El Barrio Rojo es tal vez uno de los lugares más visitados por los turistas en la capital de Holanda. Una joven periodista recorrió este lugar donde por unos cuantos euros cualquiera puede tener sexo.

Por Valeria Zapata Giraldo (@valerianazg) / Ilustración Silvia Triana Doncel

Era el siglo XVII cuando algunas mujeres de Ámsterdam empezaron a alumbrar las ventanas y puertas de sus casas con farolillos de color rojo para llamar la atención de los marinos y hombres de negocios que desembarcaban en el puerto. Ellos buscaban la calidez y la humedad de un cuerpo femenino, y ellas aprovechaban la situación para cerrar el trato en medio de un fogoso encuentro íntimo a cambio de algunas monedas.

Asombradas estarían las mujeres de los farolillos si pudieran hacer un viaje en el tiempo hasta nuestros días y ver cómo su pequeño negocio en el Barrio Rojo se ha convertido en toda una industria de turismo que tiene como protagonista al placer de lo prohibido.

Siete de la noche. Las nubes lloran por intervalos. Por estas calles estrechas de la capital holandesa por las que transitan cientos de transeúntes, ciclistas y contados vehículos, se asientan casas altas y enfiladas en tonalidades de café y con largas ventanas. Se reproducen por las callecillas y canales como clones, una al lado de la otra sin un espacio mínimo de distancia.

Girando a la izquierda, por detrás del Monumento Nacional de la Plaza Dam, se vislumbran tiendas y establecimientos, cada una con un tinte particular. La primera de ellas, La Condomerie, especializada en la elaboración de condones, expone en su vitrina diversas bolsitas alargadas de látex, cada una con un motivo distinto: de zanahoria, de cabeza de diablo, de la Torre Eiffel y hasta de la familia Simpson. Esa misma calle está adornada de banderas arcoíris sobre las entradas de bares temáticos, cada uno con sus requisitos de entrada: tener el pecho peludo, ir disfrazado, etc. Otros más extremos ofrecen, por ejemplo, el servicio de dirty dicks, en el cual el hombre que ingrese ubica su miembro en uno de los orificios de una pared a condición de que permita que alguien que está al otro lado del muro haga con él lo que se le antoje.

Girando de nuevo por una callecilla estrecha, y pasando por la iglesia más antigua de la ciudad, la Oude Kerk, que ahora funciona como centro cultural, se llega al climax del Barrio al encontrarse con las casas que tienen vitrinas vestidas de rojo y adornadas con luces del mismo color. Detrás de ellas se exponen mujeres de ropas estrechas, la mayoría con cigarrillo en mano, que mueven sus caderas de vez en cuando. Con su mirada intimidante detectan a los miles de turistas que pasan a ver esos cuerpos a la venta, de los que cuelgan senos de hule, grasa -en el caso de las más “maduritas” de la calle latina-, sudor, cenizas de tabaco, rutina, hastío, ambición.

En esos escaparates alquilados, las damas que trabajan en el único negocio legal de prostitución en el mundo reciben a sus clientes. El negocio empieza a tomar forma cuando la chica detrás del cristal y el hombre que la contempla hacen contacto visual, y se pisa cuando él se acerca a su ventana y le pregunta por el valor de sus servicios. Normalmente tiene un precio base de 50 euros por 20 minutos; eso sí, el precio “no incluye accesorios”, como diría en las cajas de las muñecas Barbie, y hay que pagar una suma extra por cada adición sexual que quiera agregar a su paquete.

Cerrado el trato, el hombre hace el pago e ingresa por el vidrio para reclamar lo que le corresponde en una cama trasera a la cortina.

Y como la clave del éxito de este negocio está en la variedad, en el Barrio Rojo o De Wallen hay mujeres y locales para todos los gustos. Está la calle latina, la calle transexual en la que, curiosamente, se encuentra un hostal cristiano, la calle de Europa del Este, y una callecita, la segunda más angosta en Ámsterdam, en la que solo se puede transitar en fila india y donde se ubican, a lado y lado, las vitrinas de las mujeres más atractivas del Barrio.

Si lo anterior no suena suficiente y convincente, las llamadas Casa Rosso también se encuentran allí - identificadas por el dibujo de un elefante rosado que se asemeja a Dumbo- y ofrecen teatro sexual en vivo a 40 euros por persona. Dado el caso de que se ande corto de presupuesto, la Casa también cuenta con una entrada a la izquierda y otra a la derecha en las que por dos euros se puede entrar por dos minutos a una sala donde se ponen los ojos en un par de orificios para ver una escena sexual en vivo en una plataforma giratoria del otro lado del muro, o si se escoge la otra opción, entrar a una cabina privada donde se proyecta una película porno.

Al salir del Barrio Rojo, siento hastío. Su banalidad aquí y allá en sus vitrinas, en sus tiendas sexuales, en sus casas Rosso, en las risitas nerviosas y miradas curiosas de los turistas, no delata más que un mero hedonismo y una euforia colectiva en torno al placer. El ritmo de esos bailes desgarbados, ambientados en el humo de un cigarrillo y la mirada de las mujeres que han hecho de esos escaparates su sustento, delata la desmitificación del erotismo y ofrece el sexo sin veladura ni provocación alguna. Pues, en nuestros días, acceder a la acción de esa palabra de cuatro letras que se nos mete por las piernas resulta tan sencillo como echar algún antojo en el carrito del mercado.

Este texto fue publicado inicialmente en la edición 186 del Periódico Nexos, de la Universidad Eafit.