Cuando María Magdalena Bolaño tenía 12 años, el coronel Nicolás Ricardo Márquez y su esposa Tranquilina Iguarán la contrataron para ser la niñera de Gabriel García Márquez. Con 98 años, Magdalena es la única persona viva que conoció al escritor colombiano cuando apenas era un niño.

Por Doménica Canchano

Una mañana de febrero los samarios se despertaron con la noticia de portada en un diario local que describía la osadía de una vaca bañándose en la piscina de un hotel de cinco estrellas. ¿Qué hacía esa vaca insolente dentro la piscina? En el artículo no se encontraba respuesta a esta pregunta, más bien se focalizaba en la dificultad que tuvieron los empleados para sacarla de su chapuzón postmeridiano, en medio de un intenso calor caribeño que hacía sudar hasta a los animales bovinos.

«Esta es la tierra del realismo mágico», me comentó con disimulo Carlos Manrique, el último periodista que entrevistó al premio nobel Gabriel García Márquez en su casa de Cartagena y cuyo texto fue publicado en el diario El Espectador. El título era: “De cómo un aprendiz conoció al maestro Gabo”. «Esto es el Caribe. Aquí puedes caminar por las calles de Aracataca y toparte con el mudo que vende con su megáfono boletos de la lotería o ver a un asno recoger a su dueño borracho tras una parranda vallenata para llevárselo a la casa». Estas imágenes son suficientes para tocar con mano las acciones fantásticas de quienes son los protagonistas del realismo mágico, no solo una corriente literaria sino también un estilo de vida, la cotidianidad en tierra caribeña, cuyo máximo representante —quien nos ha acostumbrado a todo lo “macondiano” en sus épicos libros— fue el gran literato colombiano Gabriel García Márquez.

Pero esa tarde de febrero la noticia de la vaca veraneando en un hotel de Santa Marta no solo entraba en las casas de los colombianos, sino también la cifra actualizada de las personas afectadas por el virus del zika. La hembra del mosquito Aedes aegypti, con ese nombre de etimología incierta, tan raro y aterrador, hasta finales de febrero había contagiado a más de 37 mil personas. Como explosiva fue calificada la epidemia por la Organización Mundial de la Salud (OMS), quien vaticina que antes de terminar el 2016 el número de contagiados superará los 4 millones. Ese mosquito que se ha establecido en la cotidianidad de los caribeños, también pasó por la ciudad natal de García Márquez, Aracataca. Para curarse algunos cataqueros toman pastillas de tiamina. Así asegura el farmacéutico de la plaza: «contra la epidemia hay que tomar vitaminas», pues porque «eso de cogerse el zika depende de las defensas inmunitarias que uno tiene, aquí se toma bastante tiamina en pastillas, eso es muy bueno y económico». Y usted la toma? «Sí, uno diario —responde—. En busca de esas pastillas muchos vienen aquí todos los días. Pero, claro, también hay que tomar bastante líquido. Yo lo tuve hasta dos veces. En Aracataca todos lo tuvimos».

«Mi nene, Gabito, era bueno cuando jugaba trompo, peleonero. Él pegaba a los otros peladitos solo para quitarles los juguetes. Era pretensioso, carón, tenía de todo, pero si había un juguete que le gustaba lo cogía»

Todos menos una: doña María Magdalena Bolaño Suárez, la niñera de Gabo, la única persona, todavía en vida, que conoció al escritor colombiano García Márquez en pañales. Verla enferma y tendida en la cama suele ser raro para su familia. Como aquella vez que, poco antes de la Navidad del 2014, doña Magdalena no se levantó de su cama durante dos días. El susto fue morrocotudo. Luego se descubrió que había contraído el chikungunya. Pero fue algo pasajero comparado con los otros casos en su pueblo y en su misma familia. Por el resto, su cuerpo esbelto, de piel oscura que deja entrever de la cabeza a los pies los pliegues de la vida como la de una corteza de un orondo árbol de 98 años, aún se mantiene activa como su memoria.

«Soy María Magdalena Suárez Bolaño, la niñera de Gabo», así se presenta mientras aprieta fuerte mi mano en la sala de su casa. A llevarme a esa casa, cerca a una cadena de supermercados y un negocio de sombreros, fue Carlos Manrique, fiel admirador de las obras y la vida del maestro Gabo. Así lo llaman en su tierra, Gabo o Gabito. Sin embargo doña Magdalena cada vez que lo menciona lo llama “el nene”. Su melena es una corona blanca que pone en marco su rostro. Un cuerpo delgado en un vestido color rosado, como las paredes de su casa. Sus piernas están cubiertas de venas oscuras. Tiene manos fuertes que aún saben apretar fuerte. Ya no tiene dientes en la boca pero sonríe con sus mejillas. Le gusta balancearse en su silla de madera. Doña Magdalena nació en el departamento de La Guajira, en el norte de Colombia. Tenía 7 años cuando llegó a Aracataca. “En 1910 –dice– mi familia se estableció en cataca (así la llaman cariñosamente los nativos). Algunos años más tarde llegamos mi madre y yo encima de un burro, después de unos 15 días de viaje, a veces era menos pero dependía del clima». Cuando ella tenía 12 años el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía y su esposa Tranquilina Iguarán Cotes la contrataron para ser la niñera del primer nieto, Gabriel García Márquez, hijo del telegrafista Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez. «Ambos eran buenas personas. Don Nicolás era caritativo con todo mundo. También la mamá de Gabito, doña Luisa Santiaga», su boca  comienza a exhalar recuerdos. «Mi nene, Gabito, era bueno cuando jugaba trompo, peleonero. Él pegaba a los otros peladitos solo para quitarles los juguetes. Era pretensioso, carón, tenía de todo, pero si había un juguete que le gustaba lo cogía». ¡Vaya, qué niño!, decían varios. Pero su carácter impetuoso habría de cambiar en su adolescencia hasta su madurez. Con los años construyó su seguridad en un caparazón de timidez pero su humor sobresalía sobre todas las cosas.

«Yo tenía 12 años y ganaba tres pesos. En esa época era plata –recuerda doña Magdalena–. No dormía en la casa del coronel, sino en la misma Aracataca con mi mamá Rosalía Suárez. Ella era ama de casa. Mi papá, Teófilo Bolaño, ambos villanueveros, se había quedado en La Guajira. La vida era mucho mejor antes, hoy esta tierra no ofrece nada. Solo mosquitos y ladrones». Al contrario de Gabo, doña Magdalena se quedó toda su vida en Aracataca. Se casó con Antonio. Tuvieron 15 hijos. En aquella época tenía una distribuidora de cerveza. Quedó viuda hace más de 18 años. «Cataca estaba de fiesta cuando mi nene llegó a visitarla en el 2007, pero yo no lo vi», recuerda doña Magdalena meciéndose en su silla. Fue la última visita oficial que Gabo hizo a su ciudad natal. Llegó en un tren amarillo en compañía de sus amigos músicos, artistas y colegas, todo el mundo lo fue a saludar. En Aracataca lo conocen por ser un hombre sencillo y noble que de vez en cuando se escapaba de Cartagena para visitar a sus amigos cataqueros. Entre ellos Nelson Noches, exalcalde y buen amigo del maestro. «Mi apellido es italiano, porque italianos eran mis bisabuelos. Ellos emigraron a Cartagena pero yo nací aquí». Me señala una foto colgada en la pared de su sala, encima de la televisión prendida en un canal de telenovela. «Esa foto fue tomada 4 años atrás: estamos él y yo en casa de una hija mía en Cartagena». En su librería no se asoma ni un ejemplar de las obras de Gabo. «Las tenía hasta firmadas y me las robaron», dice. Pero sus paredes son una verdadera exposición fotográfica de varios años de amistad con el escritor. «Lo conocí aquí en Aracataca, bebiendo ron. Él llegaba de Venezuela, lo botaron de allá porque no tenía documentos. Vendía enciclopedias por las casas». Y de ese encuentro en Cartagena él recuerda: «Le había invitado a un sancocho, le llevé todo de aquí, la gallina, el cerdo, la yuca. Decía: “tengo años que no comía esta vaina”. Había que recordarle todo. Cuando nos sentamos a almorzar le dije: “Gabo, todo lo que estás comiendo lo traje de Aracataca”. Y él me respondió: “No jodas, esto también hay en Cartagena”.

Al contrario de otros, doña Magdalena nunca lo volvió a encontrar. «Yo tenía 14 años cuando la familia de mi nene vendió la casa y se fue. Desde ese día yo no lo volví a ver». Pero sí conoció la fama del personaje público.

Nadie tiene la seguridad de que doña Magdalena haya recibido alguna instrucción escolar, pero cuando aún de niña trabajaba como doméstica en casa de una familia adinerada, solía leer las revistas de los dueños. Niña curiosa, audaz, preguntaba por el sonido de las letras pero nunca aprendió a escribirlas. En la sala de su casa no tiene una librería, todo lo conserva en su memoria. «El coronel esperaba siempre una carta que nunca llegó», contaba doña Magdalena a su familia. Esa obra nunca fue leída por doña Magdalena, pero sí vivió para contarla.