El autor de Rosario Tijeras habla en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín sobre su nuevo libro, El Mundo de afuera, una amalgama de realidad e invención, de investigación y delirio, de literatura e historia reciente. 

 

Por Sergio Alzate

 

Lo primero en que me fijé fue en sus cejas: arcos de granito negro que podrían sostener el peso del mundo. Lo siguiente fue esa extraña mezcla entre nerviosismo y cordialidad; haciéndole pasar del ensimismamiento a la confianza, como la contracción o ensanchamiento de la pupila de un gato. 

 

Jorge Franco, escritor colombiano, ganó en 2014 el Premio Alfaguara por su novela El mundo de afuera. La expectativa entre el público era latente: querían hablar de esa historia, escuchar de ella. En muchas manos destacaba la portada diáfanamente blanca, floral, de ojos azules. Muchos, al terminar la charla, impulsados por lo oído, tal vez por tenerlo en frente, compraron en transacciones rápidas la historia: no todos los días se tiene la oportunidad de que un escritor te firme el libro.

 

Pero me estoy adelantando. 

 

Todavía está allí, en el sillón blanco, sentado y moviendo los pies en pequeños zapateos de ansiedad. Modestamente parafrasea a Manuel Mejía Vallejo, su maestro en el Taller Literario de la Biblioteca Pública Piloto: “los premios dicen mucho y no dicen nada”.  Por eso no cree que este galardón lo lleve directamente a un triunfo en el futuro, pues “tienes que enfrentarte, normalmente, a los retos del escritor”. 

 

Guido Tamayo, su compañero de charla en la conferencia titulada Uno siempre regresa a su primera casa. Recuerdos de infancia en una obra de madurez, le pregunta por el comienzo: cómo, cuándo decidió ser escritor. “Como lector me inicié muy niño; como escritor empecé muy tarde”, responde Jorge. Quiso probarse: hacer algo similar a lo que leía, a lo que le dedicaba tiempo. Y este reto personal surgió cuando se encontraba estudiando cine, otra de sus pasiones. 

 

Aunque confiesa que “una de las principales razones por la que decidí ser escritor era que no tenía que hablar. Y ahora, desde que escribo, me ha tocado hablar más que nunca en la vida”. 

 

Es tímido, pero sabe cómo hacer sonreír a su público. 

 

Rosario

 

Guido pregunta por Rosario Tijeras. Toda historia tiene un punto de partida. Un inicio, un evento catalizador. En el caso de Jorge Franco fue esa figura femenina de una ficción muy verdadera: como él mismo la describe, Rosario “era ficción, pero su entorno era real”. 

 

Y sin fe, movido solamente por el interés de querer narrar algo, empezó a escribir esa historia, que luego desembocaría en una película y en una telenovela colombiana. “Yo, durante todo el proceso de escritura, pensé que esta sería una novela que si acaso se leería en Medellín”, ya que él la sentía muy local, muy arraigada a una realidad enmarcada en un  sitio y un momento específico. 

 

Pero resultó universal. Los padecimientos de una Medellín violenta, lúgubre, a la sombra del hampa traspasó las fronteras; esas mismas que se enaltecen en la Fiesta del Libro y la Cultura 2014. 

 

Aunque un santo le ayudó en su éxito. O mejor dicho,“un Santos”. Enrique Santos Calderón, sin conocerlo, se fascinó por la historia de Rosario Tijeras. Sorprendido, Jorge Franco simplemente le había pedido un espacio en su columna, para que dijera dónde y cuándo presentaría su libro. El resultado final fue que Enrique dedicara todo su espacio de opinión a loar la obra prima de Franco. 

De allí, todo ha sido un despeñadero de éxitos.  

 

Afuera de los recuerdos

 

Desde hace ocho años es padre. Leyéndole a su hija, su Princesa, cuentos de castillos, de reyes, de doncellas fue recordando su niñez. Una en que espiaba a un castillo vecino a su casa. Un palacete enquistado en las montañas de Medellín y no en un paisaje de postal europea. 

 

Pero de nuevo me adelanto.

 

Guido le pregunta por la memoria como materia prima de la ficción. Como herramienta a la que volver y mamar lo que más tarde será una novela. Jorge Franco parece saborear cada sílaba al tartamudear o iniciar una frase: 

 

“Yo nunca he podido confiar en mi memoria, para nada”, responde, “ni siquiera para lo cotidiano. Y fuera de hacerme pasar vergüenzas mi mala memoria, es una complicación en este oficio”. Sin embargo, el primer recuerdo que tiene de su vida es una imagen difusa en la que asegura no hay mucha ficción: ve todo desde la perspectiva de un bebé que viaja en un cochecito; alguien, en quien cree encontrar la figura de su madre, lo arrastra y una falda de cuadros se pliega y tensa a cada paso que da a su lado. 

 

De allí todo es una especulación sobre su niñez. Tiene claro que fue feliz, que no hubo traumas, pero los vericuetos de la memoria tienen grietas que sólo pueden ser llenadas con ficción. Por eso, El mundo de afuera es una amalgama de realidad e invención, de investigación y delirio, de literatura e historia reciente. 

 

El Museo El Castillo era su vecino. El extravagante lugar de residencia de Don Diego Echavarría Misas, un rico empresario antioqueño, en torno a cuyo secuestro gira la trama, era motivo de atracción de él y otros niños que querían espiar cómo vivía una familia ‘aristocrática’. 

El reto fue reconstruir la historia de ese lugar, de ese hombre, de esa época (década del setenta) y de los criminales. El reto era que lo narrado fuera verosímil, pues “si uno tiene un personaje verosímil, se puede contar lo que sea”. 

 

Pero la verosimilitud fue tanta, que ahora “no me dejan entrar a El Museo El Castillo”. Usó los nombres reales de la familia Echavarría en una obra de ficción. No sólo de cualquier familia, sino de una de las más influyentes e importantes de Antioquia. Franco defiende su posición porque “no creo que haya estado incurriendo en ningún irrespeto hacia los personajes. Al contrario: los estaba homenajeando”.