbados, enjutos y callados recogen con palas los desperdicios que quedan fuera del alcance de las dos máquinas.

"Necesitamos más gente", dice Abdullah Hassan mirando a su equipo a través de la ventana. "Y camiones más pequeños que puedan meterse en todas las calles. Más rápidos y que gasten menos gasolina, así saldrían al menos cada semana. También máquinas para limpiar las alcantarillas, pues es más peligroso el agua estancada que las basuras. Y si no, espere a ver a que llegue el calor", advierte. 

La Organización Mundial de la Salud ha alertado en varias ocasiones desde el inicio del conflicto de los casos de Leishmaniasis derivados en gran parte de la acumulación de basuras, siendo Alepo una de las ciudades más afectadas. Fuentes médicas de la ciudad siria coinciden en señalar que el calor provocará, si la situación no varía, enfermedades y virus que "hace décadas no se daban" y para los que, en cualquier caso, existían vacunas y medicamentos. Pero ahora esos fármacos han desaparecido entre los escombros de muchos de los hospitales bombardeados.  

Labores de rescate tras los bombardeos

Meses atrás un misil Scud de fabricación rusa impactó en el barrio de Alensary donde Hassan y su equipo estaban trabajando. "Sentí un golpetazo en la espalda y volé varios metros. Pero me levanté, al igual que todos mis compañeros, aunque ya no para seguir recogiendo basuras; sino los cadáveres que quedaron bajo los escombros. Estuvimos 72 horas seguidas removiendo piedras y cascotes con la excavadora. Sacamos 38 cuerpos". 

Calla durante unos segundos, emite un chasquido y da una calada más al pitillo que sostiene entre el pulgar y el índice de su mano izquierda. "El ejército dispara contra civiles. Ni siquiera tiene objetivos determinados en el ELS. Pero, ¿sabe? a mi ya no me dan miedo, no. Llegados a este punto ya no le temo a nada…. A nada, salvo a Dios". Lejos de cualquier presunción, el todo es fatigado, resignado. Abdullah Hassan es también un hombre cansado. 

Es algo común que tras un primer misil llegue un segundo. "Así logras que mueran más personas, las que han acudido a ayudar, y también que los daños sean mayores, claro", explica. "Por eso es necesario que además contemos con equipos de protección social bien entrenados, para cuando ocurra algo como lo que pasó en Alensary. Nosotros allí no sabíamos cómo sacar a la gente de los escombros, si las piedras que movíamos iban a provocar la caída de otras o derrumbes de muros… ¡No sabíamos qué hacer!". 

Interrumpe su discurso, mira fijamente y su respiración se acelera. "Vi arder a ocho personas delante mío y no supe qué hacer". Su voz se quiebra, aprieta los labios y abre mucho los ojos. "Quizá si hubiéramos tenido entrenamiento, maquinaria… Otras herramientas para trabajar mejor y más deprisa hubieran sido menos los muertos, quizá sólo diez. Solamente diez".