Venezuela vive sumida en la peor crisis política y económica de su historia. Desabastecimiento de alimentos y medicamentos, hiperinflación, inseguridad, represión y desinformación. La tensión es pan de cada día en las principales ciudades, mientras sus ciudadanos anhelan desesperadamente una pronta solución. Sin embargo, aún desconocemos mucho de su realidad cotidiana. Por eso le pedimos a la periodista Dulce Pérez Colmenárez que nos contara, a modo de diario, cómo viven los ciudadanos de ese país en tiempos de la revolución chavista. 

El metro de Caracas (I)

Por Dulce Pérez Colmenárez (@dulcesentidos) /Foto: El Universal

“La gran solución para Caracas”, así se conoce al metro de la capital venezolana, cuya magia es que en solo 20 minutos nos lleva a conocer —de punta a punta, desde Propatria hasta Petare— a la famosa ciudad de la furia.

¿Solo 20 minutos? Pues así fue hace unos cuantos años, cuando Venezuela era la ventana de Sudamérica y las grandes marcas ofrecían todos sus servicios en nuestro país para abarcar gran parte del continente.

Pero a decir verdad, eso ha cambiado un poco con esta "revolución", en la que este medio de transporte se ha transformado en una muestra de la realidad bolivariana, donde el populismo nos ha llevado a todos al mismo nivel pero, en la mayoría de casos, no al grado de lo que usted y yo conocemos como lo mejor.

Para que tenga una idea: el pasaje en un transporte terrestre cuesta en las zonas urbanas caraqueñas 300 bolívares y las suburbanas (por ejemplo, bajar a Catia la Mar desde la capital, cerquita al aeropuerto) 1.000 bolívares, pero el metro —usando electricidad y una mecánica compleja— no pasa de 4 bolívares para recorrer toda la ciudad.

Esta desigualdad de precios —porque no se puede tocar la tarifa de esa gran solución de movilidad para Caracas— ha generado que ese bello subterráneo, donde el usuario debía expresar un mínimo nivel de educación, se convierta en una muestra de lo que es hoy Venezuela: anarquía, pobreza, marginalidad.

Es más, ya no es necesario que tenga 4 bolívares —generalmente en billetes de 2, que ya los niños usan para pintar porque nadie los recibe por la gran hiperinflación que tenemos— pues los torniquetes están fuera de servicio. Así que tranquilamente se puede entrar a la estación de inicio, conocida como Propatria, bajar las escaleras y pasar la barra del torniquete o decirle al chico de la taquilla que le abra la puerta destinada a los adultos mayores y personas con capacidad distinta, pues hay que sumar también que a veces no hay tickets suficientes para vender.

Así usted acaba de ingresar a un sistema de transporte público totalmente gratis, en el que la música cultural de las estaciones ha sido reemplazada por los discursos antiguos del comandante Chávez, mientras espera la llegada de un vagón repleto de personas a las que no les alcanza el sueldo para costear la “camionetica” y menos un taxi.

Adentro, el calor puede llegar a ser infernal. Tanto que los olores de sudoración en todas las intensidades parecen algo normal y más en un país donde un desodorante puede llegar a costar 30.000 bolívares. Tenga en cuenta que el sueldo mínimo integral mensual equivale a 325.544 bolívares.

En ese pequeño infierno, la fiesta empieza cuando un señor sin piernas pasa de un vagón a otro en una patineta pidiendo ayuda; así como lo hace la madre de tres bebés que no tiene nada para comer; así como el malabarista que lanza pelotas en medio de la muchedumbre, rogando que le den algo para pagar la pensión; como el ciego, el del intestino expuesto, el de la pierna rota, el enfermo de VIH, la abuela que se está muriendo, la embarazada que no tiene dinero y termina dando a luz dentro del sistema metro, pues al menos allí todavía hay servicio médico…

Una fiesta en decadencia que se nutre con vendedores ambulantes de tostones, caramelos y un sinfín de gomitas, pues debido al bajo peso que tiene actualmente una gran parte de la población, no es extraño que alguien se desmaye por un bajón de azúcar.

Y todavía no hemos llegado al extremo de la ciudad. Seguro, si mira su reloj ya han pasado más de 20 minutos, pero los retrasos técnicos, sumado a lo toques de las alarmas para anunciar algún acontecimiento, harán que el viaje no sea muy placentero.

Esta desigualdad de precios —porque no se puede tocar la tarifa de esa gran solución de movilidad para Caracas— ha generado que ese bello subterráneo, donde el usuario debía expresar un mínimo nivel de educación, se convierta en una muestra de lo que es hoy Venezuela: anarquía, pobreza, marginalidad.

Alarmas que suenan a cada momento para anunciar un desmayo, porque la persona no pudo comer para que su hijo pudiera hacerlo. Las riñas constantes entre los usuarios, pues ese caraqueño amigable y "jodedor" anda también perdido en este país desdibujado y, lo más común, robos por grupos especializados que agreden a sus víctimas frente a los ojos de un mar de personas que —ante tanta desgracia— desea que este viaje termine lo más pronto posible.

Por fin llegamos a la estación Petare, el otro extremo de la ciudad, donde lo más seguro es que pierda el celular o la cartera si no la sujeta con todo el cuidado, pues detrás de las puertas hay otro mar de gente dispuesta a todo para ingresar a la "gran solución" gratuita de Caracas.

Salga de es vagón lo más rápido posible —"¡Cuidado con los niños!, ¡Dejen salir!, ¡No ven que hay una abuela!, ¡El coño de su madre!"— y aguante en un espacio seguro dentro de la estación para poder respirar, pues estuvo más de una hora inhalando sudores mezclados con restos de comida y hasta licor añejo, pues esta trágica economía ha generado un fenómeno a todo nivel y es la "tomadera", no solo los fines de semana sino todos los días, como una forma de escaparse psicológicamente de esta querida ‘karaquistán’.

Anís, ron y chemineaud tomados en vasitos o, simplemente, a pico de botella, pueden verse de un vagón a otro. Por eso no se sorprenda si al bajarse del mismo, cerca de las papeleras, escucha un chorrito como de agua y, al voltear, se percata de que alguien está orinando o vomitando. Pero usted siga recto, como si nada, no se distraiga, no se asombre, que esto ya es cotidiano. Tanto, que ya los anuncios por parlante no solo hablan de tratar de no comer dentro del sistema o resguardar sus pertenencias, sino también de no orinarse, como si habláramos que el cielo es azul y la noche es oscura.

Pero no importa, suba las escaleras mecánicas paralizadas por falta de repuesto —algunas con carteles muy coloridos de un supuesto arreglo por parte del Ministerio de Transporte—, ingrese de nuevo a la superficie, mire el paisaje, dé gracias a Dios que está vivo con sus pertenencias intactas y sin haber gastado un solo bolívar.

Siga, que no hay de otra, camine por las calles caraqueñas mientras continúa esperando que algo suceda con la historia de este país.