Nefel que acaba de ser madre y no tiene leche con que alimentar a su bebé, Hamda postrada en su cama porque una bala paralizó sus piernas y Abu quien pide armas para derrotar a Bashar, son algunas de las historias de los 127.000 refugiados que viven en el desértico campo de la frontera entre Jordania y Siria.

Por Ivan M. García. Fotografías de Pablo Tosco

La mujer, madura y atractiva, luce un collar de perlas del mismo tono que su camisa. Habla -discute, en realidad- con alguien fuera de plano en lo que se adivina como una casona de los barrios pudientes de Amán. La telenovela discurre sin volumen en un viejo televisor colocado sobre un sobrio mueble doméstico que, junto a dos ventiladores y varios colchones, suponen casi todo el mobiliario del contenedor metálico donde viven Nefel Nasser, de 30 años, su marido Abu y su pequeña recién nacida, Islam, de apenas un mes, refugiados sirios en el campo de Za’atari, en Jordania.

“Casi tengo el parto en la calle. El Hospital Francés estaba cerrado así que tuvimos que ir hasta el de Médicos Sin Fronteras (MSF). Una hora y media caminando porque no vino la ambulancia… ¡Y con contracciones!”, cuenta Nefel sentada con las piernas cruzadas sobre uno de los jergones. “A veces, llamas a la ambulancia y nunca llega”, añade y sonríe después, resignada, al mirar a su bebé que sostiene en brazos.

La guerra en Siria ha provocado seis millones y medio de exiliados y más de 125.000 muertos.

Los vehículos sanitarios en el asentamiento se cuentan con los dedos de una mano y a duras penas resuelven las necesidades de Za’atari, donde residen 127.000 sirios de los más de 589.000 que hay en Jordania, según cifras oficiales. El campo tiene una magnitud tal que podría considerarse la cuarta mayor ciudad del país. En total, la guerra en Siria ha provocado casi dos millones y medio de exiliados al reino hachemí, Líbano, Turquía, Irak y Egipto, cuatro millones de desplazados y más de 125.000 muertos.

Nefel es afortunada. Ella y su familia viven en un contenedor metálico con aislamiento para el intenso calor del desierto jordano y ventanas con barrotes protectores; y no en una de las carpas de lona que también distribuye el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur). En uno de los extremos de la caravana –como se empeñan en llamarlos desde la agencia humanitaria- la familia Nasser ha ubicado la cocina. Una pequeña bombona de gas donde hierve una olla con café turco, una sartén con sobras del almuerzo y un par de garrafas plásticas para almacenar agua, todo ello medio oculto tras una manta gris de lana que cuelga del techo.

“En el Hospital Francés me han dado ropa para el bebé; pero leche no, que es lo que necesito para alimentarlo. Tampoco encuentro aquí las medicinas para mis problemas de corazón. Solo las hay fuera, en Amán, pero es imposible salir sin permiso. Y para que te lo den necesitas que algún jordano se haga responsable de ti”, lamenta la mujer. A sus pies hay un Corán y junto a este una cunita de tela rosada. La telenovela ha acabado y el televisor permanece con la pantalla oscura. Sólo destacan las letras brillantes de su marca: National Dream.

Fuera, una bocanada de viento se cuela fugaz entre las tiendas del asentamiento. No dura demasiado pero alcanza a revolver los bajos del vestido negro –largo hasta los tobillos- de una mujer que camina con su hijo. Va tocada con un velo, también calza zapatos brillantes de largo tacón con los que sortea los huecos y pedruscos del polvoriento suelo de Za’atari. Más allá tres niñas con el pelo enmarañado, blusones coloridos y chanclas de goma chapotean en un surtidor de agua. Son las cuatro y media de la tarde y se escucha el llamado al rezo desde una de las improvisadas mezquitas del campo.

La voz del muecín se ha deslizado hasta el contendor de Hamda Saleem, de 49 años, y su esposo. Ella permanece tumbada en la cama. Hace meses quedó atrapada en un fuego cruzado en su ciudad, Dera’a. Recibió tres balazos, dos de ellos en el pecho –una de las balas sigue alojada ahí- y otro en la espalda. Fue tras extraerle este proyectil cuando sus piernas se paralizaron para siempre. En uno de los rincones del container su silla de ruedas acumula polvo porque es infinitamente difícil hacerla rodar sobre la tierra repleta de socavones del campo.

La mujer también perdió un riñón debido al tiroteo. “Por eso necesito llevar conmigo siempre repuestos de estas bolsas de plástico. Para expulsar líquidos”, asevera mientras señala la que se deja entrever bajo las sábanas. “Pero no las encuentro en ninguno de los hospitales del campo y es difícil conseguir el permiso para ir a Amán”. Hamda no dice cuánto tiempo lleva con la misma bolsa pegada a su torso.

La falta de medicinas o que las que haya sean genéricas, la saturación de los hospitales y la lentitud en la atención a los pacientes que forman colas interminables, son los reclamos más frecuentes entre los refugiados.

Los sirios contaban en su país con un sistema sanitario gratuito y medianamente eficaz. Este hecho se traduce en una queja casi constante sobre las carencias de los servicios médicos en Za’atari. La falta de medicinas o que las que haya sean genéricas, la saturación de los hospitales y la lentitud en la atención a los pacientes que forman colas interminables, son los reclamos más frecuentes entre los refugiados. “Entiendo que así sea, pero hay matices”, señala el doctor Jalal del Hospital Militar de Marruecos. El centro atiende entre 500 y 600 pacientes diarios y cuenta con quirófano, sala de maternidad, laboratorio de muestras y el único dentista del campo. “Muchas veces vienen con infecciones y fiebre, y lo único que necesitan es que les baje la temperatura. 

Independientemente de dónde y cómo sea esa infección. Por ello en ocasiones se quejan de que damos el mismo tipo de medicamentos para diferentes casos. Por otro lado, la lentitud se debe a que no tenemos unificados los historiales, y si un paciente ha acudido a este hospital primero y luego a otro, encontrar el expediente enlentece el proceso”, reconoce.

El alcalde, los clanes y el mercado

Kilian Kleinschmidt es un alemán alto, grueso y de modales tan educados como tajantes. Es el coordinador del Acnur y máxima autoridad de Naciones Unidas en el campo. Ofrece un veredicto un tanto simplista de la labor humanitaria en el asentamiento: “Nosotros decimos que las cosas están bien, ellos dicen que no. Pero no podemos hacer más”. Kleinschmidt, que buena parte de las noches las pasa en su oficina del asentamiento, se autodenomina como el alcalde de Za’atari.

Un mapa del campo permanece extendido en la mesa de su despacho. Sobre éste, el teutón ha dispuesto muñecos de goma de Barrio Sésamo, soldaditos de plástico y coches de juguete. Representan los poderes de Za’atari: ONG, policía jordana, personal de Naciones Unidas, comerciantes y los líderes de las diferentes áreas y calles del asentamiento.

“Casi todos vienen de Dera’a. Es una zona de clanes familiares que han comercializado y traficado en esta frontera durante años. Ahora están repitiendo los mismo modelos aquí dentro. Hay tensiones entre ellos, disputas por zonas y, como siempre han hecho, han implementado sistemas para hacer dinero. Hay más de 3.000 comercios en Za’atari. Esto es mucho más complejo de lo que parece”, revela. “Pero es normal, se han dado cuenta de que el conflicto se va a prolongar durante tiempo y están empezando a hacer su vida. En realidad esto es como una ciudad. Y le puedo decir que nunca en toda mi carrera había visto construir una ciudad de manera tan rápida en este tipo de contextos”.

A pesar de que organizaciones no gubernamentales como Oxfam proveen de agua potable al, así como de aseos, letrinas e instalaciones eléctricas; y entidades como el Programa Mundial de Alimentos (PMA) distribuyen cada tres semanas productos básicos, aún queda mucho por hacer para que las condiciones de vida de la población de Za’atari sean del todo dignas.

Los comercios de los que habla el responsable de Naciones Unidas se encuentran en la avenida más larga del campo. La conocida como Champs Élysées. Las paradas, levantadas con tablones, uralita y lonas en su mayoría, se solapan a lo largo de la calle. Algunas son simples y venden productos básicos como bolsitas de té, especias y garrafas de agua. Otras disponen de neveras con bebidas gaseosas, máquinas para asar pollos y expendedores de granizados. Hay heladerías con helados de crema y polos de hielo marca Ice Queen

Establecimientos especializados en tarjetas y accesorios para celulares, otros en tabaco y pipas de fumar –narguiles-, y contendores que han devenido en tiendas de ropa previa instalación de barras metálicas a modo de percheros. Hay hasta perfumerías con aromas caseros en frasquitos sin etiquetar. Carnicerías, zapaterías y ferreterías donde encontrar desde tornillos hasta neveras y televisores con grandes pantallas cubiertas de polvo.

A pesar de que organizaciones no gubernamentales como Oxfam proveen de agua potable al campo -30 litros por persona y día-, así como de aseos, letrinas e instalaciones eléctricas; y entidades como el Programa Mundial de Alimentos (PMA) distribuyen cada tres semanas productos básicos, aún queda mucho por hacer para que las condiciones de vida de la población de Za’atari sean del todo dignas.

Ziyad abrió su tienda hace cinco meses. Al fondo de la caseta tiene apiladas una decena de cajas de cartón con el emblema del PMA y la advertencia not for sale. “Compro la comida que la gente no quiere. Nos dan siempre lo mismo: arroz, lentejas y bulgur. Éste, por ejemplo, no lo comemos. Nunca ha formado parte de nuestra dieta. Así que me lo venden. Y con el dinero, ellos compran a su vez verduras, frutas y leche, cosas que aquí no se reparten o que llegan caducadas”, explica.

Además de la reventa de los alimentos distribuidos por Naciones Unidas, Ziyab vende botellas de agua mineral rellenas de aceite para cocinar, halawa –un tipo de dulce turco-, arroz, chóped y atún enlatado procedente de Tailandia. “El atún es de lo que más compran, también yogurt y la leche”, apunta.

Unos metros más adelante, Mohamed ha levantado sobre cajas de plástico y porexpan una rudimentaria verdulería: calabacines, berenjenas –algo pochas-, pimientos, entre otras hortalizas. “El negocio va más o menos”, señala acompañándose de un gesto característico con la mano. “Compramos los productos en Amán, pero a veces los guardias no nos los dejan entrar o debemos pagarles un impuesto. Un impuesto no oficial, ya sabe”, remarca cómplice. El comerciante habla de lo que más vende -tomates y pepino- cuando una señora le interrumpe blandiendo una vaina de ocra en la mano. “En Siria era más grande y sabrosa”, reclama. El tendero tuerce el gesto, suspira y continúa cantando las ofertas del día a viva voz.

Cruzar de vuelta la frontera

Un gran grupo de personas espera junto a la carretera que circula junto a Za’atari. Llevan consigo bolsas llenas de ropa, paquetes y cajas de cartón cerradas con cinta adhesiva. Algunas están sentadas en corro, hablando de cualquier cosa. Otras permanecen de pie mirando de vez en cuando al suelo, algunos dan pasos cortos sin rumbo alguno, nerviosos. Y hay quien apura un cigarrillo con prisas. Por si llegasen los desvencijados autobuses del gobierno jordano que cruzan la frontera dos veces al día con 300 refugiados de regreso a Siria.

La ausencia de oportunidades laborales –más allá de optar por una parada en los Campos Elíseos o conseguir un trabajo en alguna de las ONG que operan en Za’atari- es otro de los mayores problemas que deben enfrentar día a día los refugiados.

“Mi hijo me dice que la situación está cada vez peor en Jassem, que no puede asegurarme que si regreso pueda mantenerme con vida. Pero ya estoy cansada, aquí ya no hay nada, ya no puedo trabajar. Si esto no cambia, regresaré”, asegura Dalal, una mujer divorciada de 43 años que llegó hace unos meses al campo. “Los guardias sabían que estaba sola y necesitaba trabajar, así que me dejaban salir a escondidas cada mañana a un cultivo cercano”, cuenta. Salía antes de las siete de la mañana y regresaba pasadas las dos de la tarde. “Pero la última vez uno de los jornaleros intentó violarme”, confiesa con los ojos enrojecidos. “Logré quitármelo de encima y empecé a tirarle piedras hasta que se me salió corriendo. No pasó de ahí, pero claro, ya no puedo seguir yendo y aquí dentro no hay trabajo”, sentencia mientras enciende su enésimo pitillo.

La ausencia de oportunidades laborales –más allá de optar por una parada en los Campos Elíseos o conseguir un trabajo en alguna de las ONG que operan en Za’atari- es otro de los mayores problemas que deben enfrentar día a día los refugiados. “Hay muchísimos jóvenes que no tienen nada que hacer. Ni siquiera hay labores de voluntariado. Sin trabajo aumenta la tensión, la frustración y, como no, las peleas. Empiezan a surgir bandas y con ellas los problemas. Esto no es del todo seguro”, cuenta el líder comunal de la calle 4, Abu Mutas, quién tampoco alberga demasiadas esperanzas sobre le futuro de su país.

Su sobrino milita en el Ejército Libre Sirio (ELS), por ello sabe bien que el conflicto está enquistado y la sombra del ataque de una coalición internacional se cierne sobre Damasco. “No quiero tropas extranjeras en mi país”, dice. “Además no es necesario”, añade en lo que podía considerarse la opinión de un gran número de refugiados. “Debería armarse al ELS e instaurar una zona de exclusión aérea. De ese modo, Bashar caería en 24 horas”, afirma confiado.

La otra cara de la moneda la pone Leka’a, una hermosa joven de ojos negros, recién licenciada en literatura inglesa. “Debemos pensar que lo mejor es un acuerdo entre Rusia y EEUU, una solución diplomática al conflicto. Sé que deberían haberse entendido hace tiempo; pero no debemos perder la esperanza. Necesitamos que Siria esté en paz de una vez porque aquí no hay vida. Vivir aquí es como correr en el mismo sitio. Te levantas, desayunas, comes y cenas. Te levantas, desayunas, comes y cenas… No hay nada más".