Los visitantes siguen la estela de Caminito, el tango, el fútbol y el espectro de otra Boca, guiados por los colores surgidos en la imaginación de Quinquela Martin.

Por Mauro Salvador

El barrio de La Boca, su puerto, sus barcos e incluso Caminito no serían los mismos sin su presencia. Pasaron 40 años desde que los colores menguaron y en los conventillos, proas y telas faltan los trazos únicos de su espátula barrial con espíritu mundial. Pintó tres mil obras, recorrió y expuso en los principales museos de arte en las décadas del 20 y 30 del siglo XX; le negó un cuadro a Mussolini y el presidente Marcelo T. Alvear visitaba su taller; creó la “Orden del Tornillo”, donde participaron artistas e intelectuales; fundó un museo y donó terrenos para escuelas, guardería y jardín, un teatro y un hospital, que hoy utilizan los vecinos y recorren miles de turistas.

Para imaginar de dónde salió esa inspiración e impulso arrollador salgo tras la
pesquisa de Benito Quinquela.

Llego hasta La Boca y empiezo por la esquina de las avenidas Pedro de Mendoza y
Almirante Brown. En esta zona de carbonerías trabajó Benito Juan Martín, junto a su familia, la cual lo adoptó a la edad de siete años. Se cree que nació en 1890. La madre, Justina, de Entre Ríos, y su padre Manuel Chinchella, italiano, vivieron en conventillo, como muchos de los genoveses, calabreses, napolitanos, rusos, checos a la par de miles de criollos llegados de los campos pampeanos, del norte profundo, a las orillas de la ribera, al arrabal.

En la capital argentina desde sus inicios todo fue barco. El primer gran puerto fue en esta zona sur, y La Boca su epicentro. Río y barcos: cargadores, veleros,
remolcadores, buques. Entrando y saliendo, saliendo y entrando. Las retinas del joven Chinchella crecieron observando la vida y obra de los navíos. Benito fue testigo entre el futuro y aquel presente que ya empezaba a ser pasado.

***

Quinquela 1(1)

Tengo los dos puentes a mi izquierda, la famosa Vuelta de Rocha a la diestra, y en
frente el añejo cauce de agua por el cual el barrio debe su nombre: el Riachuelo; el
nivel es bajo y está planchado. Me dejo imaginar y los invito. Imagínense que son
adoptados por una familia humilde en un barrio popular; imagínense tener que salir a trabajar de chicos; imagínense creer que ese es el futuro que los esperará: seguir cargando, tener que abandonar el colegio. Imagínense ver cómo las horas de esfuerzo y sacrificio se van en barcos, en carros o camiones, del puerto a la ciudad, y sólo se quedarán con las manos curtidas, los hombros cansados y la espalda corva.

Imaginen, ahora, pintar un cuadro a principios del siglo pasado ¿qué colores
pondrían, tal vez muchos grises, algo de blanco, principalmente negro, capaz unas
pinceladas de marrón oscuro? En “Barcas pesqueras” están, y sin embargo, son 
absorbidos por el rojo, el naranja, el celeste, y azul, donde todo es vida aunque nada
se mueva, aunque esas barcas estén en reposo y su día de trabajo haya terminado;
juntas esperan salir nuevamente. Esa era la imaginación del joven Benito Martin.

En aquellos días, cuando era un carbonero y entre carga y carga “garabateaba”, con
carbonilla, sobre cartón retratos de vecinos, pensaba en cómo ganar tiempo para dejar salir ese impulso irrefrenable. Fue entonces cuando llegó el destino en forma de Director de la Academia Nacional de Bellas Artes, Pio Collivadino, y empezó el camino de largo ascenso. Sus cuadros boquenses invirtieron la ansiada inmigración nacional: viajaron a España, Italia, Inglaterra, Francia, Brasil, Estados Unidos.

***
Enfrentado a la costanera un edificio ocupa toda una esquina y al ver a un vecino,
decido acercarme. Así nos conocimos. Juan está en su balcón, y el balcón tiene
plantas y entre esas plantas está su gato escabulléndose hacia las palomas; me invita a subir. Desde ese balcón se ve el Rio de la Plata, la curvatura en el horizonte y el fantasmal espectro del recuerdo. En sus 75 años de vida, 74 son en La Boca, y ante la pregunta si conoció a Quinquela, Juan es categórico: un prócer.

El sillón da al riachuelo y Juan, al sentarse, contempla el paisaje ribereño. Mira unos segundos en silencio y el gato se abalanza sobre él, lo muerde y ronronea. Soy como su novia y madre, explica. Vuelve sobre la pintura, los artistas, su paso por talleres de dibujo, la familia y un mundo bohemio. Juan cuenta su anécdota más referida.

–Fui, me senté –frente al riachuelo– y me puse a pintar. Pasa Quinquela. Cuando
pintas al oleo tenés siena, amarillo, cadmio claro, amarillo, azul. Los pomitos son
chicos –toma su dedo meñique–. El blanco era tres veces más grande porque se usaba permanentemente. Pasó y me dice: nene, te falta blanco. Se fue a la casa y volvió con un terrible –muy grande- pomo de blanco.

Juan conoció otra Boca, llena de embarcaciones, gente en movimiento, en trabajo, de artistas, de cantinas repletas, de Bancos italianos que ya perecieron. Destaca su paso por la carrera de Historia y florea su memoria, me llama hacia el balcón, dice poder ver cuando se forman las tormentas y anticiparlas; señala el viejo transbordador.

–De 1914, quedan 7 u 8 en el mundo, es un como una Torre Eiffel–. Observo el puente de hierros vigorosos, nuevamente pintados de gris. Imagino aquella Boca, la que vivió Juan y soñó Quinquela.

***
Dejo a Juan y empiezo a distinguir, sobre la misma vereda, edificios de frente regular y amplia galería, uno es la Escuela Nº 9 Pedro de Mendoza, en la esquina el Hospital Odontológico Infantil, y antes el teatro La Ribera. Tienen un denominador común: fueron creados a partir de la donación de terrenos por parte de Quinquela. La escuela de educación primaria se inauguró en 1936, funciona en el primero piso, en el segundo, Benito creó el Museo para pintores argentinos, y el tercer piso y terraza fueron vivienda y taller hasta su fallecimiento.

Entro al Museo, por el costado de la escuela, empiezo a subir las escaleras, veo sus
cuadros y los de otros artistas, curados cuidadosamente, lleno de colores. Subo hasta el tercer piso, de un costado está lo que fue su habitación, el piano, y en la pared se destaca:


Al contemplar entiendo las palabras de Benito Mussolini “Lei è il mio pittore” –Usted es mi pintor–, y aquel día de 1929 cuando le entregó un cheque blanco a Quinquela, la obra magnificada en el tiempo recobra fuerza ante el rechazo del pintor y el deseo de que su cuadro favorito permaneciera en La Boca.

***
El corto paso por una academia potenció al máximo la frase de Auguste Rodin: “El
arte es fácil. Todo aquello que exige excesivo esfuerzo de creación no es arte personal ni verdadero”. La libertad creadora de Benito halló cobijo con el maestro italiano Alberto Lazzari, asistió a unas clases y nunca volvió. Compartió generación y pertenencia, por un tiempo, con otros artistas: Lacámera, Torre Revelo, Regino Vigo, y varios otros, conformaron el Grupo del Pueblo y dejaron un manifiesto.

La formación de Benito estuvo guiada por la intuición autodidacta, lecturas afanosas y realidad cotidiana: la lucha por sobrevivir, pintar a fuerza lo que impresionaba su alma y mente, el trabajo diario. Los astilleros, los obreros, las carbonerías, los barcos de porte, el pasaje de la quietud aparente a la lucha constante contra la naturaleza. La modernidad, preciosa palabra malgastada, encontró un intérprete moldeador a base de perseverancia. Ante la negativa del padre Chinchella sobre la vida de artista y el malgasto de tiempo, el pintor decidió vagar y seguir su impulsos. La trampa del arte se revela, es innecesario y la vez persiste en la necesidad básica de trasmitir.

***
Emilio Zone nació, creció y vive en el barrio de La Boca, nadie lo conocería hasta
llamarlo “Lito”, el fabricante de la zambomba –tambor a fricción– para la murga oficial del barrio; el hincha de River Plate, la contra de Boca Juniors, porque su gran pasión siempre fue el fútbol. Lito tiene una particularidad: fue cuidador del Museo Benito Quinquela por 30 años.

Quedamos de encontrarnos en su casa, y como buen anfitrión me invita a tomar unos mates; entro al hogar de sus abuelos, al de sus padres: un pasillo conecta el frente de la calle Práctico Póliza al corazón de la cuadra, abajo vive él y arriba una hija. Al preguntarle por Benito queda sorprendido, y comenta que hoy en día todo se puede leer y buscar en Internet, pocos preguntan a los que vivieron cerca de él.

–Estuve viviendo más que Quinquela y más que muchos, ¿entendés?, le estaba
cuidando la casa a Quinquela –reflexiona acariciando su barba gris–. Mis hijos nacieron en el museo, su infancia y su juventud.

Me doy cuenta que no aparenta sus más de seis décadas, tiene un aire jovial y los
lentes sin marcos y patillas gruesas favorecen. Las anécdotas del barrio y los amigos, la infancia en conventillos, los carnavales de La Boca, lo mejores de la ciudad según su experiencia, y el cambio de épocas son los temas que fluyen.

–Mi hija es bibliotecaria, también trabaja en el Museo, mi hijo –montajista de obras–, mi señora, le copamos el Museo –suelta la risa de su voz carrasposa.

Lito no rehúye a las preguntas, hurga e intenta recordar. A veces cuesta, dice, porque uno se olvida o no lo tiene en cuenta, o en esos momentos no le da importancia.

–Para nosotros era uno más del barrio, aunque haya sido un pintor famoso. Nadie es profeta en su tierra, nunca se lo reconoció por lo que fue Quinquela. Gracias a él
tenemos el barrio que tenemos, si no hubiera donado todos esos terrenos, qué se yo
que sería este barrio.

“¡Nadie es profeta en su tierra!” las palabras estremecen, recuerdo la misma frase de Pedro Alcázar Civit, periodista que entrevistó Benito en el año 1930 y mencionó su fama internacional, sin embargo, el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires todavía no tenía cuadros suyos.

Al recordar, Lito recupera fragmentos, le comenté sobre los edificios, la Escuela Nº9 y las mil historias que habrá.

–Yo fui a ese colegio. Una cosa muy loca, que nunca lo vi en ningún lado: a la mañana, se paraba la clase. Nosotros decíamos ¿qué pasaba?, entraban 4 ó 6 personas, eran turistas; –pausa y acomoda el mate– porque en cada aula hay un cuadro de Quinquela, en mural. La gente entraba, miraba, había alguien que le explicaba, salían y la clase continuaba. Una cosa muy loca.

Insisto si recuerda cómo era físicamente Benito o alguna característica particular.
Siempre se lo veía con el pucho en la mano –dice como si lo viera–, le pegaba tres
pitadas y se consumía el cigarrillo; siempre en la calle, hablando, pintando, y no era
fácil de tratar porque tenía su carácter.

Lito destaca en las historias de los mayores la generosidad, le ofreció a tal o pidió
materiales para aquel, así las voces le llegaban sobre el pintor de La Boca. Pasos
cortos, con su delantal de pintor, en recorrida por el riachuelo, o tomar un café en La Perla, discutiendo de política, arte o los problemas del barrio.

***
Algunas anécdotas del color.

Nótese en los hospitales, clínicas o consultorios en la parte de pediatría y niñez los
ambientes cambian: carteles con referencias a animales o dibujos, palabras dulces,
atmósfera cálida y colores, varios colores, el blanco sórdido de los azulejos y paredes dan la sensación tétrica a los chicos; Quinquela percibió la alegría que transmiten los colores, entonces pintaba los sillones de espera y salas del Hospital Municipal Odontológico Infantil (hoy lleva su nombre).

Los habitantes del barrio aseguran que los trolebuses o colectivos llegados a la Boca
eran reconocidos por una particularidad, iban pintados de verde, azul, algún amarillo. Circulaban por el barrio y salían a difundir la noticia: en La Boca los vecinos junto a Quinquela Martin salen e identifican su pertenencia, sean conventillos, murales o cuadros.

En los últimos años de vida Benito tenía una persona que lo ayudaba con distintas
cuestiones personales y le cocinaba. El pintor pedía los fideos tricolores: no importaba la forma, importaba el rojo, el verde y el color candeal, del trigo, o blanco, al huevo.

Hasta su propio ataúd había pintado y guardaba, cuando llegara el momento sería
recordado por la misma paleta de colores que usó.

Tardaba meses en masticar la pintura y horas consumidas como nafta al fuego en
terminarla, su imaginación era el principal lienzo, y utilizaba sólo espátulas, el artefacto de los albañiles que rodeaban su amado barrio. Barrio que dio en 1904 el primer diputado socialista en América, Alfredo Palacios.

Sigo en el Museo de La Boca, en lo que era su taller. Veo e imagino. Un hombre
octogenario contempla la ribera, de espalda, la calvicie lustrosa, encorvado. Su
postura es tranquila, observa lo que siempre observo: el riachuelo y la Boca, su gran
invento. La figura de Quinquela termina de esbozarse.

***
Bajo hasta la avenida del primer fundador de la ciudad, Don Pedro de Mendoza, y
sigo camino hacia el bullicio. Los turistas invaden las calles convertidas en peatonales, Iberlucea-Magallanes, a sus costados flanquean puestos con cuadros, suvenires que adornaran lejanas paredes, bailarines al ritmo del dos por cuatro junto a reciclados paseos y restaurantes. Todo rodea un lugar: Caminito.

Un terreno baldío –desvío de ferrocarril– fue el lugar ideal para llenarlo de luz y
color, el arte expuesto al barrio y el barrio como arte. Así lo soñó Benito y junto con los vecinos, a otros pintores y artistas se sumaron al desafío. Y nació este rincón en La Boca, de emblemático empedrado, de recorrido semicircular, al cual Juan de Dios Filiberto dio armonía en milonga. Filiberto, buen amigo de Benito, vivió en La Boca y sobrevive en las miles de interpretaciones, como la de Carlos Gardel, el “Zorzal criollo”, el mismo que cantara por 1926 Aquella cantina de la ribera: “…Como el mar de humo las viste, como en la gama doliente del gris, parece un tela muy rara y muy triste que hubiera pintado Quinquela Martiiin”.

Entro en aquel túnel de conventillos y “recuerdos”, en una pared verde distingo una
pintura en azulejos. El agua se impregna con pincelazos seseados, de azul, blanco,
los barcos de velas amarillas salen de los extremos y en el medio se ven las figuras en franca faena, con hombros cargados, pesan y pasan. De fondo la humareda de la
ciudad pujante, en tono de grises, la luz se aploma sobre el naranja, el rojo. La obra es “Día de trabajo”, pertenece a Quinquela y trabajo de Ricardo Sánchez.

Salgo y encuentro el inconfundible aroma de la grasa pasando por la carne y
goteando hasta las brasas; parejas y familias suben postales instantáneas a la red. Me topo con las vías del tren, llevan a estación Casa Amarilla, huellas de la ciudad al riachuelo, en un costado, sobre pequeños escalones está escrito: soy invisible, lo
único que ustedes están viendo es mi voz.

***
Retomo hacia Vuelta de Rocha, la mañana se desvistió de niebla y el reflejo del
aceitoso Riachuelo marrón muestra botellas, cubiertas de autos, bolsas y mezclados
dos pequeños patos de oscuro plumaje, zambullen sus cabezas, sin percatarse de los barcos recolectores de basura, ni de los colectivos, ni de la sonora ebullición de
camisetas azules y amarillas que se congregan en torno a la mítica “Bombonera”.

Se ven los camiones desfilar de uno y otro lado de la ribera, enfrente las grúas apilan contenedores, imitan garras que sujetan a cachorros y los depositan. Falta algo en elpaisaje, algo entre los dos puentes transbordadores, hermanos custodios entre La Boca y el ancho Río de la Plata. Falta el elemento que tanto retrato Quinquela.

–Considero que el barco tiene tres momentos: el nacimiento en el astillero, la vida
activa en las aguas y la muerte en el cementerio de barcos. Como los seres humanos
los barcos pasan por tres etapas: esplendor, reparación y cementerio. Palabras de
Benito Quinquela Martin.

Reflexiono, mientras observo el riachuelo, sobre lo que parecería una obviedad: en
verdad nada muere del todo, se transforma, es reciclado y vuelto a crear. Aquellos
barcos que hoy no están, y pasaban ante la aguda mirada de Quinquela, viven en sus cuadros, llenos de fuerza, color y crudeza. Sin arrepentimientos.

Hoy el barrio junta nombres de oficiales, sargentos, almirantes, pintores, médicos,
abogados y por esas calles se cruzan conventillos, clubes de barrio, comedores
populares, fábricas abandonadas, bares, teatros comunitarios, murgas y comparsas; los grafitis conviven con los murales, y poesía escrita en paredones; los visitantes siguen la estela de Caminito, el tango, el fútbol y el espectro de otra Boca, guiados por los colores surgidos en la imaginación de Quinquela Martin.