El país, finalmente, termina siendo un rompecabezas mayor, de colores y olores aún por descubrir. Solo el recuerdo de recorrer Teotihuacán de nuevo, motiva mi regreso.

Texto y fotos Dairo Correa

El frío habitual de las noches del Oriente de Antioquia es el preámbulo. Un poco de impaciencia esperando el vuelo a México, territorio que demarca los confines del mundo latinoamericano. Finalmente, el anuncio de la aerolínea para abordar el avión, y lentamente la claridad del día pronto deja observar las montañas primero, y luego, la llegada del azul tradicional del mar. 

En la memoria tenía tantas imágenes de telenovelas, películas, obras de arte, arquitectura y folclore del país, que básicamente solo me faltaba encontrarme directamente con los lugares, los objetos y las costumbres mexicanas. El viaje fue pensado para percibir algo del legado indígena, el mestizaje de los siglos recientes de historia, la modernidad de la capital, el desarrollo de los balnearios turísticos, la forma de las tierras áridas, y aprender de las rutinas de los pobladores y sus gustos. 

Acostumbrado al mundo compacto andino, México me sorprende por su grandeza y opulencia. Desde el aire, mientras llego al aeropuerto Benito Juárez, la mancha urbana de la Ciudad de México (ahora Estado de México), me impresiona. Con una impecable simetría, se distingue el Paseo de la Reforma con sus rascacielos, el bosque de Chapultepec, varios de los parques y las plazas públicas. Son minutos de expectativa mientras el avión desciende a la pista y los viajeros ingresamos al interior del edificio aeroportuario que, siendo grande, va a ser superado por una nueva terminal aérea de mayores dimensiones. Tras caminar, caminar y caminar en el aeropuerto buscando una salida, los turistas notamos de inmediato los productos típicos en los restaurantes: tacos, quesadillas, tortillas, panes y los miles de chiles. 

La ruta que tracé en México se concentró en el Caribe y el centro del país. El primer destino fue Puebla, una de las ciudades más antiguas del continente. No es difícil encontrar transporte porque desde el mismo aeropuerto viaja un bus. Con todo, el cansancio de una noche sin dormir y la ansiedad, poco a poco el paisaje de valles y montañas bajas, de una vegetación nueva, me entretiene mientras llego al centro de la ciudad. El cambio de moneda y la geografía urbana concentran mi atención. Las calles de Puebla son rectas, trazadas siglos atrás, demarcadas por edificios suntuosos, iglesias, conventos y plazas. En las paredes no es extraño encontrar información que narra la historia de las construcciones. Es impresionante descubrir que la casa, el templo, la capilla o las mismas obras pictóricas que adornan los espacios son del siglo XVI, XVII y XVIII. Como historiador me fascina cada detalle, las esquinas, las piedras de los muros, los retablos de los altares, el baldosín de las fachadas, el trabajo con el hierro, las esculturas y coloridos mercados. La tradición refiere que esta es una ciudad de españoles, separada de los indígenas, ubicada en un valle amplio, punto intermedio entre la costa y la antigua capital Azteca denominada México por los conquistadores europeos. 

Puebla refleja mucho de las élites regionales. Solo construirla con su opulencia necesitó cientos de años. Las casas de habitación en su centro histórico son normalmente de dos plantas, con fachadas adornadas, coloridas. Es un lugar abarrotado de personas y carros, con escasas motos. 

La ciudad tiene un activo comercio, una buena gastronomía, y en diciembre un clima frío de cielos azules. Entre los lugares que recorro, no puede faltar uno de los cementerios con su culto a los muertos. Llama mi atención que el cementerio público colinda con uno privado, el Cementerio Francés, al que no me dejan ingresar. Lo anecdótico es que los franceses le hicieron la guerra a México, y la misma Puebla fue semidestruída en el siglo XIX por los cañones del ejército invasor, y todo, para luego darles un espacio funerario e importar modismos franceses en la arquitectura y mobiliario urbano. 

Un día de viaje demora el arribo a Campeche. Una bonita sorpresa. De los lugares conocidos, esta ciudad tiene el más conservado centro histórico, a excepción de sus murallas que fueron derribadas cuando la misma ciudad creció con su comercio. Entre colonial y republicana, la arquitectura es vistosa y colorida. Calles rectas, una amplia plaza central, los barrios que bordean la costa y una tranquilidad constante, me quedan como recuerdo. Es el destino escogido para el fin de año. El clima cálido, sin lluvias, de poca brisa, es constante. De menor tamaño a Puebla, este otro destino refleja como muchas otras urbes mexicanas, el mundo antiguo por contraste con la parte nueva, de edificios  modernos, barrios más populosos y caóticos. Es simpático que tratando de evadir los picantes de la comida local, la comida china es una buena opción. 

De Campeche viajo a Cancún, uno de los ejes del turismo internacional. En el Caribe, la región tiene la particularidad de haberse planeado para la inversión del gran capital, con sus hoteles de playas privadas en pocos kilómetros de línea costera. Todo parece nuevo. Es relativamente reciente la construcción de la parte más urbana, con sus avenidas y parques, con el habitante tradicional, lo mismo que los grandes edificios para albergar a la población flotante que llega por miles a disfrutar del mar azul, de olas grandes y cielos despejados. No hace tanto frío en Cancún, pese al invierno. Estar bajo el sol, observar la arena blanca, mirar las parejas tranquilas descansando y un silencio constante, me gusta. 

De Cancún fácilmente viajo a Chichen – Itza, un asentamiento prehispánico Maya que alberga centros ceremoniales destacados. La arqueología en México ha desenterrado una historia legendaria de civilizaciones locales, siendo esta una de las más representativas. Sin embargo, entre tantos miles de turistas en el mismo lugar y cientos de vendedores ambulantes, la experiencia se hace pesada. 

En este destino igualmente conozco un cenote pequeño de aguas cristalinas, y luego recorro algunas calles de Valladolid, una de las ciudades desde las cuales los españoles proyectaron la colonización de Yucatán. 

Mérida marca la mitad del viaje. La capital de Yucatán, ha ido perdiendo su dinamismo económico. Como los otros asentamientos de españoles en la colonia, la ciudad conserva edificios antiguos, públicos y privados. Su centro histórico cuenta también con obras arquitectónicas más recientes, que son importantes ejemplos de las construcciones republicanas como teatros, bancos y viviendas de las elites. El trabajo de los artesanos no es tan extenso y variado como en Puebla, pero es igualmente interesante. Al caminar sus calles, a medida que el transeúnte se desplaza a las afueras de la ciudad, me sorprende las cientos de casas abandonadas por todas partes, construcciones que amenazan en ruina en diversos casos. Los pobladores relatan, al respecto, que sus vecinos se fueron para Cancún y el Norte donde las condiciones económicas son más atractivas. Y deben serlo, porque las casas deshabitadas son lugares amplios, bien ubicados. Igual ocurre con el cementerio de la ciudad, plano y extenso, de tumbas viejas, muchas abandonadas a su suerte y deterioro. 

Mexico 2

Por esas cosas de historiador y la nostalgia del pasado, opto por visitar Veracruz. El punto intermedio fue Ciudad del Cármen, destino turístico que paso de largo. A Veracruz, el puerto más importante durante la ocupación española, basta un día para recorrerlo. Unos cuantos edificios históricos no dan cuenta de la relevancia que tuvo la región durante los siglos de la dominación española. Como suele pasar en México, los monumentos y las estatuas de bronce están por todas partes. La independencia del país, los héroes de las guerras civiles y las guerras internacionales, aparecen en los principales escenarios públicos como plazas, glorietas, avenidas. El culto al pasado glorioso, principalmente a las figuras masculinas, se refuerza con el nombre de las calles que están marcadas de personajes indígenas y los apellidos de figuras políticas destacadas como Hidalgo, Juárez, Morelos, Cárdenas, Alamán, Zapata y decenas más.

Una de las urbes más grandes del mundo, Ciudad de México, es mi último destino antes de regresar a Colombia. Habitar por unos días el centro completa las impresiones inciales sobre este país. Estando en México parece que no hubiera nada más al sur del continente. Hay elementos culturales muy fuertes, como bien se expresa en la alimentación local, de preparaciones habituales. La ciudad es imponente en su centro, pese a hundirse en su monumentalidad, literalmente. Edificios antiguos por problemas en el suelo sobre el cual se construyeron (lo que antes fue un lago), a simple vista amenazan en caerse, pero extrañamente permanecen así, en un equilibrio increíble. 

Ciudad de México resume etapas de la vida latinoamericana. La búsqueda de identidad es notoria. Se evoca al mundo indígena desenterrando los centros urbanos Aztecas, se mantiene el legado católico, se incorpora la estética europea decimonónica en edificios republicanos y se introduce la arquitectura funcionalista norteamericana con las grandes torres cubiertas de vidrio en la zona financiera. Los grandes museos representan y muestran las transformaciones culturales del país, dando mayor peso a las civilizaciones prehispánicas, el proceso de independencia de España, y las transformaciones que el orden político instaurado por la Revolución de 1910 generó. Desde la capital se proyectan los idearios de país, la identidad, los valores, las prácticas. 

Los noticieros de televisión se ocuparon permanentemente de cubrir las próximas elecciones presidenciales, que no obstante los episodios típicos de corrupción, perfilan la continuidad de las mismas elites en el poder. Los medios de comunicación, asimismo, transmiten la vida urbana en comedias de la vida en los vecindarios, en las familias populares por oposición a los barrios de clase alta. Pese a lo cual, la televisión es incapaz de retratar la heterogeneidad del país, con sus flujos migratorios, con sus complejas expresiones culturales y las historias cotidianas de los rincones apartados.

Tener la piel reseca por el frío permanente no es obstáculo para caminar y caminar. La Universidad Nacional Autónoma de México, Tlatelolco, el Santuario de la Virgen de Guadalupe, el Bosque y castillo de Chapultepec, el edificio Soumaya, el Panteón Español, el Metro, la Torre Latinoamericana, el Palacio de Bellas Artes, el edificio de la Lotería de México, la plaza de la Constitución, se vuelven mis referentes más cercanos. Es interesante despertar en las mañanas, desayunar en la Panadería Madrid, transitar sin prisa, visitar mercados y escuchar a los mexicanos en sus conversaciones rutinarias. 

El país, finalmente, termina siendo un rompecabezas mayor, de colores y olores aún por descubrir. Solo el recuerdo de recorrer Teotihuacán de nuevo, motiva mi regreso. Pero también es interesante el reencuentro, tras horas de viaje, con el verde de las montañas y paisajes, con la humedad y la vida sencilla de Medellín, tan cálida como siempre.