Texto y fotos: Duver Alexánder Pérez

Hay quienes aún huyen de las cámaras. Algunos indígenas, por ejemplo. Dentro de sus creencias se había instaurado la idea de que una foto les arrebataba el alma. Hay otros, sin embargo, que en sitios muy turísticos aprovechan para pedir dinero cuando apenas se percatan que han sido retratados por algún foráneo.

Pero también hay quienes disfrutan posando para el lente de los fotógrafos. Es el caso de los niños, quienes llevan consigo una curiosidad infinita y un genuino amor por la fotografía. Ellos disfrutan que les congelen un instante de la vida en una imagen. Precisamente, fue un grupo de chiquillos los que encontré en Moravia, un populoso sector del centro de Medellín que en agosto pasado vio arder muchas de sus viviendas.

La historia de incendios y damnificados parece repetirse cada cierto tiempo en este sector de la ciudad, hasta donde llegué para tomar algunas fotos del lugar, o de lo que quedó de él. Y ahí, en medio de las cenizas y de los pedazos de pared regados por el piso, me encontré con algunos de ellos, sonrientes y con ilusiones, a pesar de la tragedia.

Moravia