Desde hace poco más de un año la autora de esta historia emprendió la tarea de escribir una serie de crónicas sobre sus viajes por La Habana, Perú y Venezuela, desde el punto de vista de una mujer treintañera que busca encontrar el amor. Todas las experiencias que acumuló han quedado plasmadas en un proyecto editorial que espera publicar muy pronto bajo el nombre de "Una mujer suelta y sin vacuna", y que usted podrá leer mensualmente en Revista Sole.

Iniciando el reinado. Parte I

Hastío, así estaba mi vida a inicios de 2012, por lo que tenía que actuar rápido. Pensé miles de formas para salir del letargo hasta que viajando por la nube visualicé un aviso de Venetur y su opción para conocer La Habana, Cuba. ¿Y por qué no? Por qué no sumergirme en esa isla donde por lógica deben considerar a los venezolanos unos reyes que hemos colaborado mínimamente con proporcionarles una mejor calidad de vida.

Aprovechando mi paseo por el ciberespacio, entré a las agencias de turismo que operan en ese país y con los 400 dólares que te deja usar anualmente el gobierno desde Internet reservé dos hoteles: uno en la capital y otro en Varadero, y con Bs 1.800 compré los pasajes por Conviasa, no solo por lo barato, sino para ser recibida como una reina; y qué mejor forma de hacerlo que por la aerolínea oficial que conecta los dos mundos.

Los pasajes y las reservas de hotel estaban confirmados desde Caracas, pero se me había olvidado pasearme por la página de la embajada cubana, en la cual me pedían visa de turista. Así que para ahorrar tiempo me fui corriendo a Chuao, un municipio del este capitalino donde me esperaba una quinta pequeña, solitaria, con una mulata que recibe a la gente con una gran sonrisa mientras se encarga de revisar los papeles de los visitantes para luego decirles cómo se obtiene el visado.

Mientras esperaba mi turno, escuché el noticiero que transmitía en uno de los televisores Led de 32 pulgadas instalados en aquel lugar, donde hablaban de los próximos conciertos, las obras de teatro, las funciones de ballet, de circo y otras actividades que pronto se realizarían en La Habana, incluyendo estrenos de películas norteamericanas, lo cual me pareció insólito. Hasta tuve que preguntar si ese era un canal cubano. “¡Claro, mi linda!”, me recalcó la mulata. ¡Dios mío!, ¿pero en qué mundo me estaba metiendo?, pensé inmediatamente.

Todavía no me llamaban porque estaban resolviendo los visados de cinco venezolanos que viajarían a la isla para estudiar artes. Para drenar un poco el susto que me generó la televisión, tomé una revista cubana con la idea, tal vez romántica, de que hablaría de la pobreza, las jineteras, la falta de papel higiénico y otros asuntos de ese país… Pero para mi desgracia lo que se relataba era cómo los médicos norteamericanos pedían a gritos estudiar en la escuela de Medicina de La Habana, a fin de analizar exhaustivamente enfermedades tropicales como el dengue. Además de testimonios de cuatro gringos que aseguraban que allá la medicina era una de las mejores del continente (imaginé que no habían visto nuestros famosos Barrio Adentro).

Siguiendo las páginas me paralicé cuando vi las fotos de conferencias al mejor estilo de las que realiza Pfizer de Venezuela en el Eurobuilding, pero el tema no era sobre patologías, sino sobre la economía en el Mar Caribe, donde los cubanos les explicaban a los empresarios de distintos países por qué debían invertir en la isla, evento que finalizaba con una exposición de rones y habanos de distintas partes el mundo. ¡Sí!, del mundo, con todo lo high tech que puede significar eso. Me preguntaba entonces: ¿dónde carajo está lo macabro del asunto?, ¿dónde están los niños pobres?, ¿la delincuencia desbordada?, ¿dónde está lo miserable de la isla? Con los nervios de punta, me dijeron que pasara por la taquilla para pagar la visa, la cual podría usar por seis meses.

En mis manos estaba todo lo necesario para entrar a Cuba. En el Aeropuerto Internacional de Maiquetía solo me acompañaba una maleta pequeña llena de trajes de baño. Al final, para mi plan, eso sería lo necesario. Mientras esperaba el vuelo, solo veía en la sala número cinco a un santero que iba a hacer un trabajo en un pueblito de Cuba, y a un médico cubano que estaba prestando servicio en La Vega, un sector popular ubicado al oeste de Caracas.

Quería saber su historia, sus pensamientos intranquilos, los cuales pude descifrar con una sonrisa inocente y la confesión de que por primera vez iba a La Habana. “Llevo cinco años sin estar allá y eso es lo que más deseo ahora”, me explicó el médico. “¿Y eso por qué?”, le refuté. “Porque es el acuerdo que tenemos a cambio de petróleo, al fin me dejaron volver y no sabes lo feliz que estoy de liberarme de este país de violencia. Jamás había escuchado un fosforito, ahora sé desde eso hasta de balas. En la isla, jamás, pero jamás he visto tanta violencia como en tu país”, aclamó el galeno. ¿Qué podía decir ante tan real confesión?… solo afirmar que su pensamiento era igual al mío.

El avión salió sin retraso, lo cual sorprendió hasta a los militares que nos acompañaban en el vuelo, quienes regularmente deben ir a La Habana para cumplir actividades especiales. Así que después de tres horas de viaje llegamos a las 8 p.m. a La Habana, donde sentí que había entrado a una cápsula del tiempo que me llevaba directamente a los años 50. En mi mente solo podía gritar: ¿Pero qué coño hago aquí?

Cada uno de los pasajeros debía escoger una puerta pequeña de madera blanca con marco rosado. Antes de entrar le pregunté al médico cubano qué iba a encontrar allí, a lo cual me respondió: “Un funcionario muy serio que te preguntará sobre tus intereses en la isla”. Al entrar saqué la visa, la tarjeta de control para la fiebre amarilla y el seguro médico del viajero, pero con tan solo decir que era venezolana el funcionario me recibió con un “¡Bienvenida!”.

Afuera ni siquiera me revisaron los tres oficiales, lo cual me dio mucha alegría. Al menos una de mis hipótesis se estaba cumpliendo, me sentía reina. Solo me quedaba esperar la maleta en la lentísima correa, donde me encontré al doctor a quien le propuse irnos juntos en un taxi a la capital para ahorrarnos unos cuantos pesos convertibles.

Sin embargo lo que no sabía era que mientras yo pasaba mi bolso sin mucha revisión, a él lo inspeccionaban los oficiales, la policía y la guardia, y además debía pagar una alta suma en impuestos por introducir ventiladores y algunas bolsas de comida.

¿Me quedo, no me quedo, lo espero, no lo espero?, así pasaron 15 minutos y nada que lo dejaban salir, hasta que sus ojos se cruzaron con los míos, y la respuesta de su mirada triste la traduje en un simple ¡Vete!

Salí cerca de las 9 p.m. a buscar un taxi, específicamente un ladita amarillo conducido por un joven moreno, quien con una sonrisa me dio la bienvenida a su país. Metió mi maleta en la parte de atrás y, al subirme al carro, supe que había otros pasajeros, todos hombres por cierto, dirigiéndose a la dirección que yo iba: Vedao.

Creo que siempre le he tenido mucha confianza a mi ángel de la guarda y simplemente me puse en neutro para meterme en ese carro que atravesaba varias calles oscuras mientras me carcomía el afán por llegar rápido a La Habana; pero con el favor de Dios en ese instante de trance y de balancear la cruz que llevaba en el cuello, el mulato me habló para decirme que en su país nadie, pero absolutamente nadie, puede cargar armas, a menos que quiera pasar el resto de su vida en la cárcel. Comentario fuerte, pero que me alegró el alma.

A los tres hombres que iban en mi taxi los dejaron en un terminal, ya que su destino era Santiago de Cuba. Luego de recorrer varias calles, estas sí un poco más iluminadas, el taxista me acercó al hotel que resultó ser más bonito de lo pensado pues en el fondo me encantan las casas antiquísimas.

En la quinta-hotel todos me esperaban de forma muy amable. Recogieron el bolso, me enseñaron la habitación y me dijeron que si tenía hambre podía ir al restaurante. 

“¿Aceptan visa?”, pregunté. “¿Qué es una visa?”, me señaló el muchacho. “La tarjeta de crédito”, respondí. “No sé qué es eso”, refutó. “Ja,ja,ja, qué cómico, no vale, en serio, aceptan visa”. “No sé qué es una visa”. “La del pajarito”, señalé. “Si me la enseña, le podría decir”, me dijo el chico con seriedad. Saqué la tarjeta y el muchacho se quedó loco con la imagen del ave que cambiaba de color con cada movimiento. “¡Qué lindo!, pero no, no aceptamos eso, solo Cucs”, sentenció.

Allí vino el problema de exponer lo de Cadivi y nuestros estrictos controles cambiarios, que al final nadie entendió; lo volví a explicar, el muchacho no me comprendió y solo me dijo que él creía que esos pajaritos solo los aceptaban en hoteles cinco estrellas y que tenía al Meliá Cohíba a menos de cinco cuadras, las cuales podía caminar en la noche sin preocupación, porque en “la isla nadie tiene armas, a menos que quiera pasar el resto de su vida en la cárcel”.

Con esa declaración no me quedó de otra que ponerme mi cartera y caminar las cinco cuadras con rumbo al famoso malecón a eso de las 10 p.m. Las calles no estaban completamente iluminadas, pero sí puedo asegurar que había una casetilla de policía en cada esquina, desde donde salían miradas inquisidoras.

Edificios, quintas y casas se vislumbraban a mi paso como un libro de historia de mediados del siglo pasado, cuyas hojas se movían por un viento cálido y fresco. Al seguir mi caminata, me fijé que las calles estaban completamente limpias y había varios cafecitos donde la gente discutía el contenido de grandes textos. Caminaba con tranquilidad, mientras la gente me miraba y los hombres me gritaban “¡Dios te bendiga!”, petición que no surgía del temor como ocurre en las noches caraqueñas, sino del más sincero gesto de bienvenida. No eran gritos de violencia o de insultos, no era una exclamación de prejuicio o de alteración, era un detalle bonito de gente cálida.

Ese “¡Dios te bendiga!” venía de las ventanas de las quintas, de cada esquina, de los carros, de los peatones, lo que me hizo sentir la reina de todas las reinas, es decir, Miss Venezuela se quedó pendeja ante mi paso.