Los baños de la pasión (historias de sexo en la universidad)

Los baños de la Universidad de Antioquia son los lugares preferidos de muchos hombres para tener sexo ocasional. Es allí donde puede conseguirse placer sin necesidad de acudir a preámbulos y juegos previos; es allí donde los nombres estorban más que la ropa. Un joven periodista le siguió la pista a los cazadores de sexo anónimo y aquí nos cuenta su experiencia. Historias secretas de los baños públicos.



Muchas historias se escuchan sobre los baños de la Universidad de Antioquia. Desde antes de empezar a estudiar en esta institución ya me llegaban historias sobre hombres que sin motivo aparente sacaban sus genitales en medio del cuarto. De gemidos sordos en los cubículos sanitarios. De citas furtivas donde lo que menos importa es la identidad del otro. De sexo donde el nombre estorba más que la ropa. 

Hasta hace unos meses todos esos relatos me parecían meros chismorreos sin fundamento, exageraciones de mentes ociosas que desdibujaban acontecimientos mínimos para convertirlos en mitificaciones de lo sórdido, de lo sexual, de lo anónimo. Hasta que una noche  irrumpí en la escena teatral en que dos cuerpos se entrelazaban sin pudor a la vista de todos en un baño. En ese momento supe que las leyendas que tildaba de absurdas eran más reales de lo que alguna vez pude imaginar.

Historias que se encontraban tras la puerta de un servicio sanitario, y que solo había que abrir para descubrirlas.

Un ángel llamado Rosa

Rosa tiene cara de ser más buena que el pan. Este efecto se logra al observar su rostro: rechoncho y surcado por unas cuantas arrugas que parecen desquebrajarse por sus mejillas cada vez que sonríe. Es una mujer de aproximadamente 60 años, los cuales trata de disimular al teñir su corto cabello de rojo para así ganarle la lucha a las canas. También es baja, muy baja. Mide como 1.50 y su andar es torpe, pero esto no evita que al luchar con la suciedad de los baños lo haga con fuerza y dignidad. Trapeadora en sus brazos, guantes rosas en sus manos y tapabocas en su rostro, Rosa se arma como una gladiadora de traje blanco y verde para afrontar la titánica labor que de lunes a sábado desempeña: dejar inmaculados, varias veces al día, los baños de los bloques uno, dos y siete de la Universidad de Antioquia.

Rosa es como un ángel cuya labor en esta vida es mantener aseados aquellos espacios que los demás ensucian, ya sea por descuido, ya sea por falta de interés. Eso nadie lo puede saber a ciencia cierta. Pero sea cual sea el motivo, ese ángel de guantes rosas cumple su labor diariamente, como si a través de esta tarea pudiera ganar sus alas. Pero es un ser humano cualquiera y a lo máximo que aspira es a ganarse “la papita diaria”, como suele decirse en Colombia. Tal vez por eso aprendió a convivir con lo que pasa dentro de su lugar de trabajo; aprendiendo a ser discreta sobre lo que ve allí, pero sobre todas las cosas: a que su presencia sea invisible como la de un querubín guardián de secretos.  

“Uno ve cuatro pies en una cabina de baño pero uno sigue en la labor de uno”, comenta Rosa reflejando así el carácter cotidiano de este tipo de visiones. Aunque no siempre fue así de fácil para ella. Hace dos años, cuando empezó a trabajar en la Universidad de Antioquia, el shock inicial de descubrir que los baños ahora tenían usos carnales fue muy grande. “Imagínese uno ver lo que uno ve por primera vez. La impresión es mucha”, y al terminar se ríe con esa sonrisa que llena de arrugas su rostro.

Desde entonces tuvo que ver con total normalidad que el coqueteo y el sexo se realizara ante sus ojos. Comprender –aunque no compartir– que las pasiones se desbordan en todos los espectros posibles de la sexualidad: hombres teniendo sexo con mujeres; hombres teniendo sexo con hombres; y mujeres teniéndolo con mujeres. “Uno respeta esas cosas, más no las comparte. A mí me da miedo de solo pensar en todas las enfermedades que todos estos muchachos pueden estar cogiendo”, expresa con el rostro sombrío mientras se apoya sobre la trapeadora que pareciera ser más alta que ella.

En estos dos años ha logrado desentrañar, de forma incipiente, las señales del cruising, término que no conoce y que para ella no significa nada. “Con solo mirarlo yo le podría señalar a usted quién está buscando cosas en los baños”. Rosa aprendió que quienes entran de baño en baño una y otra vez están buscando algo distinto a satisfacer los llamados de la naturaleza. De igual forma, aquellos que deciden estudiar a pocos metros de un cuarto de baño, habiendo espacios más propicios y cómodos para esto, son, en su experiencia, potenciales cazadores de sexo anónimo. 

Pero no todos son así de discretos o sutiles. Rosa cuenta cómo algunos dejan cualquier rastro de sutileza afuera una vez han ingresado al microcosmos de los baños. Hombres que exponen sus genitales sin el más mínimo reparo o pudor. Fisgones que fingen orinar y desvían sus miradas hacia los orinales contiguos. Seres indiscretos que se paran sobre los inodoros para observar si quien está en la cabina de al lado está dispuesto a tener un ligue rápido.

Por ese tipo de comportamientos Rosita, nombre más acorde con su pequeño aspecto físico de ángel de cerámica, prefiere esperar fuera o ir a organizar otro baño. No quiere irrumpir las actividades que se realizan allí y que, según sus declaraciones, no se limitan solo al sexo: “acá en estos sitios también se tira mucho vicio. Mucha droga”, asegura con un dejo de severidad que hasta el momento no había delatado su rostro.

Sin embargo nada la detiene en su tarea de limpiar paredes, pisos, espejos, sanitarios y lavamanos que están dentro de su jurisdicción de aseo. Lo hace sin frustrarse, así pocos minutos después de haber limpiado uno vuelva a aparecer sucio. “Yo muchas veces puedo limpiar de una pared el semen que dejan ahí chorreado y, cada vez que vuelvo, encontrarla sucia nuevamente”, dice casi susurrando, como si al pronunciar la palabra ‘semen’ estuviera diciendo una palabrota de alto calibre.

El deber la llama y se marcha arrastrando un carrito con sus utensilios de limpieza: una trapeadora, un balde verde, sus guantes rosados, diversos detergentes y ambientadores y un trapo con el que limpia los espejos. Le pregunto por su apellido y dice que no, que simplemente Rosa. Trato de presionarla un poco para que me diga ese dato, pero se niega a hacerlo, argumentando que le da miedo perder su empleo y con ello “la papita del día”. 
¿Quién lo diría? Los ángeles también se preocupan por mantener un  empleo que les dé con qué subsistir dignamente.

El hombre de la risa profunda

Tal vez Rosa alguna vez haya tenido que limpiar de las paredes el semen de David. O quizá lo haya observado alguna vez en pleno juego de coqueteo; de miradas y gestos que únicamente puede entender a medias y ante las cuales entiende que es mejor regresar después. O por el contrario, que la vida de estos dos nunca se hayan cruzado y que otra aseadora tal vez haya tenido que asear los resultados finales de las pasiones anónimas de este hombre de risa profunda.

David, a diferencia de Rosita, es un hombre alto, alto. Mide aproximadamente 1.85 de estatura y en estos momentos viste camiseta gris, pantaloneta negra y unos tenis marca Reebook, negros con líneas blancas en la parte frontal.  Tiene ojos oscuros y un modo de mirar penetrante, casi severo; pero esto dura hasta que su forma profunda de reír aflora y pasa de ogro a gigante afable  en tan solo unos segundos. Su tez es blanca y su cabello castaño, al igual que la barba corta que adorna su rostro.

Inicialmente mira con desconfianza y duda sobre si debe revelar su identidad o no. Argumenta que es parte de la comunidad universitaria y que no quiere ser identificado por ella. Pero finalmente acepta que su nombre y apellido se plasmen aquí. Inicia entonces formalmente la entrevista y su tono de voz es apenas audible. Masculla las palabras entre sus dientes y mira nerviosamente a ambos lados del bloque en que nos encontramos sentados –el bloque uno–. Afuera la lluvia cae ferozmente y su voz se mezcla con ella, haciendo que, en los primeros compases de la entrevista, sea difícil saber con certeza que era lo que estaba narrando.

Pero al avanzar su narración su voz va cogiendo fuerza y confianza. Su mirada deja de estar alerta ante cualquier irrupción humana que pueda escuchar lo que relata, y su lenguaje corporal deja la tensión inicial. Ahora da rienda suelta a sus recuerdos sobre cacerías sexuales en la Universidad de Antioquia, las cuales iniciaron hace aproximadamente tres años, como él mismo cuenta.

“Básicamente fue algo accidental”, asegura. Simplemente un día necesitaba orinar y empezó a ver cosas extrañas en el baño en que entró. Notó que afuera había dos hombres que esperaban que el baño quedara solo para ingresar; una vez salió estos ingresaron y decidió espiarlos para ver porqué necesitaban el baño a solas. Después del shock inicial que admite haber sentido, empezó a preguntarse “¿esto pasa acá frecuentemente? ¿O simplemente fue un hecho fortuito?”

Este hecho lo impulsó a tratar de buscar una nueva situación como la que acababa de presenciar. Hasta que la ocasión se dio y no lo pensó dos veces: decidió ser partícipe de la danza sexual que se baila en pequeños cubículos de baño, dejando de ser así un mero observador. “En esa ocasión me di cuenta que no era para nada fortuito lo que pasa en los baños de la Universidad”, dice David mientras se ríe con esa risa suave pero potente y contagiosa.

Desde entonces visita los baños frecuentemente en busca de alguien que llame su atención. Pero aclara que jamás cae en el juego de conformismo sexual en que muchos de sus ‘colegas’ de los baños caen. No coquetea con el primero que se encuentre en el camino, pues espera a que “haya alguien de mi gusto”. Si no consigue a alguien que cumpla sus exigencias, en otro momento o día será. Recuerda con nostalgia los días en que la entrada a la ciudad universitaria no era tan restringida y todo el mundo podía ingresar, pues “el material era más variado”.

Una vez ha localizado una presa de su gusto, empieza el juego de la seducción. Los movimientos y miradas sutiles que lo llevan a confirmar que el otro busca lo mismo que él. Lo primordial es el contacto visual. Una lucha en que los ojos se cruzan y se observan para encontrar en el mirar del otro las pasiones que queman en la entrepierna. Si no es de su agrado simplemente va a otro baño y repite el proceso. Pero si en cambio lo fue, lo siguiente es empezar a “exhibirse”, dejando al descubierto aquella piel carnal que el otro quiere ver y sentir. 

Critica a los que no siguen estos pasos “sutiles”. Confiesa que hay individuos que no esperan un contacto visual o un ademan que dé luz verde a sus intenciones. Simplemente se exhiben allí simplificando a un nivel absurdo una práctica ya en sí simplificada. “Yo sí espero a tener señales”, argumenta David y dice que el miedo de malinterpretar un señal siempre está presente.

“¿Y qué es lo que lo atrae de este anonimato a la hora de tener sexo?”, le pregunto, pues en el cruising los encuentros sexuales son efímeros y sin nombre. “Eso mismo: el anonimato”, sentencia sin pensarlo. El poder conseguir placer sin preámbulos ni juegos previos es lo que para David más le gusta de sus viajes a los baños.

Aunque en un giro irónico confiesa que su pareja actual salió de una de sus primeras excursiones a los servicios de aseo de la Universidad de Antioquia. El encuentro trascendió más allá del aséptico, en teoría, espacio de un baño. Empezaron a salir al poco tiempo,  conociendo el nombre de cada uno. Inicialmente se comprometieron a alejarse de situaciones parecidas a la que los llevo a conocerse, pero al pasar el tiempo comprendieron que la fidelidad sexual no era relevante para ellos y dieron el visto bueno para que siguieran los encuentros con desconocidos, ya fuera cada uno por su lado o los dos como un equipo de sexo casual en el que comentan los sucesos curiosos de las cacerías.

Fue con su pareja con quien una vez fue sorprendido por unos vigilantes de la Universidad. “Sentíamos murmullos a las afueras del baño pero creíamos que eran personas que también estaban buscando tener su rollo. Pero cuando salimos nos dimos cuenta que eran dos vigilantes”, relata y una vez más vuelve a reírse, pero esta vez con un dejo de niño que ha sido descubierto haciendo una travesura. El suceso no pasó a mayores: solo les recomendaron evacuar las instalaciones universitarias más temprano, pues ya eran las diez de la noche. No se le dio  trascendencia al asunto y todo siguió su curso normal.

Ya en este punto, próximo a finalizar la entrevista, este gigante de risa profunda se encuentra cómodo hablando y relatando todo lo que se le viene a la mente. Es tal su grado de comodidad ahora, que decide confiarme una experiencia curiosa que alguna vez le sucedió: alguien que le gustaba entró a una cabina con otro hombre. Estos dos lo invitaron y él accedió encerrarse con ellos. A dejarse llevar por el río sexual de un trío furtivo. Pero en ese momento se bloqueó y estuvo allí simplemente viendo, sin ser capaz de reaccionar o participar en la escena erótica que frente a sus ojos se estaba creando. Solo estuvo parado allí, como una estatua.

Se ríe por última vez y apago la grabadora. La entrevista ha terminado y me alarga una mano grande y firme en señal de despedida. Una vez ha acabado el estrechón de manos, David da una media vuelta y se dirige hacia la salida llevándose consigo ese rostro de gigante afable y sus experiencias al interior de los baños. 

El juego del gato y del ratón

       -  ¡A que te cojo ratón!
        - ¡A que no gato ladrón!

En estos momentos en que me encuentro recorriendo los baños de la Universidad de Antioquia se me viene a la mente ese juego infantil, en que alguien, simulando ser un felino, debe atrapar al roedor que escapa provocando al minino ladrón con chanzas y burlas. En este momento soy yo el ratón huyendo de varios gatos que me rondan. Me escurro de baño en baño y ellos siguen mi rastro, motivados por las miradas nerviosas que les lanzo al tratar de descubrir las señales que había leído.

Recuerdo aquella conversación con Guillermo Antonio Correa Montoya, profesor de la Universidad de Antioquia y quien hace doce años, como parte de su tesis de grado, decidió desentrañar la vida secreta de los baños de la institución. ¿Quién controla estas ganas?: juegos de seducción, conquista y prácticas sexuales de hombres homosexuales en la Universidad de Antioquia en el 2001, así tituló su trabajo que le permitió recibirse como trabajador social.

“Cuando se lavan las manos constantemente; se cepillan incesantemente; se organizan la correa o el pantalón más de una vez frente al espejo; o cuando el contacto visual es muy agresivo significa que esa persona está buscando algo más en un baño”, fue lo que Correa Montoya me dijo en esos pocos minutos que duró nuestro encuentro, el cual estuvo acompañado de un café sin azúcar que él tomó y de los cadáveres humeantes de todos los cigarrillos que terminaron en un improvisado cenicero. 

El primero en notarme es un hombre bajo y rechoncho que viste camiseta amarilla y gorra roja. Finjo orinar al igual que él. Me lanza varias miradas furtivas y empieza a mover su mano entre su entrepierna. Retrocedo y salgo de allí buscando otro baño en el cual pueda observar sin ser partícipe. Pero en cada cuarto que entro veo más personas que empiezan a ver en mí las señales que ellos buscan.

Me lavo las manos perpetuamente con la esperanza de poder observar sus  comportamientos. Pero ellos lo que ven es a uno más, una potencial presa que viste camiseta fucsia y jean ajustado. Por eso desvío la mirada a los pocos segundos de posarla sobre ellos y huyo motivado por una fuerza que es más fuerte que yo: el miedo. Un instinto que vence a la adrenalina que hace latir el corazón con violencia, y que me lleva a abandonar velozmente cada cuarto de baño al que ingreso.

Camino con prisa entre los bloques y volteo. Allí, a pocos metros, está el hombre rechoncho y de camiseta amarilla siguiéndome. La cacería oficialmente ha comenzado. Trato de zafarme de él y cuando lo consigo entro al baño más cercano al Teatro al Aire Libre de la Universidad de Antioquia. Un sitio alejado y que a esa hora se encuentra completamente vacío. Entro. No hay nadie en el baño. Me dispongo a dar media vuelta y salir de allí cuando noto algo extraño: unos pies que visten sandalias. El dueño de ellos espera allí, parado, sin hacer ruido y con la paciencia de un felino. Salgo y espero en los alrededores para ver el momento en que salga. Luego de quince minutos sale frustrado: en el tiempo que estuvo esperando nadie ingresó a ese baño. Se dirige hacia otro lugar a esperar que su suerte mejore.

Doblo una esquina y veo de nuevo al hombre de la camiseta amarilla y gorra roja. Inmediatamente empieza a rondarme de nuevo. Entro a otro lavabo y ahora un tipo alto vestido con camisa de rayas blancas y negras me ha mirado. Su mirada es agresiva y en el momento en que entra mi perseguidor salgo. Ahora son dos las personas que se encuentran tras mis esquivas huellas.

Repito la operación de entrar de baño en baño esperando ver algo fuera de lo común. Un indicio de sexo furtivo y anónimo que me lleve a confirmar las historias que había escuchado sobre los baños y que en una tesis de grado quedaron plasmadas. Ha pasado más de una hora y estoy frustrado. Lo único que he conseguido es aumentar a tres la lista de quienes: ahora un chico de ojos claros y shorts se ha unido a la jauría.

Pienso que no voy a descubrir nada hasta que escucho unos susurros y un shhh que proviene de un cubículo, y es cuando veo un elemento que veré varias veces en esa noche: una maleta negra con parches morados bloqueando el espacio de aire que hay entre la puerta y el piso. Espero afuera del baño y en pocos minutos  se materializan, de la nada, dos hombres que salen y que minutos antes no estuvieron allí. Si creyera en la magia pensaría que se trata de un truco de aparición.  

En varios baños de los bloques cinco, dos y siete vería esa misma maleta bloqueando la vista de los pies. En una de esas oportunidades escucharía un golpe metálico reiterativo. Una especie de vaivén de algo al golpear con otra cosa. Pero al llegar cualquiera de los cazadores decido huir, no pudiendo más que saber que el dueño de esa maleta tuvo éxito varias veces en una sola noche. Sigo mi recorrido y en algunas ocasiones mi presencia ahuyenta a quienes están tranzando el coqueteo. Me ven y nerviosamente abandonan el lugar.

Después de reconocer varias señales –de fingir orinar, de leer cerca de un baño, de esperar de pie en un cubículo, de lavarme las manos durante mucho tiempo, de acomodarse la correa dejando ver más piel de la debida, de buscar un contacto visual casi agresivo­– decido ir a un último baño antes de dar por concluida mi labor de observación.

Regreso nuevamente al baño cercano a ese teatro ubicado al aire libre –y donde tiempo después he de conocer a Rosita–. No hay nadie y me dispongo a salir cuando me encuentro frente a frente con el joven de ojos claros y shorts. El gato ha acorralado al ratón. Me cierra el paso y me toma de un brazo hasta los espejos. Me mira con una risa socarrona y me pregunta: “¿qué le gusta hacer?”. Tartamudeo. No sé qué responder ante su modo de mirar agresivo y lascivo. Sin esperar mi respuesta baja su cremallera y saca su pene. “¿Me lo va a mamar?” me dice con ese tono burlón y señala con la mirada una cabina del baño. “No, gracias”, murmuro  torpemente y me escabullo rápidamente.

Él se queda en el baño renegando contra mí y yo doy por concluida mi visita a los baños de la Universidad de Antioquia, escapando como un roedor asustado que se ha zafado de las garras de un felino.


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