Arturo Echeverri Mejía fue el escritor colombiano que mejor reflejó la contradictoria y violenta sociedad colombiana de la primera mitad del siglo XX. Su fuente de creación literaria era el permanente riesgo que asumía en cada aventura. La vida le habría deparado muchas más aventuras pero la muerte tocó a su puerta muy pronto.

Por Rafael Alonso Mayo

Fue un hombre aventurero que vivió al límite cada momento de su vida. Una de sus hazañas más arriesgadas fue su viaje solitario en un pequeño bote, construido por él mismo, desde Puerto Leguízamo, Putumayo, hasta Cartagena de Indias. Durante tres largos meses viajó por el río Amazonas y el mar Caribe. En su época, fue la mayor navegación en vela por agua dulce realizada por hombre alguno. Ocurrió en 1946 y sobrevivió para contar la historia, que luego escribió en su libro “Antares”, su primera obra literaria.

Se llamaba Arturo Echeverri Mejía y era hijo de José María Echeverri Peláez y María Magdalena Mejía Duque y nació en Rionegro, Antioquia, en 1919. Desde muy joven combinaba su incansable espíritu aventurero con la literatura, de la cual se había encariñado desde temprana edad en la casa de sus padres, en Rionegro, mientras leía con voracidad las novelas de Julio Verne y todos los libros que caían en sus manos.

En 1930, Rionegro apenas recordaba los brillos republicanos y liberales de casi un siglo antes, cuando fue sede de la Convención que aprobó la constitución más radical del siglo XIX, según recuerda Alberto Aguirre, editor de sus libros. Para el cuarto de los 12 hijos de la familia Echeverri Mejía, sediento de viajes y aventuras, esta pequeña ciudad de provincia se convirtió muy pronto en un marco estrecho para sus sueños.

“Resuelve los problemas difíciles en un minuto, y los imposibles, tómate un poco más de tiempo, pero resuélvelos” solía aconsejar a sus amigos.

Tal vez por eso decidió viajar a Bogotá para continuar sus estudios de bachillerato en la Escuela Militar de Cadetes, donde poco a poco se fue enrolando en la milicia, cosa muy rara entre los antioqueños de su época. Allí fue escalando posiciones gracias a su férrea disciplina: se integró como oficial al Batallón Girardot, en Medellín, luego a la Marina, y posteriormente a la Dirección Nacional de la Armada y a la Escuela Naval de Cartagena, donde se especializó en arquitectura naval. Pero años después decidió alejarse de manera definitiva de las filas de la Armada.

Es claro que la fuente de su creación literaria era el permanente riesgo que asumía en cada aventura. De regreso a la vida civil y luego de realizar un viaje relámpago por Ecuador, Perú, Chile y Argentina, decidió  viajar al Bajo Cauca antioqueño, que para  los años 50 estaba sumido en una cruenta violencia. Era “una región bestial donde te podían suceder cosas increíbles”, dice el poeta nadaísta Gonzalo Arango, uno de sus más grandes amigos.

Una vez allí, se encontró inmerso en el sangriento conflicto político nacional, que fue especialmente crudo en las llanuras bajas del Cauca, hasta el punto de verse sometido a la persecución de las autoridades debido a las denuncias que hacía sobre las atrocidades cometidas por la policía. Los policías trataron de seguirle la pista con el propósito de “darle el paseo al capitancito”.

En ese territorio agreste Arturo Echeverri escribió algunas de sus más importantes novelas: “Esteban Gamborena”, “El Hombre de Talara”, “Bajo Cauca” y “Marea de Ratas”, libros que durante su época no alcanzaron una difusión amplia ya que su estilo sin artificios y directo era muy ajeno a la retórica barroca puesta en boga por otros escritores latinoamericanos. “Con gusto Hemingway habría firmado una novela como estas” dijo Jorge Zalamea, después de leer “El hombre de Talara”. La obra narrativa de Echeverri, publicada entre 1949 y 1964, está compuesta por seis cuentos y seis novelas.  Tuvieron que pasar varias décadas para que ella alcanzara reconocimiento nacional, aun después de aparecer algunos de sus títulos en el sello Aguirre Editor.

Algunos de los libros publicados por Arturo Echeverri Mejía.

Su vocación literaria, cultivada en silencio, con método y disciplina durante sus años de milicia y caracterizada por su brevedad y sencillez, la compartió con escritores como Carlos Castro Saavedra, Gonzalo Arango, Alberto Aguirre, Manuel Mejía Vallejo y Rocío Vélez Piedrahíta en las tertulias del tradicional Café Madrid de Medellín.

Arturo “traía sobre todos nosotros la ventaja de su formación y de su aprendizaje vital, como módulo de su aprendizaje literario”, dice Alberto Aguirre.

Como ciudadano, Echeverri se caracterizó por su responsabilidad con la sociedad. Siempre creyó que los únicos soportes de la democracia eran la fraternidad, la libertad y la paz. “Fue un hombre que desbordó humanidad hasta en los más íntimos detalles” dice Augusto Escobar Mesa, uno de sus biógrafos. Era “un hombre al que le dolía el mundo y le dolía el dolor de los otros” dice el poeta Carlos Castro Saavedra.

“Resuelve los problemas difíciles en un minuto, y los imposibles, tómate un poco más de tiempo, pero resuélvelos” solía aconsejar a sus amigos.

Probablemente la vida le habría deparado muchas más aventuras pero la muerte tocó a su puerta muy pronto, en junio de 1964, cuando apenas cumplía 45 años. Un cáncer de colon acabó con la vida de este hombre que nunca se cansó de escribir y que hoy es reconocido como uno de los escritores que mejor retrató la violenta y contradictoria sociedad colombiana de la mitad del siglo XX.

Este texto fue publicado originalmente en el libro “100 vidas para contar”, publicado por El Colombiano en 2012 con motivo de la celebración de sus cien años de existencia.