El jefe paramilitar que durante años decidió quién vivía y quién moría en el Magdalena Medio recibió el perdón de una de sus víctimas.

Por Rafael Alonso Mayo /Fotograma documental “El mayor regalo”

La vida de Jeny Castañeda, una mujer nacida en Puerto Triunfo Antioquia, cambió radicalmente el día en que las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio, al mando del jefe paramilitar Ramón Isaza, asesinaron a su madre, el 17 de septiembre de 2001.

Doña Damary Mejía Ramírez era una líder social apreciada en ese municipio del Magdalena medio por defender a las comunidades más vulnerables. Fue gracias a su gestión que se construyó el barrio Jorge Tulio Garcés, primera y segunda etapa, en el corregimiento de Doradal.

Desde el día de su muerte, Jeny decidió denunciar el crimen. Era lo más lógico, pero eso le implicó desplazarse de su pueblo y casi le cuesta la vida. Desde entonces, hace ya 15 años, se ha convertido en una líder y defensora de derechos humanos de las víctimas de toda la región, quienes siguen buscando verdad y reparación para que esta historia de guerra y dolor, cómo como ella misma lo dice, “jamás se vuelva a repetir”.

En su búsqueda infatigable por saber con certeza lo que había ocurrido, confrontó varias veces a Ramón Isaza en los tribunales de Justicia y Paz, pero siempre con dolor, resentimiento y ánimo de venganza.

Doce años después Jeny fue hospitalizada de urgencia en el Hospital San Vicente de Paúl por un cáncer de tiroides.

Recluida allí, Jeny tuvo un sueño con su madre que resultó revelador. Allí le dijo que Ramón Isaza la buscaría para pedirle perdón y que cuando estuviera frente a él le dijera que no llorara más por ella pues ya lo había perdonado.

“Cuando lo tengas al frente le vas a dar un beso y un abrazo y le vas a decir que yo estoy muy bien”, le dijo, entre sueños, su madre.

“Esas son palabras de mamá”, le respondió a Jeny una de sus hermanas al enterarse del sueño. Sus otros hermanos no dijeron nada.

Todos estos han sido años difíciles para Jeny y su familia. “Vivíamos bien económicamente y de la noche a la mañana todo se fue acabando”, asegura. “Todo ese tiempo no hubo sino rabia, resentimiento, odio y sed de venganza”, enfatiza.

Veinte días después Jeny salió del hospital. Recuerda que era un viernes y que al lunes siguiente el sueño premonitorio de su madre empezaría a cumplirse.

Precisamente ese lunes, Ramón Isaza fue trasladado a la cárcel de El Pesebre, en Doradal. Una vez instalado allí mandó a buscar a Jeny y a su familia. Tres días después Jeny y su abuela estaban frente a frente con el hombre que había ordenado asesinar a su madre.

“Ese día había mucha gente esperándolo”, recuerda Jeny. “Las personas estaban a la expectativa, nosotros teníamos sentimientos encontrados; apenas llegamos él se quedó paralizado y dijo: “Hoy no voy a atender a nadie más sino a ellas”. Entonces la abuela de Jeny le reclamó:

“A mí no se me olvida que usted se consideraba el dios de la tierra”.

Isaza recordó cada una de las veces en que Jeny lo había insultado en las audiencias y le dijo que si eso hubiera ocurrido en otra época ella tal vez estaría muerta. Su discurso no era el de un hombre desafiante sino el de un abuelo conciliador.

Jeny cuenta que cuando Ramón Isaza se enteró de que ella padecía cáncer, le rogó a Dios y a la Virgen que le diera la oportunidad de verla para pedirle perdón. Ramón le contó a Jeny que desde entonces todos los días empezó a hacer un rosario en la capilla que él mismo había mandado construir en la La Picota, rogando por su salud.

Luego, con un nudo entre la garganta, intervino Jeny:

“Señor Ramón, mi mamá le manda a decir que no llore más por ella que ella ya lo perdonó y donde está se encuentra bien”.

Ramón Isaza se soltó en llanto, corrió a abrazar a Jeny y le pidió perdón. “Ella está aquí. Damarys, perdóneme”.

Han pasado varios años desde el primer encuentro con Ramón Isaza y Jeny cuenta que desde entonces su corazón está tranquilo. “Yo creo en el perdón de él porque ha sido sincero, un corazón arrepentido que no se cansa de pedir perdón”, complementa.

Ella tomó la decisión para tratar de sanarse a sí misma y también a sus familiares, por eso cita recurrentemente la frase de la Biblia que dice: “perdonar es liberar un prisionero y descubrir que el prisionero eres tú”.

Ramón Isaza, quien reconoció su participación en más de 600 crímenes, entre ellos el de Damary, fue condenado a ocho años de prisión dentro de la Ley de Justicia y Paz, pero en enero pasado un juez le concedió libertad condicional y le fue instalado un brazalete electrónico.

Esta historia ha sido publicada decenas de veces en medios nacionales y extranjeros. Incluso un documentalista español, Juan Manuel Cotelo, se encuentra grabando la historia de Jeny y ese acto de perdón que parece inmaculado en una sociedad que históricamente solo ha pensado en matarse. Recientemente su historia fue conocida por el Papa Francisco y Cotelo confía en que, con la gracia divina, su testimonio también pueda aparecer en el documental.

Gracias a su lucha incansable, Jeny pudo limpiar el nombre de su madre y logró que los paramilitares reconocieran que su asesinato había sido un grave error. Su esfuerzo también ha hecho posible que otras familias víctimas del conflicto conozcan la verdad de lo que pasó con sus seres queridos. Esto la llena de esperanza pues tiene la convicción de que “cuando una víctima sabe la verdad de los hechos algún día podrá tener paz en su corazón y podrá perdonar”.

 

Titanes Caracol

Recientemente Jeny Castañeda fue postulada al premio Titanes Caracol en la categoría “Gestos de Reconciliación”, convocatoria anual que realiza ese canal de televisión para reconocer el esfuerzo de líderes que como ella y desde el anonimato, son ejemplo de compromiso y solidaridad en sus regiones. Los ganadores se conocerán el próximo 14 de diciembre en Bogotá.

Los ciudadanos con su votación eligen al ganador. https://titanes.noticiascaracol.com/nominado/jeny-castaneda