“Yo hago parte de esa generación de periodistas que fue a meterse a la línea de fuego”, dice el reportero mexicano Alejandro Almazán, ganador del Premio Gabriel García Márquez y uno de los invitados a la Fiesta del Libro y la Cultura.

Por Sergio Alzate

Mientras Alejandro Almazán narra  su país, la realidad colombiana se va dibujando en sus palabras sobre México. Las guerras por el control territorial, por el mercado de las drogas, por los ‘mejores’ políticos corruptos, por quién le deja más muertos a una nación cansada de ellos, por las rimbombancias estéticas y extravagantes estilos de vida de los narcos, son vivencias históricas comunes de las realidades colombo-mexicanas.

No por nada, una de sus primeras frases en la charla, llamada En el periodismo no hay héroes. Arriesgar la vida para decir la verdad, es “no es fácil ser reportero en mi país”. Y una empatía, surgida de las mordazas del miedo, se materializa entre los presentes, pues tampoco es fácil serlo en este.

Galardonado en 2013 en la primera edición del Premio Gabriel García Márquez de Periodismo, por su crónica Carta desde La Laguna, Almazán ha visto los peores matices de la condición humana. La forma en que el hombre es un verdugo para sí mismo, para sus iguales. Y ha tenido que presenciar como “los buenos son los malos, y los malos… son más malos”, pues la mano invisible del narcotráfico –una tan o más grande que la propuesta por Adam Smith− ha corrompido las bases de la sociedad.

Y al verlo con su cabello bien peinado, cara afable y con esa amabilidad que se exacerba en las entonaciones de su acento mexicano, es difícil imaginarlo retando a la muerte. Pero lo ha hecho y su aliado, por llamarlo de alguna manera, ha sido el miedo. Y si bien en la teoría se habla de los protocolos a seguir, Alejandro cree que “es el miedo quien te pone el protocolo” en el cubrimiento de temas relacionados con los narcos: cambiar el nombre, el oficio, de alojamiento, de hábitos de sueño a causa de la adrenalina de estar en territorios donde los ‘señores’ tienen soplones por todas partes.

“Yo hago parte de esa generación de periodistas que fue a meterse a la línea de fuego”, dice Almazán, quien antes se había desempeñado como periodista deportivo. Pero dejó sus pasiones a un lado –es amante del fútbol americano− porque un regusto amargo le decía que no estaba cambiando nada con su trabajo. Que el resultado de un juego de básquetbol o saber quién anotó un tanto eran cuestiones baladíes, comparadas con esa realidad compleja en la que la información puede ser un instrumento de denuncia. ¿Y por qué dejar la comodidad por el miedo, por la zozobra? Alejandro cree que, contrario a lo que su terapeuta le dice –una necesidad de resarcir el daño hecho por su bisabuelo, “un matón”−, su niñez influyó en esta decisión.

Creció en un barrio popular de Ciudad de México. “Una  favela, pero en plano”, dice sonriendo al recordar esas épocas de niño en las que su madre tenía una tienda de abarrotes en esa “favela” mexicana. Su primer muerto lo vio a los seis años: un alguien a quien le destrozaron a batazos el cráneo en una cancha de fútbol. Y cada vez que un alguien era asesinado fuera de la tienda de abarrotes, cerraban el negocio “pues en el barrio no se puede ser soplón”.

“Yo de niño cerraba mucho los ojos cuando esto pasaba”, recuerda, “pero cuando llegué al periodismo era momento de abrir la boca, de no cerrar los ojos y de ponerse a escribir”.

Almazán: “No sé para qué sirve el periodismo, pero sé que sirve para algo”.

Detesta a los pedófilos y a los secuestradores. Dice que contra ellos hay que actuar sin piedad y frontalmente, y en su mirada chispea una ira que le tensiona las facciones, a la par que dice “a ellos los voy a joder”. 

No tilda al periodismo como una labor mesiánica de un Moisés liberador de pueblos –visiones que muchos parecieran tener: los héroes con capas, los periodistas todopoderosos−. Pero sí cree que algún fin ha de tener este oficio. “No sé para qué sirve el periodismo, pero sé que sirve para algo”, y bajo esta consigna lucha por poner su grano de arena en el objetivo de crear una mejor sociedad. Y sus textos son un grito de “ya basta” contra las injusticias y la violencia en México.

Conexión México-Colombia: “los mexicanos tenemos la mala suerte de estar al lado de Estados Unidos”.

Al hablar sobre Colombia Alejandro Almazán denota cariño. Expresa que a México y a Colombia las une la alegría latinoamericana. Ese sabor, esa amabilidad que lo hacen sentir en el D.F. así esté en Medellín o Bogotá.

“La única frontera que nos separan son geográficas”, y resalta que tenemos la fortuna, como colombianos, de colindar con países latinoamericanos, hermanos. “Nosotros, en cambio, tenemos un pedo: y se llama Estados Unidos”.

Hay un dicho que dice que ‘no hay mal que por bien no venga’, y Alejandro se alegra al saber que ese vecino del norte, esos gringos, han reforzado el sentir patrio de una cultura que grita a los cuatro vientos “¡Viva México, cabrones!”

Ve en Colombia –con sus problemas actuales, con sus rezagos del pasado tortuoso que tal vez nunca nos abandone del todo− un modelo para superar los problemas que México tiene con la guerra de los narcos.

“No somos muy distintos. Somos más parecidos de lo que creemos. Hasta en el crimen: sus sicarios van y le rezan a la virgen, los nuestros también”, hace el paralelo entre mexicanos y colombianos, “mis carnales” como nos llama.

Lo que nos falta para ser más hermanos, para ser más productivos conjuntamente es “enseñarnos mutuamente, pues somos muy, muy iguales”.