En Madre de Dios, la minería ilegal es la cabeza de un animal con muchas colas. La prostitución, la delincuencia, el contrabando, la tala indiscriminada de árboles, la contaminación de los ríos o el acoso a las poblaciones indígenas inflaman aún más un conflicto en continuo crecimiento.

Por Diego Cobo (@dcoboc) Fotos: Asociación Huarayo

Una llamada despierta a la mujer en mitad del trayecto.

-¿Hola? – responde.

Se incorpora en el todoterreno, escucha un momento y continúa:

-Estoy yendo a buscar a tres chicas que vienen de Lima. Tienen buen cuerpo, aunque una chibola es mayor.

Nadie de la camioneta se inmuta: los pasajeros siguen cabeceando mientras el chofer sigue abriendo camino con las luces entre las piedras y el agua. Y la mujer que habla, una chica de trentaytantos –gafas de sol de diseño, abrigo verde chillón, pantalones ajustados, zapatos con algo de tacón y camiseta amarilla con no más de cien lentejuelas– vuelve a cabecear hasta llegar al río Inambari. Se monta apresuradamente a una de las barcazas que van y vienen desde la otra orilla de este brazo del río Madre de Dios y veinte minutos después sube a un coche hasta llegar a Mazuco para recoger a las tres chicas. Buenos cuerpos, una algo mayor. Un destino: Huepetuhe.

La zona baja de Huepetuhe es una zanja pestilente plagada de riachuelos; la zona alta, un manojo de calles firmes: su Plaza de Armas, sus decenas de gasolineras, sus vivos, sus muertos –esta tarde tormentosa pasean a hombros el cadáver de una mujer asesinada por su esposo, que ha huido–, sus agencias de transporte que van a las minas y a la orilla del río.

Ambas mitades suman 10.000 personas, de las que solo el 40% están censadas: el resto son mineros que van y vienen, comerciantes que hacen negocio –un comercio por cada tres habitantes censados, una prostituta por cada diecisiete vecinos. En la parte alta está la alcaldía y la fiscalía; en la baja, la policía, las cantinas, los prostíbulos, los establecimientos de compradores de oro –“más que cevicherías”, dice Marco, propietario de uno de ellos–, los talleres de reparación de maquinaria ligera y pesada, los hospedajes baratos donde los mineros queman el salario.

En la zona alta de Huepetuhe, los habitantes apenas tienen deudas con el consistorio, pero en la baja solo tiene al día sus obligaciones el 20% de la población. “Ustedes tienen que desalojar la zona baja”, les dijeron desde el poder municipal, “porque ha sido declarada zona de riesgo  medio”. Pero ellos respondieron que no se movían: “Aquí hay mucho dinero”.

A los pies de la zona alta, la iglesia. A los pies de la zona baja: las minas de oro.

***

A partir del kilómetro 98 de la Carretera Interoceánica, el paisaje cambia abruptamente. La exuberancia de la selva tropical –cedros, topas, pachacos, caobas, lupunas, castañas– se transforma en un aspecto lunar, de bosque despellejado y tierra ocre. Nada ha dejado a salvo la minería ilegal excepto unas heridas que recorren cerca del 5% de la piel de Madre de Dios.

– El Estado no recupera ni un sol en impuestos. Las personas que vienen son de otros departamentos. En la comunidad de Nueva Arequipa no somos más de 100 vecinos. Y aquí viven más de 4.000 personas. En Nueva Arequipa están todas las mafias de la minería ilegal–, explica Germán Fernández, teniente gobernador de esta comunidad.

Hasta el kilómetro 115, las explotaciones se esconden en las profundidades de la carretera. Pero entre medias, la zona denominada La Invasión, está el símbolo de un modo de vida nómada, sin ley y con dinero: los camiones de carga invaden la carretera, las prostitutas emiten chasquidos al paso de los hombres, las camionetas transportan maquinaria y un ambiente de caos contenido arman esta población improvisada desde que hace unos años comenzara la fiebre del oro ilegal.

–El 80% de los que trabajan en minería son delincuentes, son personas corridas por la ley, en orden y captura por cometer delitos– continúa el gobernador, apaleado y secuestrado en numerosas ocasiones por combatir esta práctica que primero invade los terrenos, después arrasa con la vegetación y algo más tarde vacía sus entrañas–. El Estado siempre ha tratado de solucionarlo, pero no ha podido debido a la corrupción. El minero ilegal ya sabe cuándo se van a venir a hacer las intervenciones: la policía da la información–, cuenta Germán, también víctima de la minería –un tío asesinado, terrenos suyos invadidos y la amenaza siguiéndole como una sombra.

Era el año 2011. Ollanta Humala había ganado las elecciones y Alan García salía del gobierno: tiempo suficiente como para que avispados de todo el país llegaran aquí, tomaran la tierra y, con una maquinaria ligera –apenas un motor y un chorro de agua–comenzaran a destripar el suelo y a arrancarle cerca de 60 gramos de oro por día y grupo de cuatro trabajadores entre un aliento de cierta impunidad que les anima a continuar ese trabajo. 

Las anécdotas que se cuentan en Nueva Arequipa, conocida popularmente como La Pampa, dan fe de ello. Se habla de asesinatos, de un ritual llamado pago a la tierra donde se entierra a mineros vivos, de robos de delincuentes grandes a delincuentes chicos y de saqueos de la policía a todos ellos.

Dos kilómetros componen La Invasión –107 y 108–: la anarquía consumada. Un gorro, ropa vieja y mucha discreción se recomienda al extranjero que quiera atravesar a pie dos kilómetros –“esto es un caos; diario muere gente: como usted lo oye”, dice Germán– sin leyes, sin policía, con millones y sin su lugar en el mapa.

***

La historia de Huepetuhe es más vieja, pero también más actual. La minería rodea esta población que brotó de una práctica que, desde hace años, se lleva a cabo en la región. Hasta la construcción de la carretera que une a Cuzco con Madre de Dios en el año 2010, Huepetuhe era aún más remota de lo que hoy es. Pero desde entonces, la delincuencia prosperó y a la minería ilegal se le unieron los rateros, la droga y la persecución del Estado a la minería.

–El gobierno nos ha satanizado–, expone Juan Ojeda Gutiérrez, un  minero de 45 años que entró al negocio familiar a los 18 años–. Nos tratan peor que al narcotráfico: por una parte quieren formalizar la minería, pero por otra nos atacan.

Juan, que acaba de bajarse de una impecable camioneta salpicada de barro, llega a comer antes de que el cielo reviente e inunde los caminos de acceso a las 350 hectáreas de superficie que explota junto a seis socios y de las que extirpa unos 50 gramos de oro al día –5.300 soles de beneficio diarios, 15.000 soles de sueldo a los empleados al mes– con su maquinaria pesada. Dragas, retroexcavadoras, frontales: su guerra contra la barriga de Madre de Dios.

En abril del año pasado, una operación del ejército atacó y destrozó muchos de estos campamentos y de sus maquinarias. El proceso de formalización que el gobierno comenzó en el año 2011 apenas cumple las expectativas de un sector que, a pesar de sus mareantes cifras –30.000 millones de dólares y 300.000 personas implicadas, según Daniel Urresti, Ministro de Interior–, no acaba de lograr su asentamiento legal. Pero la rueda de la minería sigue girando: con sus cifras, su deforestación, su mercurio encharcando las aguas y las quejas de los mineros.

–Con una ley prohíben el uso de cargadores frontales y dragas. ¿Cómo puedes formalizar el sector si hay una ley que lo prohíbe? El Estado no nos da alternativas. La Pampa es ilegal pero siguen trabajando mientras a nosotros nos atacan– se lamenta este minero que, en aquella operación de la policía, perdió su maquinaria.

En La Pampa, la minería ilegal sigue su curso. En Huepetuhe, la explotación trata de formalizarse mediante gestiones que caen a cuentagotas y donde el desierto avanza al ritmo que rastrean un oro que ya se agota y buscan más allá comprando concesiones.

En ambas, de lo peor que le pueden acusar a uno es de lo mismo: de ambientalista.

***

–A veces nos da la malaria, nos da diarrea o fiebre interior. Porque el agua es cochina: el barro que lava la minería y la grasa que bota. Un día le han encontrado así una bola, debajo de la costillita, a un pescado. Un tumorcito–, cuenta Matilde Tijé, vecina de Arazaide, la primera comunidad indígena reconocida como tal por el Estado peruano.

En Madre de Dios, la minería ilegal es la cabeza de un animal con muchas colas: las prostitución, la delincuencia, el contrabando –la carretera Interoceánica continúa hacia Brasil–, la tala indiscriminada de árboles (“ellos entran, todito lo voltean”, dice Matilde), la contaminación de los ríos o el acoso a las poblaciones indígenas inflaman aún más un conflicto en continuo crecimiento.

Matilde, junto a otras 100 personas, vive en su comunidad del kilómetro 162, donde poseen 2.000 hectáreas de terreno, aquí y allá del río Inambari. Pero la minería lleva muchos años devorando parte de unas tierras que dedican al cultivo y que el Estado reconoció suyas en 1977.

–Muchos años tenemos problemas con la minería. Se meten sin permiso desde hace 15 o 20 años atrás. Hemos reclamado judicialmente, pero la autoridad no hace caso. Es al otro lado del río, y allí no vive nadie–, dice esta mujer grande, de pelo azabache y ojos rasgados–. No les hemos reclamado nada, pero ahora nos hemos ido a trabajar la mina porque necesitamos recursos.

Y es cuando más se ha han encendido los enfrentamientos. El último, el pasado 27 de marzo: la comunidad contrató a tres hombres para trabajar la mina y dejar en Arazaide un porcentaje de las ganancias. Pero llegó Braulio Quispe, “un minero grande que dice que no tenemos los títulos de propiedad y que ha trabajado nuestro terreno, durante dos años, sin pedir permiso”.

–No existe comunidad, no existen nativos, no existe nada. Y ustedes están robando mi metal– dijo el minero, acompañado de doce policías, el fiscal de Mazuco y un perito.

– La comunidad me ha invitado y yo estoy trabajando, así que arréglenlo con ellos–, respondió el invitado, la persona que había traído la comunidad para explotar los terrenos.

La aventura minera de los nativos había durado apenas una semana en la que arrancaron siete gramos al día en una superficie esquilmada. Varios miembros de la comunidad fueron avisados de la presencia del minero, pero éste huyó junto a sus acompañantes. Tres días después, presentaron una denuncia –una más– ante la fiscalía. Matilde enumera los nombres de otros mineros que han invadido sus terrenos en los últimos años. “¡Hasta nos acusaron de robarles tres kilos de oro!”, se sorprende.

–Aquí te matamos porque tú eres el coimero, tú eres el ratero, tú eres el que recibe los sobornos–, le dijeron un día al antiguo fiscal cuando unos coreanos comenzaron a explotar un pedacito de su tierra, llegó el fiscal y ellos, cuenta Matilde, avisaron a paisanos de diez comunidades aledañas, que bajaron con sus flechas y su furia a punto. Ahora Matilde rememora cómo éste rompió a llorar. “Quiso tirarse al río. No le dejaban respirar los paisanos, pues”.

***

Desde el cielo, la selva se ve remendada con parches marrones y plásticos azules, negros, rojos: las heridas, los toldos, la maquinaria. Pero desde la tierra, este Lejano Oeste tiene aquí su más fiel decorado.

Según Proceedings of the National Academy of Sciences, la minería en Madre de Dios engulle 6.145 hectáreas de selva virgen anualmente, un aumento del 400% desde el año 1999. Esta zona, una de las más fértiles del planeta, ve cómo menguan sus territorios y su biodiversidad.

–Dicen que el mercurio contamina, pero es mentira. En diez años, el bosque se recupera. Mis padres trabajaron en 15.000 y continuaron aquí y si se reforesta, el bosque se recupera–, opina el minero Juan Ojeda.

Pero no dicen lo mismo los datos, ni las fotografías, ni los agricultores y ganaderos. No dice lo mismo el teniente alcalde de Nueva Arequipa, una de las zonas más castigadas y surrealistas de toda la selva: que todos los días muere gente, que todos los días se muerde la reserva Tambopata Candamo, “la última selva sin nombres que ya empieza a tener nombres”. Que dice que todos los días nace un minero.

–Al principio nosotros vivíamos tranquilos. No había prostitución, ni corrupción. Tampoco había delincuencia y la vida era tranquila. No hay mineros en la cárcel, más bien han encarcelado a los agricultores. La ley es ciega. ¿Qué hago yo solo? – se pregunta Germán–. Con esta gente hay que tener mucho cuidado. Cuando una persona se opone a que sigan trabajando, ya te tildan. Te agarran, te golpean, te dicen de todo.

Como en otros sectores donde la corrupción, el empleo y el exceso de dinero circulan sin demasiado problema –Perú se ha convertido en el primer productor de coca del mundo, por delante de Colombia–, el conflicto tiene varios frentes: ¿qué hacer con los miles de trabajadores dedicados a estos menesteres?

–Todo lo que se hace con alevosía, dolosamente, sale mal; todo lo que termina con maldad termina mal. Todo sale mal. Yo mismo digo: si quieres tener algo trabajo consigo todo, pero acá no lo hacen así. Acá se arrogan todo el oro del Perú y ni siquiera dejan nada para el país y mucho menos para la comunidad–, argumenta el alcalde.

De momento, y a pesar de las consecuencias para las víctimas de esa deforestación  (“una bola, debajo de la costillita, a un pescado. Un tumorcito”), la minería sigue regando de dinero, y de furgonetas, y de noche, y de  juego, miles de vidas. Pero también de necesidades de primer orden.

–Trabajar un poco la mina para el sustento de los niños, para los cuadernos del colegio– dice Matilde mientras Nena, su mona, mordisquea una planta y las gallinas picotean el suelo–. La chacra demora un año y cosechas un año nomás, pues. La minería da para sustentarse.