Goyo Carrizo y Diego Armando Maradona se conocieron desde chicos, jugaron en los mismos equipos y por su talento ambos tenían futuros promisorios. Pero una lesión alejó a Goyo de las canchas, mientras su gran amigo se convertía en uno de los mejores jugadores de fútbol del planeta. 

Por Alberto Aceves H.

Después –meses después– Gregorio Carrizo cargó el arma y jugó a la ruleta rusa. No quería ser delincuente ni justiciero. Vivía atormentado por el pasado, porque escuchaba a la gente decir ‘mira, ese fue mejor que Maradona’ cada vez que salía de casa, en el barrio de Villa Fiorito. Además, no tenía trabajo.

El futbol acabó para él cuando se rompió los ligamentos cruzados de la rodilla derecha. Durante un tiempo quiso seguir jugando, pero nunca volvió a ser el mismo. Ni siquiera cuando se retiró. Enfrentó su propia guerra solo, entre encierros, pensando en algo para conseguir dinero. Sus hijos seguían descalzos y vestían siempre la misma ropa. Sin contar que Diego, su mejor amigo, ya no estaba a su lado.

Hasta hace poco, Goyo dejó de dar entrevistas. Las preguntas lo volvían a esos años de confusión y tragedia, y le hacían mal. Si no disparó aquella vez fue por amor a su familia, aunque queda decir que estuvo cerca. No se explica por qué no pudo hacer lo mismo que Diego; acaso fue esa lesión, por la que todavía renguea, o su propio destino en equipos del ascenso. Los dos se conocieron a los nueve años y jugaron juntos en Estrella Roja, Tres Banderas y Las Cebollitas, aquel famoso equipo que acumuló más de 300 partidos invicto (sin empates), en las inferiores del club Argentinos Juniors. Uno creyendo ser el Ratón Ayala y, el otro, con todo y risos, El Bocha Ricardo Bochini.

Si alguien apostó porque Diego llegara, fue Goyo. Tanto con su técnico, Francisco Cornejo, como con doña Tota, su mamá, quien finalmente, tras varias labores de convencimiento, le dio permiso de acompañarlo.

De ahí arrancó su aventura hasta los 14 años. Diego era el 10, el que definía partidos, mientras que Goyo, como 9, se daba el lujo de hacer trucos con la pelota. La gente discutía desde entonces quién podía ser mejor: ¿el 10 o el 9?, pero ninguno se comparaba.

Diego decía que Goyo iba a llegar antes que él a la Primera División, aunque a éste le costara creerlo. –Si yo lo logro-- le advertía. Te voy a comprar una casa y nos vamos a vestir de celeste, ¡como el color de la bandera argentina! Ambos pasaron por una etapa dura en Villa Fiorito: a veces, para poder comer, juntaban huesos de animales en la quema y los vendían por kilo.

El pago (cinco pesos) les alcanzaba para comprar un paquete de galletas o algún alfajor, en la hora y media que se hacían de viaje a los entrenamientos.

Justo en ese lugar había un colegio para pocos habitantes. Era más un asentamiento que una ciudad, como lo es ahora. Ahí se hicieron amigos, pasaban fiestas de fin de año, navidades y cumpleaños juntos. Goyo nació nueve días antes que Diego (21 de octubre de 1960), lo cual permitió que, durante siete años seguidos, los festejaran a la par en Argentinos Juniors.

Para ir a jugar era necesario que tomaran el tren o el colectivo. Diego solía llevarle naranjas en su mochila, cada vez que doña Tota llegaba del mercado. Mas no siempre alcanzaba para el pasaje. Cuando eso ocurría, los dos pequeños amigos esperaban que caminara el tren y saltaban de último momento, sin que nadie los viera. La mayor de las veces viajaron riendo.

Fotos Archivo particular.

El 30 de octubre de 1976, Goyo llegó a la casa de Diego. Cargaba un paquete envuelto y bien arreglado. Le abrió doña Tota y lo saludó don Diego; después, apareció el 10. Aquel abrazo entre ellos nació del alma. Maradona, su mejor amigo, había debutado en un partido contra Talleres de Córdoba, a pocos días de cumplir 16.

Goyo se reía de que en la primera jugada, Diego tuvo el descaro de hacerle un caño (túnel) a quien lo marcaba. El tocadiscos seguía sonando. Ese día fue un punto y aparte, algo que cambió todo para ambos.

Al poco tiempo, Juan Fiori, entonces presidente de Argentinos Juniors, le pidió a Diego que se mudara a un departamento en La Paternal, cerca del estadio del equipo. Así se dio su partida de Villa Fiorito. La espera para Goyo, entretanto, fue eterna: mientras él seguía en la tercera división, su mejor amigo iba convirtiéndose en la gran promesa del futbol argentino.

Finalmente pudo debutar a los 20 años, pero una rotura de ligamentos en la rodilla derecha lo detuvo.

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Goyo responde el teléfono, en Villa Fiorito. “¿Llama usted desde México?”, consulta antes de continuar. Se escucha una voz suave y temblorosa, contraria a la de Diego. Por alguna razón, esta vez tiene ganas de hablar. Hace tiempo que no lo hace. “No sé cómo llamarle, pero todavía estaba viviendo cosas del pasado. Me hacía muy mal. No porque Diego haya saltado más pronto que yo, sino por todo lo que soñamos juntos. Había veces que me olvidaba de mis hijos, de mi familia... Créame que acá la vida es dura”.

En el futbol y fuera de él, Goyo pasó sus mejores momentos con Diego. Aquellos años empiezan a darle vueltas, cada vez que responde.

“Diego fue el alma de mi cuerpo, pero un día se me despegó. Por algo Dios quiso darle otro camino. ¿Sabe que desde pequeños, soñábamos con debutar juntos en Primera? Él decía que yo iba a hacerlo primero y mire lo que son las cosas. Se convirtió en el jugador más grande de todos. Haber jugado con él es una alegría que me voy a llevar a la tumba”.

Al tiempo que el 10 brillaba en equipos como el Barcelona y el Nápoles, Goyo, con una rodilla que hasta la fecha no dobla bien, desempeñó oficios fuera de casa, para sobrevivir.

“Busqué de albañil, vendía ropa vieja y ponía puestos en las ferias, cuando encontraba algo. 

Pero los mismos compañeros me decían: ‘esto no es para vos, Goyo. Vos deberías estar trabajando como técnico en algún club’. No trabajaba bien, pero me aguantaban. A pesar de eso, se me quedó el hábito de comprar ropa y zapatillas usadas. Las lavamos y las vendemos, para mantenernos”.

¿Diego fue una sombra para usted?

No lo sé. Después de retirarme (a los 30 años), pasé por una depresión enorme. Esa lesión fue lo peor que me pasó en la vida. Me mató, de verdad me mató. Pude revivir gracias a mis hijos. ¿Qué hacía yo agarrando un arma y poniéndome al nivel de gente mala? Nunca quise dejarles un mal ejemplo. Vi que estaban creciendo y traté de salir adelante. Le confieso que muchas veces intenté quitarme la vida. Si reaccioné fue también por la visita de un amigo, que antes había sido compañero mío en Argentinos Juniors. ‘Vos tenés que volver’, me decía. ‘Sos mejor que el negrito’. El negrito era Maradona.

¿Y le creía?

Yo digo que Diego siempre fue mejor. En Las Cebollitas, por ejemplo, era el motivador del equipo. Salía en todos los partidos con la mirada alta. Sonriente. Nos contagiaba con su actitud. Yo, en cambio, hacía más cosas para la gente. No tuve la recuperación necesaria para mejorarme de la rodilla, pero aún así jugué en siete equipos del ascenso. Si podía tirar un caño, no lo pensaba dos veces. Me divertía. Aunque siempre digo que daba ventajas.

¿Cómo fue que decidió llamar Diego Armando a uno de sus hijos?

El 31 de diciembre del 99, supe que Diego había estado muerto 10 segundos tras varios problemas de salud. Ese día nació mi hijo. Un poco como para tenerlo siempre al lado mío, en el recuerdo, quise ponerle Diego Armando. Así se quedó y, después, cuando se recuperó, lo fuimos a ver al hospital con apenas tres días de nacido. No pudimos entrar, nos quedamos abajo. Pero fue una gran alegría saber que se había recuperado.

¿Lo ha vuelto a ver?

La última vez fue en un programa de televisión, en el que lo homenajearon por su cumpleaños. Me invitaron y estuve rodeado de muchos personajes importantes del deporte. 

Yo disfruté lo mejor que me pasó en la vida con él: la infancia. Después, al Maradona famoso, me gustaba verlo sólo detrás de la pantalla, porque acercarse a él era como querer salir en todos lados. Diego sabe que sigo viviendo en Villa Fiorito. Peleó mucho por ser lo que es y no tengo dudas de que siempre va a dar la vida por los que estuvieron a su lado.

Este texto fue publicado inicialmente en el periódico Excélsior de México