Cada año miles de jóvenes en Colombia deben definir su situación militar en algún batallón del Ejército. Allí se decidirá su futuro para los siguientes dos años: ¿ir al frente de batalla en un país en guerra o empezar la universidad? Los momentos previos a ese día nunca se olvidan.  

Por Duver Alexánder Pérez

Esa noche no fui capaz de conciliar el sueño. Por mi mente pasaban, una y otra vez,  las palabras de mi padre: “De cómo te vaya mañana, dependerá tu futuro”. Y esa, la última palabra, futuro, era la que retumbaba en mi cabeza, la misma que me impedía conciliar el sueño. Cogí el celular que estaba en el nochero, 11:42 p.m. y ni una llamada, ni un mensaje. Al parecer, el mundo ya se había dormido.

Fueron extraños todos los sonidos que percibí aquella noche: el crujir del catre viejo del vecino, los gemidos de dolor o de placer – qué sé yo – de la hipocondríaca de al lado, el pasar del maldito segundero del reloj de pared de mi padre: tic – tac -tic - tac que a cada golpeteo marcaba un nuevo movimiento en la cama.

Pasaron los minutos y el tic – tac seguía retumbando en mi cabeza. Las palabras de mi padre Toño ya no me estresaban, pero sí cualquier sonido que escuchaba, por pequeño que fuera. Estaba tan atemorizado que por un momento volvió a mi mente la sensación que cuando era niño me dejaban las películas de terror que, sin querer, terminaba viendo. En este instante, mientras escribo esto, acerco mi oído al reloj que tengo puesto y aunque es casi inaudible -alcanzo a percibir el mismo tic – tac de esa noche- ahora no me produce nada. 

Recuerdo que después de un rato volví a mirar la hora, el reloj ya marcaba la 2:42 a.m. Entonces decidí levantarme. Por fortuna era sábado y estaba seguro de que iba a encontrar algún sitio en donde podría tomarme una cerveza. Encendí la luz y escuché al fondo la voz de mi mamá:

       – ¿Para dónde vas?

       – No me demoro, me tomo algo y vuelvo

       – ¿Para dónde vas a esta hora? Sabes que tienes que madrugar

No le respondí, empecé a vestirme; me puse el pantalón, la camisa blanca y los Converse negros ya muy desgastados; bajé a la sala y al abrir la puerta, volví a escuchar la voz de mi mamá.

      – Si te vas, mañana no te llamo

       – Bendición –respondí para evadir el tema

       – En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

Me llevé la mano derecha a la frente, luego al pecho y después a ambos hombros; este ademán de hacerme una cruz antes de salir no lo he dejado a pesar de que esas creencias me parecen tontas y supersticiosas.

Salí a la calle y miré hacía la esquina donde estaban los mismos muchachos de siempre; caminé hacia ellos mientras escuchaba con más claridad una pegajosa canción de Wilson Manyoma:

       En el mundo en que yo vivo

       Siempre hay cuatro esquinas

      Pero entre esquina y esquina…

“El Peje”, uno de los muchachos de la esquina, de unos 20 ó 25 años, tes morena, cabello largo y un par de alas de águila tatuadas en la espalda –según dicen, por su admiración a los arcángeles-, cantaba a destiempo la misma letra de la canción.

      En el mundo en que yo vivo

      Siempre hay cuatro esquinas

     Pero entre esquina y esquina…

Cuando se percató de mi presencia, me dijo:

    – Ese calvo de Fruko tocaba hasta lo más de bueno ¡Lástima que ya se murió!

    – No marica, él todavía está vivo – le respondí.

Quedé esperando durante algunos segundos un comentario suyo, pero el muchacho parecía perdido, sus ojos estaban desorbitados, no miraban a ningún lado; al ver sus manos me di cuenta que tenía un cigarrillo de marihuana. Los otros pelados, “Dim”, “El Cabe”, y otro de cuyo nombre no me acuerdo, también tenían la mirada perdida, pero “Dim” parecía más lúcido. Me abrazó y se acercó a mi oído.

    – Parce ¿vos qué haces levantado a esta hora?

No le respondí, le bajé su brazo de mi hombro y me alejé, el olor a marihuana, licor y seguramente muchas horas sin que por su boca pasara un cepillo de dientes, me repudiaban.

Bajé toda la loma hasta llegar al quiebra patas, así le dicen en La Isla -barrio en el que vivo- a un sistema de desagüe que tiene la loma que da entrada al mismo. Justo al lado hay un estanquillo y allí estaban los tres ancianos de siempre: uno extremadamente flaco y alto, el otro con el mal de Parkinson e gualmente delgado pero de estatura promedio, y el último totalmente calvo y con un ademán de acomodarse las gafas cada cinco segundos. Me acerqué al estanquillo a comprar una cerveza y mientras la señora la destapaba, escuchaba la conversación de ellos. El abuelo con Parkinson alegaba que lo de Rojas Pinilla no había sido ninguna dictadura. El flaco y alto respondía, de manera aún más eufórica, que "ningún Pinilla ni que ocho cuartos, el mejor presidente que ha tenido este país es Álvaro Uribe Vélez". El último, desinteresado de esa conversación, observaba de manera obsesiva a la niña que le ayudaba a la dueña del estanquillo.

      – Son $2.500 joven  -me dijo la vendedora. 

Me alejé del estanquillo, me senté en un pasamanos que había al frente y a cada sorbo de cerveza miraba a los ancianos, a la niña y a la señora del estanquillo. Los ancianos seguían discutiendo, la niña limpiaba una mesa y la señora se daba pequeños golpes en la cabeza con su mano izquierda, mientras realizaba una cuenta básica en una calculadora.


Arrimé por una segunda cerveza y ya los ancianos hablaban de fútbol. Esta vez quise opinar pero me abstuve y me devolví al pasamanos. Miré de nuevo el reloj, 3:59 a.m. A las 4:00 ya debía estar en camino porque el viaje hasta donde se decidiría mi "futuro" era largo. Volví a la misma rutina, sorbo tras sorbo miraba, pero esta vez la niña había salido y subía la misma loma por la cual yo había bajado dos horas atrás. Curiosamente el anciano del ademán de las gafas iba unos pasos atrás ella. Me quedé observándolos por unos segundos, pero el sonido que produjo la caída de unos envases hizo que olvidara dicha persecución. Días después me enteré que al anciano de las gafas se lo había llevado la policía por presunto abuso de menores.

Terminé la segunda cerveza y cuando me iba a ir para la casa, apareció mi papá en un taxi.

       -Vamos -dijo

Durante el  recorrido mi papá habló poco y me miraba de vez en cuando para entregarme algunas cosas; primero unos billetes mal envueltos, luego mi celular y por último una caja de cigarrillos.

      – ¿Para qué eso? –le pregunté

        – Allá te servirán de mucho -dijo

Me quedé dormido por unos instantes,​ hasta que el carro frenó de manera brusca. Abrí los ojos y vi a mi papá afuera del carro conversando con un guarda de tránsito. En menos de un minuto mi papá se acercó y me dijo:

     - No hay paso, debes caminar las dos cuadras que quedan.

      - Listo - respondí - ¿me acompañarás?

      - No puedo, debo recoger a un cliente ahora.

Me bajé del taxi y me colgué la mochila que estaba en el asiento de atrás. Me acerqué a papá y le di un abrazo. Él hizo lo mismo.

      - Pendiente del celular, te estaré llamando.

       - Bueno, bendición.

Empecé a caminar las dos cuadras que me faltaban. En ese recorrido vi a un señor con un estómago inmenso que abría una panadería y le daba una taza de chocolate a un habitante de calle, quien acariciaba a un perro pincher que estaba mucho más lánguido que él. Cuando pasé la primera cuadra, empecé a ver a varias familias reunidas, madres que abrazaban a sus hijos mientras ambos lloraban, padres que le expresaban a sus hijos lo orgullosos que se sentían de ellos, y jóvenes con la Constitución de Colombia en la mano contando proezas tipo Hollywood, con balas, estallidos y muertos incluidos.

La misma escena se repitió en la segunda cuadra: muchachos llorando y otros que hablaban con orgullo y contaban historias. Pero cuando llegué al final de la cuadra algo era distinto, había dos jóvenes, cada uno uniformado y con un arma en sus manos, parados bajo un gran letrero que decía Cuarta Brigada.

Ahí, justo detrás de los dos soldados, se definiría mi futuro.