Iban siendo las diez de la noche, me había tomado dos o tres cervezas, decidí marcharme. Pasé el puente para tomar el Metro y abordé el primer tren. Me tocó el tren de la cultura, que estaba decorado con frases e imágenes de escritores antioqueños.

Por Duver Alexander Pérez

– Deberías comprarlo, no he leído la obra completa pero sí algunos apartes y son excelentes.

Giré de inmediato y quien había pronunciado esa recomendación y me incitaba a comprar la Máquina de Follar de Bukowski era Carlos Mario Correa, el periodista que fue corresponsal de El Espectador en los tiempos de Pablo Escobar; el mismo reportero que narró en las Llaves del Periódico su vivencia como cronista en la Medellín violenta durante trece años, el periodista cuyos sentidos le hicieron centrarse en el olor de los tenis nuevos del sicario que le pisoteaba le cabeza, mientras le apuntaba con un arma y vociferaba insultos en nombre del Doctor.

Lo saludé e intercambiamos un par de palabras. Deseaba seguir conversando con él, que me recomendara libros, que me hablara de Aprendiz de Cronista; sin embargo, frente a un universo de libros cualquier persona puede olvidarse de los sujetos que lo rodean. Carlos Mario ojeaba distintas obras, cogía uno que otro libro y hacía un comentario; entonces comprendí que no era el momento para tertuliar, que el cronita había encontrado un escape de la realidad y quién era yo para interrumpir esa fuga.

Se despidió… leí las primeras letras del libro que me recomendó:

“Linda y yo vivíamos justo en frente al parque McArthur, y una noche que estábamos bebiendo vimos que por la ventana caía un hombre, una visión extraña, parecía un chiste, pero no era ningún chiste pues el cuerpo se estrelló en la calle ´dios mío´, le dije a Linda, ´ ¡se espachurró como un tomate pasado! ¡No somos más que tripas y mierda y material pegajoso!´”.

Tras sentir ese desprecio por la humanidad en esas palabras: “No somos más que tripas y mierda y material pegajoso” ¿cómo no comprarlo? ¿Cómo dejar pasar desapercibidas esas letras y las recomendaciones del cronista? Decidí llevarlo conmigo.

Seguí caminando, me topé con una fila y alguien que firmaba libros. Se trataba de Diego Londoño y su libro Medellín en canciones "El rock como cronista de la ciudad". Fue curioso, al ver al joven que brindaba autógrafos y se paraba de vez en cuando para posar en una foto me percaté que siempre percibo a los escritores como ancianos, como seres con canas o como decía León de Greiff: “Porque me ven la barba y el pelo y la alta pipa dicen que soy poeta”.

Salí de ese estante, empecé a caminar por todo el Jardín Botánico hasta que encontré una burbuja que en la entrada tenía una pancarta que decía Radio Periódico El Clarín; debajo las letras indicaban: 1959 – 1988 Archivo Histórico de Medellín. Ingresé, una niña me indicó un lugar donde me podía sentar y puso a mi disposición unos audífonos, me los puse y una voz decía:

     – Clarín dice lo que otros callan 

     – Se le anuncia a la señora Bertha que baje al pueblo con dos yeguas, su tía llegó hace ocho días del pueblo y ya no la puede esperar más.

      –  Óptica Médica anuncia: “Banda de mariposas negras y amarillas tiene azotada a los habitantes de la América. Según se rumora, llegaron desde Alaska”.

 – Aviso parroquial: “Señor Eusebio, por favor reclamar la carta, en ésta su tío paterno le dejó dos caballos y parte de la finca”.

Las sonrisas, incluso carcajadas de las personas que estaban escuchando no se hicieron esperar, aunque realmente el mensaje iba más allá. No era solo la forma y lo jocoso de las noticias, o el tono de las distintas voces que las anunciaban... esas voces tenían una profundidad que remitían al oyente a esos lugares: el pueblo, el barrio La América, hacían imaginar a la señora esperando las yeguas o la manada de mariposas negras y amarillas.

Desafortunadamente –al menos para mí– había mucha gente haciendo fila y se me agotó el tiempo en la burbuja del Clarín. Salí con una sonrisa tonta mientras en mi cerebro no dejaban de retumbar esas noticias tan peculiares.

Al hallarme justo en la puerta, había un grupo tocando violonchelo; los escuché un rato, me tomé una cerveza y ojeaba La Máquina de Follar.

Iban siendo las diez de la noche, me había tomado dos o tres cervezas, decidí marcharme. Pasé el puente para tomar el Metro y abordé el primer tren. Me tocó el tren de la cultura, quee staba decorado con frases e imágenes de escritores antioqueños; a un lado quedó la publicidad, los anuncios de Balalaika, Educación de Calidad al Alcance de Todos, Aprenda Inglés en un día y demás estupideces... por primera vez dejé de pensar en las noticias amarillistas, en el estruendo del regueton, las rancheras y demás; por primera vez me sentí en la ciudad más innovadora, y por primera vez me sentí en Medellín la más educada.