Carlos Mario Correa pudo haber renunciado a su deseo de ser periodista debido a los sinsabores que enfrentó como aprendiz de esta profesión. “Pero el periodismo es una enfermedad crónica y cuando uno se mete en este oficio es porque está dispuesto a morir muchas veces antes de perder la vida”, asegura.

Por Carlos Mario Correa /Ilustración Andrés Arango

La primera crónica que traté de escribir por encargo para un periódico fue en la Semana Santa de 1987, para El Mundo de Medellín, sobre la pasión y muerte de Cristo, representada por actores naturales de la comunidad de La Tablaza.

La comencé el lunes santo para entregársela al  editor el sábado y publicarla el domingo de resurrección. El viernes a medianoche no tenía ni siquiera el primer párrafo. Estaba bloqueado mentalmente, tenía fiebre, daño de estómago, había perdido dos o tres kilos de peso y estaba desvelado.

Había hecho por lo menos veinte entrevistas a todos los personajes que organizaban la Semana Santa y la representación teatral: al que hacía el papel de  Jesús de Nazaret, un mono alto, de ojos azules, que por cierto me había dicho que era carpintero y fabricaba camas y muebles, y que la madera que más apetecía era el nazareno; a Judas que era un señor que trabajaba como arenero en el río Medellín, le debía plata a todos los carniceros y tenderos de La Tablaza, y decía que se iba a suicidar agobiado por las deudas; se mantenía medio borracho, saludaba de beso por igual a las mujeres y a los hombres y se reía mostrando el único colmillo que le quedaba pegado en la encía; a María que era una joven de ojos claros, estudiante de sexto bachillerato, que se llamaba efectivamente María, y que en aquel tiempo bien se puede presumir que era un virgen; y a María Magdalena que trabajaba como enfermera en el pabellón de quemados del Hospital San Vicente de Paúl.

Tenía datos de los organizadores, de los promotores y de cada una de las personas que participaban en el programa religioso. Información sobre por qué y desde cuándo celebraban la Semana Santa con actores en vivo; conversaciones con los sacerdotes sobre si de esta manera se despertaba un mayor fervor en los feligreses. Tenía datos sobre los habitantes de La Tablaza, los líderes de la comunidad y sus autoridades, el número de casas y de negocios, sus principales problemas en servicios públicos e incluso sobre su historia como corregimiento del municipio de La Estrella, pero sentimental y económicamente más ligado a Caldas.

Pero no era capaz de arrancar a escribir la crónica y contar toda la historia. No lograba juntar las palabras... no tenía ni el tono, ni la voz, ni el punto de vista, ni tampoco sabía qué mensaje le quería dar al lector. Estaba confundido, enfermo y cansado.

En la facultad de Comunicación Social de la Universidad de Antioquia, los profesores me habían dicho que la crónica era una narración que se hacía echando mano de las herramientas y de los artificios de la literatura; que era interpretación de los hechos, que debía despertar sensibilidad en el lector; y que además debía reflejar el talento y la individualidad de su autor...

Pero que se debía tener mucho cuidado, ya que también debía incluir datos relevantes y reales, mucha imaginación y mucha memoria para retratar bien los hechos, la atmósfera y los personajes sobre los que se iba a escribir...

Desde cuando llegué a El Mundo empecé a recibir órdenes y asignaciones periodísticas de un experimentado jefe de redacción –quien también era profesor en mi facultad –que me recibía cada vez que regresaba de la calle luego de cumplir con una misión como reportero. Se me hacía a un lado, me respiraba en la nuca, me pedía que le mostrara mis notas y me decía: “bien, bien, pero ´acronicaito´, por favor, bien acronicaito, por favor, aquí escribimos acronicaito (...)” Es decir que, según los requerimientos que él me hacía en tono enfático pero sin gritar, debía contar los hechos “con colorcito, saborcito, hermosito (...) a ver si nos ganamos otros premiecitos nacionales de periodismo (...)”

“La crónica es un texto que desarrolla el aspecto secundario, o de color, de un acontecimiento importante, que generalmente ya ha sido objeto de tratamiento noticioso...” Es una de las definiciones de este género que traen varios manuales de redacción periodística, y que al pie de la letra poníamos en práctica muchos aspirantes a periodistas en aquella época.

Todo eso yo lo sabía bien y por eso había aceptado el reto que me puso uno de los editores de El Mundo de escribir una crónica y no una noticia sobre el tema en cuestión. Pero en medio de aquel desvelo por escribir mi primera crónica como una obra maestra del género, mi imaginación estaba ausente y mi memoria se había oxidado. Y a pesar de que en ese entonces recitaba de memoria al menos 50 primeros párrafos ejemplares de grandes obras de la literatura universal, no era capaz de escribir el primero para mi crónica.

Amaneció el sábado y nada. Impulsado por el deber y el miedo a quedar mal, empaqué la grabadora, el cuaderno de notas, y en un último esfuerzo febril, antes de salir de la casa, garabateé en una hoja un primer párrafo para tener algo que mostrar:

Bañado en salsa de tomate Fruco, Pedro Hernán Restrepo, el Cristo de         La Tablaza, exclama desde lo alto de la cruz, con voz cansada: “¡Tengo         sed!” La gente que lo observa con algo de desconfianza y con mucha curiosidad, se ríe; pero Restrepo no cree en nadie y de inmediato       pronuncia la sexta palabra: “Todo está consumido”. Y, asustado, añade: “Ay, no, perdón, consumado”.

Llegué al periódico y conté la verdad. El editor aseguró que me entendía. Pero sin ninguna consideración me pidió toda la información que tenía en mi grabadora, en mi cuaderno de notas y en mi cabeza, y escribió su primer párrafo con la información mía:

“Por lo menos mil personas siguieron el viernes la celebración del Víacrucis representado por actores en La Tablaza, una de las pocas    poblaciones de Antioquia donde se continúa con esta tradición”.

Siguió escribiendo el resto de la historia y, en menos de 15 minutos, puso el punto final. Se paró de la silla, me estrechó la mano y me dijo que era una verraquera, que era una crónica excelente, que me fuera a dormir y a descansar un poco, que al otro día salía publicada, y que volviera el lunes,  que él me guardaba algunos ejemplares para que se la mostrara a mis familiares y a mis amigos.

El domingo madrugué y compré seis periódicos. En primera página a tres columnas advertí de inmediato la historia de la Semana Santa en La Tablaza, con el título: “Sobrevive la Semana Santa en vivo”. La cual continuaba a lo largo de toda una página en la sección C, con tres enormes fotografías a todo color, en una de las cuales, incluso, se veía claramente el único colmillo de Judas, y las cuales habían sido tomadas con toda serenidad por mi compañero de estudio, Guillermo Restrepo Gutiérrez.

Advertí en el texto un detalle que me dejó sin aliento, pero sólo cuando había terminado de leer toda la historia. Por ningún lado estaba firmada con mi nombre...

Le entregué los periódicos a algunas de las personas que me habían colaborado con informaciones durante toda la semana y todas ellas coincidieron en preguntarme lo mismo: “¿Pero dónde está su nombre?”. Esto no parece suyo…

La desolación que sentí ese día me pudo haber llevado a renunciar a mi deseo de ser periodista. Pero el periodismo es una enfermedad crónica y cuando uno se mete en este oficio es porque está dispuesto a morir muchas veces antes de perder la vida...

Con esa convicción trabajé para El Espectador como corresponsal en Antioquia durante 13 años, diez de ellos en El Espectador de los Cano, la mejor escuela de periodismo que existió en Colombia.

El miedo que sentí en aquella época sometido a las amenazas de muerte del Cartel de Medellín, por las cuales muchas noches dormí escondido debajo de la cama, me pudo haber hecho renunciar a mi deseo de ser periodista. Pero seguí adelante impulsado por el ejemplo del propio Espectador, al levantarse sobre los escombros dejados por los cobardes impactos del carro bomba y los sicarios…

He sufrido el periodismo como una enfermedad terminal… Lo he sufrido con satisfacción… Y ahora con Las llaves del periódico (2008), esta pequeña crónica testimonial que presento ante ustedes, escrita en compañía de Marco Antonio Mejía, espero abrir puertas y ventanas para que los  periodistas colombianos se decidan a contar sus propias historias de la lucha por la libertad de expresión y de testimonio de empresas valerosas como El Espectador…

En su artículo “Qué es, y cómo se hace un testimonio”, Margaret Randall de la Universidad de Nuevo México, alude a la importancia de este género de escritura entre literaria y periodística, para hacer frente a los discursos de las clases y gobiernos dominantes. Asegura que no se debe temer escribir una historia compleja, multidimensional, porque, “si la realidad es multidimensional, así tiene que ser la historia que la refleja”.

La profesora Randall pone como ejemplo contrario la versión de la historia prehispánica que contienen los libros de texto escolares promovidos por Estados Unidos, por medio de la Agencia Internacional de Desarrollo, que en los años 70 y 80 llego a distribuir anualmente 10 millones de ejemplares en América Central. Y en uno de ellos correspondiente al tercer año de primaria, destaca el siguiente párrafo:

“Los indios vivieron donde había oro; pero no conocían su valor. Un   español vino buscando oro. Los indios lo mostraron. El español, agradecido, enseñó a los indios a leer y a escribir. También les enseñó a creer en Dios. Los indios a su vez lo sirvieron agradecidos. Vivieron felices en su pueblo, minando el oro y cultivando la tierra. Después vinieron otros españoles y atacaron al pueblo. Los indios huyeron. El hijo pregunta: “¿Por qué no regresaron los indios?” “Porque encontraron un        lugar donde pudieron vivir mejor”, contestó la mamá. Se dieron cuenta       que habían encontrado un lugar muy bello. Los indios sintieron gratitud hacia los que les forzaron a huir”.

Así que, entonces, yo me decidí a publicar mi testimonio porque pienso que los periodistas no deberíamos quedarnos callados viendo como las historias y la historia de las que hemos hecho parte en Colombia, las están contando nuestros verdugos desde la clandestinidad de montes y ciudades, desde las cárceles, desde la ilegalidad… y las están escribiendo y publicando con la ayuda de muchos de nuestros colegas que les sirven de amanuenses. Mientras nosotros guardamos un silencio que nos mantiene bajo sospecha…