Venezuela vive sumida en la peor crisis política y económica de su historia. Desabastecimiento de alimentos y medicamentos, hiperinflación, inseguridad, represión y desinformación. La tensión es pan de cada día en las principales ciudades, mientras sus ciudadanos anhelan desesperadamente una pronta solución. Sin embargo, aún desconocemos mucho de su realidad cotidiana. Por eso le pedimos a la periodista Dulce Pérez Colmenárez que nos contara, a modo de diario, cómo viven los ciudadanos de ese país en tiempos de la revolución chavista. Tercera entrega.

Por Dulce Pérez Colmenárez / Foto La Patilla

—¡Oligarca! 

Así, seca y directamente, me responde el chófer del metrobús que va en dirección a Las Mercedes, cuando le pregunto por qué al señor le cobra 6 bolívares por el ticket y a mi 10. 

—Porque tienes pinta de oligarca.

Simplemente me río, mientras trato mentalmente de acordarme qué era un billete de 10 bolívares. No son 1.000 bolívares, ni menos de 10.000 ¡Dios, sí, aquí tengo un billete de 10! Un papel que perfectamente pudiéramos usar para marcar un número, una dirección. Como si se tratase de una hoja de papel reciclada, pues ese es realmente su valor. 

¡Nada! Eso siento cuando el chófer sigue insistiendo en que no me dará el vuelto, porque si no hago nada con 10 bolívares, menos con 4. Así que me siento en el metrobús mientras veo las calles descompuestas con su ambiente gris. Entonces pienso que esta había sido una de las zonas más prósperas de Caracas y ahora es casi un fantasma. Al pasar por el Centro Comercial Tolón se pueden divisar más de diez cajeros del Banco Provincial repletos de personas. ¡No hay efectivo, señores! 

Voy hacia el Banco de Venezuela donde la historia es la misma. Me dirijo al Paseo Las Mercedes, donde el cajero del Banco Mercantil es simplemente un recuerdo de algo que se suponía daba dinero para disfrutar de los locales del mall. ¡No!, para nada que no me arrepiento de pelear con el chófer por 4 bolívares, pues una carrera mínima en un taxi ronda los 15.000.¡No me voy a amargar! Disfrutaré de mi obra de teatro del Grupo Actoral 80, una comedia para no pensar en Venezuela. 

Sí, risas, alegría, en medio de una sala que no llena ni la mitad y donde a las afueras te puedes tomar un trago por 20.000 bolívares y eso rezando que el punto electrónico pase, pues las líneas de telecomunicaciones son las mismas desde hace años, pero con más solicitudes por el problema de la falta del efectivo y el robo de los cables de fibra óptica. 

Veo el reloj. Se acerca la hora maldita: siete de la noche. Y así de maldita porque todos salen corriendo a buscar transporte, pues a las nueve de la noche puede ser que te agarre la sayona, para no decir malandro, secuestro, matraqueo. Pero, ¡ups!, no tengo los 15.000 bolívares del taxi. Si uso la aplicación móvil Nesko puedo pagar con tarjeta de crédito, pero la gracia me puede salir el doble. Así que rezo a un ángel de la guarda, me meto por el estacionamiento del mall y camino en dirección contraria a los carros para salir a la avenida donde se puede ver algo de luz. De allí, debo caminar dos cuadras oscuras hasta la parada del metrobús. Allí se nota la tensión del reloj, del carro que no llega, que todo se retrasa. Después de unos minutos llega el bus rojo que le compraron a China, se abre la puerta, subo con mi billete de 10 bolívares. 

—¡Déjalo así!, por favor. 

—Es que igual no te iba a dar vuelto.