Yo veo el robo de libros como un acto liberador y si he de ser castigado por ello, no me molestará tomarme unas cervezas mientras escucho conversaciones entre Bukowski y Poe, Kant y Nitzsche o Gonzalo Arango y Alberto Aguirre, en las tierras de Belcebú.

Por Duver Alexánder Pérez

Mandamiento número siete: “No robarás”, bajo ninguna circunstancia, bajo ninguna justificación, bajo ningún pretexto; sin importar el por qué, sin importar la razón, sin  importar lo que te llevó a hacerlo ¡no robarás!

¡Perdóname, Señor! Lo olvidé y pequé de “pensamiento, palabra, obra y devoción”. Quizá usted no me entienda, ¡qué me va a entender! Usted en su omnisciencia, omnipresencia y su omnipotencia.

Además, entre lectores sabemos que al prestar un libro existe un acuerdo tácito en el que quien presta sabe que no se lo van a devolver, y quien se lo lleva sabe que no lo regresará. Lo sé, Señor, lo hice con alevosa premeditación, lo he venido haciendo y esta vez no bastará con cinco Padre Nuestros y tres Ave María para la absolución, porque cuando el padre pregunte si estoy arrepentido, diré que no y que lo seguiré haciendo.

El primero fue Angosta. Mi compañera me dijo que no había pasado de las primeras diez páginas, que no lo entendió, que no le gustó. Al pedirlo prestado, leerlo y quedarme con él, lo salvé, le di vida a unas letras y unas palabras que para ella fueron inermes.

El segundo fue mucho más grande. Visité el colegio donde egresé y al abrir la puerta de la biblioteca, vi los libros arrumados, empolvados y maltratados; cogí unos cuantos, pasé las páginas y las hojas se caían ante mí. Al agarrar El Túnel de Ernesto Sábato, se le cayeron las primeras páginas, Los Miserables I y II de Víctor Hugo estaban untados de pegante y ni menciono el estado en el que estaba una recopilación de cuentos de Andrés Caicedo y una edición especial  de La Vuelta al Mundo en 80 Días, de Julio Verne. ¡Perdóname, Señor! Pero no sé quién es más pecador, si ellos por dejar que eso les pasara o yo que decidí pedir “prestados” algunos.

Señor, me parece que el robo de libros es una de las prendas de honor de un buen lector, como dijo alguna vez Constaín; y que la lectura es una forma de felicidad, como promulgó Borges. Por eso aquellos que no decidieron ser felices con esos libros, no tendrían motivo para juzgar el hecho que ante tus ojos es una afrenta.

De mis próximos “préstamos” prefiero no hablar, los anteriores me han dado todo para comprender la razón por la que muchos lectores prefieren comprar un libro y obsequiarlo, en vez de aceptar prestarlo, yo optaré por el mismo mecanismo.

Al hacer esta confesión, no siento culpa alguna, aunque el mandamiento siete lo prohíba. Yo veo el robo de libros como un acto liberador y si he de ser castigado por ello, no me molestará tomarme unas cervezas mientras escucho conversaciones entre Bukowski y Poe, Kant y Nitzsche o Gonzalo Arango y Alberto Aguirre en las tierras de Belcebú.