Y mientras escurría esos trapos míos, veía con desespero que no se secaban porque un chorro de lágrimas volvía a mojarlos.

Por Alejandra Agudelo

Corrí el jabón rey pa' un lado, y derramé en la poceta un bulto de ropa sucia de toda la semana. Mientras vaciaba el agua helada de la coca verde sobre la blusa de flores, miré mis manos y vi que no eran las mías. Eran las de mi madre. Así, igualitas, rosaditas, hinchadas de tanto estregar la ropa de todos. Y vi claramente los surcos que le dejaron los años, y esas grietas ásperas del infeliz trabajo que llaman "doméstico".

¿Qué pensaría mi madre cuando lavaba mis medias, esas con las que brincaba por las calles pantanosas del pueblo? ¿Qué sentiría estregando contra el cemento los pantalones desteñidos de mi padre borracho? ¿Y las sudaderas rotas de mi hermano travieso? ¿Alguna vez se habrá despertado sin plata para comprar jabón?

Yo creo que sí.

Y esas manos que no eran mis manos continuaban estregando esa ropa, pero esta vez con rabia, pero también con amor... Eso era lo que sentía ella todos los días a las 6 de la mañana, agachada contra el lavadero, entregándole la mugre al agua y escurriendo sus pensamientos sobre las pompas de jabón azulitas.

Por media hora sentí que había lavado la ropa de un batallón… Nooo, ¡más bien la de la humanidad entera!

Y esas manos mías fueron las manos de mi abuela campesina luchando con el pantano de los cafetales que se aferraba, como garrapata, a las amarillentas camisas del abuelo, y fueron también las manos de esas mujeres indígenas que se acostumbraron por años a tirarle al río el sudor y el cansancio de sus hombres.

Y mientras escurría esos trapos míos, veía con desespero que no se secaban porque un chorro de lágrimas volvía a mojarlos. Tendí rapidito todo eso en los alambres torcidos y me perdí entre los caminitos de este ashra,  antes que alguien me viera a mí, la lavandera, llorando en el lavadero.