Un colombiano es el nuevo rey del ciclismo mundial. Se llama Nairo Quintana, tiene 24 años y acaba de proclamarse campeón del Giro de Italia. Cómbita, su pueblo natal escondido entre el páramo boyacense, es el contraste inmediato entre su fama y su estrellato.

PorMaría Fernanda Cruz

 La misa de hoy es al aire libre frente a la gruta de la homenajeada, la Virgen del Carmen. De los casi 13.000 habitantes que viven en Cómbita, municipio boyacense, cientos de ellos están encaramados en la loma que se alza frente a la estatuilla de la Virgen. Otros más se esparcen por las calles sin sillas, debajo del sol incandescente de las 10:30 a. m. que no calienta más allá de los 16 grados centígrados. El padre César Augusto lee el Evangelio de hoy, domingo 28 de julio, que cuenta la historia de Abraham abogando por Sodoma y Gomorra frente a Dios. "Si encontraras allí a 30 inocentes, ¿perdonarías a tu pueblo, Señor?".


No ha terminado Dios de responder cuando algunas mejillas enrojecidas comienzan a deslizarse calle abajo, donde está el camión que vende la cerveza. La cerveza que los devotos consumen mientras escuchan cómo Dios perdonará al pueblo, siempre que encuentre allí a 30 inocentes.


Como su padre, la Virgen del Carmen también sabrá perdonar que Cómbita la alabe a punta de litros de cerveza tibia, incluso mientras transcurre la homilía. Sabrá ella que el pueblo que hoy la ensalza está de doble fiesta: una por ella y otra por Nairo Quintana, el primer colombiano en ser subcampeón del Tour de Francia, nacido en esta tierra y que hoy se corona campeón del Natour Critérium en Bélgica.

Su profesora, Mercedes Mayuza, me mostrará una escultura hecha en arcilla en la que el muchacho se representó a sí mismo como un ciclista del futuro, con una calle llena de obstáculos, y me narrará cómo el niño llegaba raspado y golpeado por no usar casco ni rodilleras.

Nairo no está aquí, en Cómbita. Está allá, en Ninove de Bélgica, a 9.000 kilómetros de distancia de esta calle, de esta misa, de este pueblo. Sin embargo, como si supiera, imita la conducta de sus paisanos: se encarama en su propia loma, un podio forrado de marcas patrocinadoras y rubios de más de dos metros y le da gracias a Dios y a la Virgen en un pequeño discurso al que poca gente parece prestarle atención.


Allá, a Nairo le regalan un ramo de flores. Acá, los combitenses le regalan sus flores a la Virgen. Allá, Nairo recibe una botella de champagne. Acá, sus paisanos se sacan de la ruana una botellita de guarapo.


En Ninove hay cámaras y luces. En Cómbita hay páramo y sol. 


Allá, la postal de Nairo es en vivo y tiene movimiento. Acá es su fotografía impresa sobre un cartel largo que adorna la tapa de un Renault modelo 85 o las ventanas de las casas de sus amigos, o las paredes saturadas de los supermercados, o la repisa sobre el escritorio del alcalde Giovanni Díaz.


Allá, Nairo aplaudido. Aquí, Nairo esperado.

 

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El ciclista colombiano Nairo Quintana se coronó campeón del Giro de Italia 2014, toda una hazaña para un ciclista latinoamericano. 

Vine a Cómbita sabiendo del ciclista lo que han publicado los diarios desde el 2010, cuando ganó el tour de l’Avenir: que nació pobre en una pequeña vereda llamada San Rafael, que a los seis meses le dio una diarrea matadora y sobrevivió a punta de agüizotes y plantas naturales, que también creció pobre. Que fue esa pobreza la que lo arrinconó contra una bicicleta medio destartalada para que pudiera ir a estudiar a un buen colegio en Arcabuco, el Alejandro Humboldt, a 18 kilómetros de su casa.


Que le dio a Colombia una de las alegrías más grandes de un 20 de julio desde el grito de la independencia, al ganar la vigésima etapa del tour de Francia.

"Nairo será el que haga que ya la gente deje de hablar de Cómbita como si fuera solo una cárcel y pase a ser el lugar donde nació el campeón", me dijo hace un rato Alcides Agüero, uno de los pobladores más viejos del municipio


Que en su presencia, la palabra promesa puede ser mencionada un millón de veces. La promesa del ciclismo, la promesa del deporte, la promesa de la prosperidad. Que al presidente Santos también le gusta esa palabra y la usó para ofrecer casa y pensión a don Luis, quien ya tiene 14 operaciones en sus caderas atrofiadas; y un centro de alto rendimiento para los deportistas combitenses. Que de esas promesas solo se ha cumplido la de la casa, ubicada en Tunja para cuando Nairo viene.


Sabré, más adelante, que a Nairo le gustaban las manualidades. Su profesora, Mercedes Mayuza, me mostrará una escultura hecha en arcilla en la que el muchacho se representó a sí mismo como un ciclista del futuro, con una calle llena de obstáculos, y me narrará cómo el niño llegaba raspado y golpeado por no usar casco ni rodilleras.


Me dirá la profesora Teresa Salazar, de la Institución Integrada Educativa Cómbita Sede San Rafael, donde estudió Nairo, que el niño era callado y tímido, pero que se sabía de memoria una poesía que nunca se cansaba de recitar. Me explicará también que no quiere revelar el nombre de la poesía porque aquí a la gente le gusta poner apodos, y después le ponen el sobrenombre al ciclista. Me contarán los pequeños alumnos de Teresa que ellos quieren ser ciclistas. Me dirá Valentina Hernández, atisbando con la mirada a su compañero de al lado "que es un ejemplo para los niños que juegan videojuegos y ven tele pa’ que agarren la cicla pa’ entrenar".


Sabré que la familia de Nairo apadrina a tres niños para que sean ciclistas y que ellos entrenan de 40 a 60 kilómetros diarios para ser alguien en la vida, para ser alguien como Nairo.


Naironman, bromearán después.

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Fue el lunes 4 de abril de 2005 cuando Nairo ganaría la primera carrera pagada de su vida, sin zapatillas, con una franela llena de huecos y una cicla de 300.000

Cómbita es un páramo sin muchos contrastes. Alrededor, las montañas son solo piedras peladas con apenas vegetación, potreros de vacas perfectas y neblinas que se acumulan en las fronteras. En el centro hay iglesia, casa cural, plaza, parque, cancha de tejo (el deporte nacional de Colombia). Un bar, otro bar, otro bar más. Cualquier tienda vende cerveza. Asaderos, tiendas de guarapo, casas de ladrillo, potreros entreverados con ovejas rebeldes.

La gente no es miserable pero hay veredas muy pobres, como la de San Rafael, donde viven los padres de Nairo. "Ahí la mayoría de la gente vive en casas de un cuarto en donde lo mismo cocinan que duermen. Y no hay plata para arreglarlas", dice el personero de la municipalidad, Edwin García.


Hace unas horas, Edwin estuvo en la casa de Eloísa junto con el alcalde, un arquitecto y un maestro de obras. Hicieron evaluaciones de mejora de la construcción: "Este piso hay que cambiarlo, esta pared no tiene soporte, hay que ponerle ventanas y una puerta al baño, pongámosle un kiosquito más bonito aquí al frente a los viejitos". La casa de Eloísa tiene el mismo baño sin puertas ni ventanas, los mismos huecos en las paredes de adobe de siete décadas y las mismas tejas de segunda que tenía hace tres años, cuando los periodistas comenzaron a entrar en la intimidad de la familia Quintana Rojas.


Según el alcalde Giovanni y el personero Edwin, su visita tiene que ver con un programa de mejoras estructurales para todas las casas, un dinero que viene de la gobernación de Boyacá y que no tiene nada que ver con Nairo. "Aunque claro que la coyuntura ayuda". 


Ahora, sentados en su oficina de ventanas y puertas cerradas, Edwin se queja conmigo de las promesas sin cumplir del gobierno de Juan Manuel Santos con respecto a Boyacá y a Cómbita. "Somos un departamento olvidado por el Gobierno", dice. "A usted cuando le dijeron que viniera a Cómbita estoy seguro de que pensó en la cárcel de máxima seguridad, porque solo eso piensan de nosotros".


La cárcel de máxima seguridad es un problema fantasma que afecta la imagen del pueblo y de sus habitantes, pero que tiene pocas consecuencias palpables sobre la población combitense. "Nairo será el que haga que ya la gente deje de hablar de Cómbita como si fuera solo una cárcel y pase a ser el lugar donde nació el campeón", me dijo hace un rato Alcides Agüero, uno de los pobladores más viejos del municipio. "Hay que aprovechar la coyuntura para que nos presten atención de la gobernación y le quiten el nombre de Cómbita a la cárcel. Ya la ministra se comprometió", dijo también Sigisfredo Piña, concejal y dueño del bar Las Palmeras, donde la gente toma cerveza desde las siete de la mañana hasta las ocho de la noche.


El campeón, en Cómbita, es una coyuntura.

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La primera vez que alguien apostó por las piernas del ciclista, lo hizo en medio de una borrachera. Fue en marzo del 2005, cuando Belarmino Ruiz, hoy su padrino deportivo, se encontró con Juan Pistolas Guzmán, dueño de un supermercado de Arcabuco, en uno de los bares cincuentones del pueblo.


- Es que mi hijo John es muy verraco pa’l ciclismo, decía Juan Pistolas.


- No, no. A ese chino suyo, mi amigo Nairo le da en la jeta. Le gana porque le gana, decía Belarmino, que para entonces tenía 50 años y unos 50.000 pesos bailándole en la bolsa.

Ambos ciclistas correrían 50 kilómetros desde el parque hasta el Alto del Sote, allá donde se acaba la loma de Arcabuco y empieza Tunja y de vuelta hasta el manantial de Barula.


Fue el lunes 4 de abril de ese año cuando Nairo ganaría la primera carrera pagada de su vida -sin zapatillas, con una franela llena de huecos y una cicla de 300.000- contra John, quien llevaba uniforme de licra, zapatillas brillantes y cicla de 800.000. Los muchachos se enrumbaron hacia la pista seguidos por un carro con los dos apostadores. En los primeros minutos, Belarmino pensó que el desafío había sido un error: "A este chino me lo van a volver nada". Cuatro kilómetros después, Nairo se disparó. Lo perdieron de vista. Dejó botado a John, dejó botado al carro. Lo volvieron a ver 30 kilómetros después, en la meta. "Mi chino fresco, y el Juan Pistolas afanado porque el John no aparecía".

Al primer rival de Nairo -el de los tenis nuevos, el de la cicla cara- tuvieron que irlo a recoger en carro, en la mitad de la loma, a siete kilómetros de distancia de la meta fijada. "Venía muerto. Y no le estoy exagerando", dice Belarmino.


El viejo vive en las afueras de Arcabuco, donde se acaba la calle pavimentada y un rótulo indica que por ahí se llega a Villa de Leiva. Tiene 58 años y los brazos repletos de llagas y calamina. No se queja, pero dice que está muy enfermo, muy enfermo de su padecimiento renal que no lo deja orinar solo.


Belarmino tiene los riñones quemados por tanta borrachera, pero a veces Nairo viene y le deja una platica. Entonces, Belarmino sabe que por lo menos una borrachera de su vida valió la pena. 

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Son las diez de la noche del domingo 28 de julio, estamos a 12 grados y el cantante boyacense Freddy Villareal le dedica un par de canciones a la homenajeada Virgen del Carmen, con el micrófono en una mano y la cerveza en la otra. Después de las rancheras, decide darle paso a la confesión que ha hecho cada combitense con el que he conversado desde que llegué: cuando Nairo alcanzó la meta, lloré.


Y recuerda ese sábado.


Sábado 20 de julio.


A punto de cambiar el rumbo de la historia del ciclismo colombiano, la imagen de Nairo Quintana sobre la pantalla gigante abarrota por dentro y por fuera al supermercado La Villita, medio de subsistencia de los Quintana Rojas. Las cámaras de RCN están ahí para captar el momento que a todos nos suelta las lágrimas, la imagen de don Luis en un temblor gimiendo un "vamos papacito, vamos papacito mío".


En Arcabuco y en el centro de Cómbita también pusieron cámaras y pantallas gigantes para reunir a los pueblos y a los turistas. La gente se baja de los buses de ruta, los turistas se apiñan para poder mirar mejor los últimos minutos del tour. Las narraciones del final de la ruta crispan la piel. Nairo llega a la meta. Es campeón de los cuerpos de montaña, líder de los jóvenes, ganador de la vigésima etapa (con once puntos por encima de Chris Froome, ganador de la vuelta) y subcampeón del centésimo tour de Francia.


Sobre el podio, en Francia, Nairo besa modelos, recibe flores, acepta champaña. En los noticieros, los periodistas no se explican cómo este moreno de metro sesenta y cuatro rindió tanto y sorprendió tanto. En Cómbita, mientras tanto, los turistas comen, se hospedan en cuartos de la comunidad, beben cerveza tibia y miran como Paola Hernández, la novia del ciclista, cuenta su historia de amor con el deportista actual más famoso de Colombia, ante las cámaras de los noticieros. 


En Europa, Nairo es el nuevo descubrimiento de América Latina. En Cómbita, la ganancia de unos pesos más.