Cuentan los promotores de turismo de Ciudad Bolívar, en Venezuela, que luego de que los turistas escucharan este relato, empezaron a arribar alemanas cuarentonas en busca de paquetes turísticos con paseo a Kavac, porque les habían dicho que allí andaba un indio que hacía el amor siete veces y sin parar.

Por Dulce Pérez Colmenárez

Los cuentos del sur de Venezuela se hacen cada vez más truculentos, dependiendo de qué tan cerca estés de la frontera con Brasil. Quizás sea por el paisaje selvático o por los tepuyes, esas imponentes mesetas de paredes verticales y planas cimas, características de esa zona del país. O tal vez por sus comunidades indígenas, o por las cervezas que allí se consumen y cuyo valor alcanza los 50 bolívares, por lo que hay que emborracharse lo más pronto posible antes de que la cartera quede vacía.

La historia que voy contar sucedió en las inmediaciones del campamento Kavac, un paradisiaco lugar del Estado Bolívar habitado tradicionalmente por los indios pemones, quienes en un principio creyeron que los turistas literalmente caían del cielo y no por la promoción que hacían las agencias de turismo en el extranjero.

Imaginemos que en ese ambiente tranquilo, de chozas de color beige y techos de paja, cuyo contacto con el mundo llega solo a través de las avionetas, se hospedó una pareja de alemanes después de hacer un recorrido paradisíaco por unas exuberantes cuevas, luego de ser guiados por un joven pemón. 

Una noche, la pareja se instaló con los lugareños para hablar sobre lo hermoso de la naturaleza venezolana; aunque hay versiones que aseguran que lo que hicieron fue brindar, consumir licor y seguir celebrando de forma cuantiosa como buenos alemanes.

Todo parecía seguir su curso normal, hasta que el hombre venido de tierras lejanas decidió irse a explorar con los del campamento otros paisajes para seguir la juerga, y dejó a su esposa sola con el joven guía. Jamás pasó por la cabeza de aquel hombre rubio que su esposa, una amable señora, le pediría al pemoncito que la acompañara a su cabaña donde, cuentan los habitantes de la zona, “le haría de todo”.

Ahora bien, ¿por qué el pemón se dejó seducir?, pues según los guías de Canaima los hechos ocurrieron por una actitud propia de los indígenas de esas zonas: son tan educados que tratan siempre de prestar un buen servicio al turista. 


Luego de saciar sus ansias sexuales, la alemana no aguantó el sueño y se echó a dormir, pero como no le ordenó al pemón que saliera del cuarto -debemos recordar que son muy amables y atentos- él se quedó allí esperando alguna sugerencia de más de aquella mujer, hasta que apareció el alemán, quien al verlo arropado con su sábana, mirando fijamente el techo de la habitación mientras su esposa roncaba como una morsa, no le quedó de otra que aceptar lo que le dijo su mujer al despertar: “¡El pemón me violó!”

Aquí comienza el relato de los habitantes del pueblo de Canaima, quienes al ver que aterrizaba la avioneta procedente de Kavac con un pemoncito tan asustado, flaquito, chiquitico escoltado por la Guardia Nacional, comenzaron a decir: “¡A ese hombre lo que le dieron fue una santa revolcona!”

La historia llegó a los promotores de turismo de Ciudad Bolívar y de inmediato comenzaron a contársela a los visitantes que llegaban de otras latitudes hasta que, con el tiempo, empezaron a arribar alemanas cuarentonas con paquetes de cuatro días y tres noches a Canaima y con paseo incluido a Kavac, porque les habían dicho que allí andaba un indio que hacía el amor siete veces y sin parar.